REPORTAJE | POR VÍCTOR HUGO MICHEL

La maldición de la Barbie

Christina Berton y el espejo agresivo

Según la encuesta de autoestima de la Fundación Amara, ocho de cada 10 personas en México estarían dispuestas a ceder parte de su inteligencia por tener mejor cuerpo.

Ciudad de México

El  bombardeo es tan deliberado como sistemático. En un anuncio, una mujer de belleza demoledora camina junto a una alberca, en medio de dos hermosos jaguares que la escoltan y observan hambrientos, aunque podría adivinarse un rastro de lujuria felina en sus ojos turquesa. En otro, un hombre con un torso de estatua grecorromana —viste como marinero francés— promociona una fragancia para caballeros, mostrando un abdomen que parece esculpido en mármol. En el tercero, dos modelos, femenino y masculino, presumen cuerpos y cabelleras perfectos mientras ruedan eróticamente en una playa, en un recuerdo a la película De aquí a la eternidad.

A todas horas, en cada superficie imaginable, el mismo mensaje: Somos bellos. ¿Usted? No tanto.

¿Cuál es el resultado de este fuego granado o que las agencias definen como “publicidad aspiracional”? Es una pregunta que se puede responder con otra: ¿Cambiaría casi el 25 por ciento de su inteligencia, un cuarto de su mente, por ser 25 por ciento más bella o hermoso? ¿Por acercarse a esos dioses que a diario le tientan y le recuerdan sus imperfecciones desde la pantalla del cine y la televisión, en las páginas de las revistas y en internet?

Las preguntas, por políticamente incorrectas que parezcan, tienen una respuesta mayoritariamente afirmativa. Es algo en lo que coinciden miles de estudiantes mexicanas y mexicanos de escuela primaria, secundaria y preparatoria, a los que hace un año se pidió responder a ese dilema, como parte de una encuesta con la que la Fundación Amara Pro Autoestima quería determinar qué tan distorsionada tienen las personas del país su imagen corporal. Una deformación que, se ha descubierto, tiene uno de sus orígenes en los estereotipos de belleza propalados por los medios de comunicación desde hace 50 años.

El resultado del sondeo es similar al que se ha encontrado en otros países como Estados Unidos, Canadá o el Reino Unido, en donde una mayoría respondió lo mismo: bien vale un poco de cerebro por muchos senos y músculos. Pero la magnitud mexicana sorprendió hasta a los especialistas. Como si se tratara de la proyección distorsionada de una casa de diversiones, se descubrió que miles en México ven al espejo como un enemigo terrible e implacable.

Casi 8 de cada 10 encuestados dijo estar de acuerdo con entregar parte de su inteligencia por tener un mejor cuerpo. Es una disposición al trueque que traspasa géneros: los hombres fueron tan propensos como las mujeres a mostrar un alto grado de insatisfacción con cómo se ven, al no poder emular ni de lejos a los cuerpos espectaculares con los que la industria de la publicidad y en la cultura general los presiona desde todos los ángulos posibles. Respuestas que nos dicen mucho del efecto pernicioso que el amplio uso de imágenes modificadas con photoshop y otros programas digitales han tenido en la sociedad.

“En México, 77 por ciento de las niñas y niños sufren de una distorsión de la imagen de su cuerpo. Es algo que pesa en todos los estratos sociales. Hemos encontrado problemas de alimentación en escuelas privadas y en casas hogar por igual”, recuerda Christina Berton, Fundadora de Amara y consejera global en México de la misión social de la marca Dove y de su “Proyecto para la autoestima”, un concepto reconocido por la serie de revolucionarias pautas publicitarias que, a lo largo de la última década, han buscado llamar la atención a los efectos negativos que la publicidad alterada digitalmente está teniendo en la estabilidad emocional a nivel global.

Berton ha sido consejera de la campaña “La belleza real” desde 2007, cuando se comenzó a promocionar productos de Unilever —el consorcio dueño de Dove— con un enfoque diferente: en vez de utilizar modelos jovencísimas a las que después se retocaría en la computadora, se pidió a mujeres comunes y corrientes posar naturalmente, sin maquillajes ni alteraciones vía photoshop. Estas eran mujeres reales, con caderas, agarraderas, con pecas