El verdadero arte de San Francisco: Un recorrido por la ciudad:

De sus murales y grafitis a sus majestuosos puentes y de su Museo de Arte Moderno al barrio chino, las maravillas de este puerto fundado por misioneros franciscanos son inagotables

No esperen que llegue el verano para disfrutar la faceta artística de San Francisco. Aunque el proyecto de ampliación de su Museo de Arte Moderno (SFMoMA) —a inaugurarse el 14 de mayo después de una remodelación de tres años—, volverá a esta urbe el epicentro estadunidense del arte contemporáneo, su verdadero pulso creativo tiene que buscarse en los muros de sus calles. Murales como los de la Coit Tower cuentan su historia remota mientras los grafitis vivos de la calle Balmy se dedican a refrescar a cada momento la efervescencia de su vida cotidiana llena de contrastes.

San Francisco es la segunda ciudad de Estados Unidos más propicia para caminar (y mejor ahora que comienza la primavera), tiene el primero y más grande barrio chino de América, es la urbe más densamente poblada después de Nueva York, cuenta con la comunidad más grande de indigentes y, también, en el lado opuesto de la balanza, los cinco bancos más importantes de Estados Unidos tienen sus oficinas centrales aquí, así como grandes empresas multinacionales como GAP, Levis, Twitter, Uber y Mozilla.

LOS MURALES DE LA COIT TOWER

La topografía de esta ciudad está formada por alrededor de 50 colinas. Algunas de ellas forman barrios enteros y la mayoría ofrece vistas espectaculares de la ciudad. Es el caso de la esbelta y blanca torre de 64 metros de alto construida en estilo art déco en lo alto de Telegraph Hill: la Coit Tower. Desde lo alto de esa montaña, justo detrás de la estatua de Cristóbal Colon, hay una buena vista panorámica de la ciudad y del Puente de la Bahía (Bay Bridge).

La construcción de esta torre rinde homenaje al cuerpo de bomberos y su participación heroica en el incendio que devastó la ciudad después del temblor de 1906, el cual dejó en pie tan solo 20 por ciento de los edificios. Se hizo con el dinero que dejó para ese fin la extravagante Lillie Hitchcock Coit, quien no se caracterizaba por ser una mujer convencional de principios de siglo, pues usaba pantalones, fumaba puro, jugaba grandes sumas de dinero en mesas de hombres y tenía especial debilidad por los muchachos corpulentos de profesión bombero. A su muerte en 1929, se edificó este museo que en sus murales recuerda la historia de la ciudad y de una época de pensamiento revolucionario.

En 1933, gracias a un apoyo solicitado al gobierno federal por Ralph Stackpole y Bernard Zakheim, y como parte del Public Works of Art Project, comenzaron los trabajos para decorar sus muros interiores. Participaron los profesores y estudiantes de la Escuela de Bellas Artes de California (CSFA): Maxine Albro, Victor Arnautoff, Ray Bertrand, Rinaldo Cuneo, Mallette Harold Dean, Clifford Wight, Edith Hamlin, George Harris, Otis Oldfield, Suzanne Scheuer, Hebe Daum y Frede Vidar.

Con empatía en fondo y forma con el muralismo mexicano, los frescos de la Coit Tower trazan la fisonomía de una sociedad en su tránsito hacia la modernidad, lo cual implica la denuncia de la desigualdad económica y la discriminación racial. Se muestra a campesinos en las poses heroicas del realismo socialista junto a sonrientes empresarios gordos. Hay símbolos como El Capital de Marx, que pasa de mano en mano y un periódico arrugado que denuncia en su titular la destrucción del mural realizado por Diego Rivera para el Rockefeller Center.

LOS GRAFITIS DE BALMY STREET

Ya había escuchado de esta expresión de la población latina (que es el nada despreciable 15 por ciento de los 850 mil habitantes de San Francisco). Comenzó con los murales de las chicanas Patricia Rodríguez y Graciela Carrillo, y pronto se transformó en un movimiento de contracultura y arte urbano que cubrió por completo las fachadas de la calle Balmy, en el barrio chicano The Castro, cercano a la Misión Dolores, fundada por el fraile franciscano Juan Bautista de Anza en 1776.

Balmy Street es una gran experiencia estética y social. Esperaba ver gente en condiciones de pobreza, y lo que vi fue a niños jugando en canchas bien construidas, muchas escuelas y un buen nivel de vida en general. El de San Francisco, por cierto, es el nivel de vida más alto per cápita en todo Estados Unidos. Los murales de Balmy Street comenzaron con reivindicaciones sociales, pero logran una colorida y verdadera opción educativa para acercar al arte a la comunidad del barrio.

ARTE CONTEMPORÁNEO

La remodelación del SFMoMA, a inaugurarse el 14 de mayo, consta de una ampliación a un poco más del doble del espacio interior de exhibición y de una conexión de manera permanente con el barrio en el que se encuentra inmerso. Durante tres años el museo permaneció cerrado por los trabajos del despacho de arquitectura noruego Snøhetta. Además del nuevo Centro de Fotografía John y Liza Pritzker, el más grande dedicado a la fotografía de Estados Unidos, el nuevo SFMoMA cuenta con más espacio para su colección permanente (con 30 mil piezas, más las que custodia de los coleccionistas Doris y Donald Fisher), un cuarto piso dedicado al performance y a salones didácticos, un vestíbulo de doble altura (de donde cuelga ya un móvil de Alexander Calder), una terraza en el segundo piso de libre acceso y una galería de 7.6 metros de alto con muros de cristal que miran hacia la calle Howard, en donde ahora hay una pieza monumental de Richard Serra.

Esta es buena noticia para el arte contemporáneo, pero San Francisco siempre tiene buenas noticias a ese respecto. Este año se reinauguró la instalación de 25 mil luces LED que crea distintas figuras sobre el Puente de la Bahía (que comunica la bahía con la ciudad de Okland). Esta creación del artista Leo Villarreal titulada The Bay Lights, al parecer permanecerá sobre el Puente de manera indefinida.

En los alrededores de San Francisco también hay espacio para el arte de nuestros días. El poblado de Yountville, en pleno valle de Napa, a poco menos de una hora de viaje sobre el Puente, está plagado de instalaciones y obras de artistas contemporáneos locales, entre restaurantes como Les Grandes Tables du Monde, The French Laundry (del dueño de Le Bouchon, que tiene tres estrellas Michelin) y Relais & Chateaux.

SEIS ATÍPICOS DE SANFRAN

1) Todos suben a los tranvías de San Francisco y se toman una selfie, pero lo verdaderamente emocionante, que pocos hacen, es visitar el museo del Cable Car. Ahí están los motores que mueven ininterrumpidamente los cables subterráneos de las tres rutas que existen: Powell-Hyde, Powell-Mason y California Street. Esos cables que nunca se detienen son sujetados y soltados por los operadores del tranvía según quieran avanzar o detener el vehículo. Fascinante mecanismo.

2) No podemos ir a San Francisco y no hacer una parada por la tarde en Alamo Square, el vecindario donde se encuentran algunas de las pocas casas victorianas que sobrevivieron al devastador incendio de 1906. Ahí, sobre la calle de Steiner, entre Hayes St y Grove St, en el parque de ese barrio, que se ubica sobre una colina, por supuesto, hay una vista emblemática del Puente de la Bahía y la ciudad moderna detrás de una fila de siete casas pintadas de colores pastel. Le llaman el “post card row”, y a las casas se les conoce como “The Painted Ladies”. Es una de las escenografías más atesoradas por los turistas para su selfie, después, claro, de la vista del puente Golden Gate.

3) El parque Golden Gate, de enormes áreas verdes, deportivas y museos temáticos, la Academia de Ciencias de California, las cascadas de la Strowberry Hill, el precioso jardín de tulipanes, el jardín de té japonés y el Arborteum, con 400 hectáreas de extensión, es más grande que el Central Park de Nueva York. Al llegar al mar encontraremos los vestigios de los baños Sutro, que funcionaron durante la primera mitad del siglo XX, y que contaban con siete toboganes, una alberca de agua dulce y seis de agua salada. Había en aquel entonces 500 vestidores que no daban abasto a la multitud de niños y adultos que salían de ellos con sus trajes de baño completos, de lana, a saltar en las albercas. De los baños Sutro no quedan a la orilla de la playa sino ruinas, y la violenta bruma. Pura nostalgia.

4) Del famoso puente de San Francisco, el Golden Gate, hay que visitar el llamado Fort Point, que se encuentra antes de cruzar la bahía. Ahí estaba el fuerte que fundaron los primeros padres franciscanos llegados en el siglo XVIII, a dos kilómetros de la Misión Dolores. Es un lugar desde donde se tienen notables vistas inusuales (si esto fuera posible) del célebre puente. En Vértigo, la película de Hitchcock, es al pie del Fort Point desde donde James Stewart saca en brazos, desmayada, a Kim Novak. En esa zona la gente llega a tomar el fresco de la tarde o a surfear.

5) Un buen paseo en bicicleta sería atravesar el Golden Gate (mil 300 metros) para llegar al Golden Gate National Recreation Area, una de las típicas vistas del puente con la ciudad de fondo.

6) Al final del viejo muelle del Fisherman’s Wharf hacia el este, se encuentra el lugar del que sale el barco hacia la isla de Alcatraz, la prisión de máxima seguridad que en su momento alojó a Al Capone. Hoy en día es un museo y de ahí parte uno de los retos favoritos de los triatletas del mundo: “Escape de Alcatraz”, en el que participan dos mil personas cada año, y que entre las otras actividades propias del triatlón, implica nadar 2.4 kilómetros de la isla hasta la bahía.

COMER EN SAN FRANCISCO

Lo típico es comerse un cangrejo gigante en el viejo puerto: el Fisherman’s Wharf, pero hay mucho más en San Francisco.

Por la mañana tómarse un café en La Boulange, que es una panadería francesa que se ha esparcido con mucho éxito a lo largo de la ciudad desde 1996, año en que Pascal Rigo fundó la primera de las 15 sucursales de hoy.

En el barrio chino hay que comprarse unos dim-sum, unos tamalitos que se comen de un bocado y que pueden ser de carne de puerco o camarón, pero en vez de estar cocinados con masa de maíz y manteca, están cubiertos de masa transparente de arroz al vapor. Hay que buscar los del 815 de la calle Stocktown. Solo los venden para llevar.

En la Columbus Ave, muy cerca de la famosa librería-centro cultural City Lights, está el barrio italiano. City Lights tiene todo el espíritu contestatario de San Francisco, ahí está la librería fundada por Lawrence Ferlinghettti como la editorial oficial de la generación Beat en 1953. Ahí se editaron originalmente clásicos como En el camino, de Jack Kerouac, o Aullido, de Allen Ginsberg. Hay que visitar el local Stella, Pastry & Café, donde desde 1942 se sirve el mejor cannoli de la ciudad, que ya es mucho decir. También hay panetone, tiramisú y sacripantina (que es un lujo de la repostería tradicional italiana).

Es recomendable visitar el restaurante Saigon Sandwich, que vende unos emparedados vietnamitas hechos de rábano blanco (rabish), zanahoria, chile jalapeño crudo y alguna carne: hay de pollo, puerco, albóndigas y bolas de pescado.

Para cenar, no hay como visitar el restaurante House of Prime Rib, pedir un jugoso trozo de King Louie, que cortan frente a uno y, de postre, un Georgia Pudin. No se arrepentirán. El prime rib es la típica cena de este país, pero dudo mucho que haya un lugar en todo Estados Unidos que lo sirva de esta excelsa manera. Como me lo terminé, el mesero me ofreció otro. Esa es la desventaja de pedir King Louie, que puedes pedir y pedir hasta que el cuerpo aguante.

Para comer una hamburguesa en California solo hay un sitio: In-n-Out, y solo lo hay en California, por cierto. Para aquellos que no conozcan estas hamburguesas típicamente californianas desde 1948, utilizan solo productos frescos (no refrigerados). Fueron los primeros en establecer el mecanismo de pedidos para llevar desde tu auto. Muy recomendables.

Una cena elegante con vista a la instalación luminosa del Puente de la Bahía tiene que ser en The Waterbar. Una experiencia espectacular, desde la atención hasta los caracoles a la mantequilla del aperitivo. Sin duda es el lugar más de moda en San Francisco hoy.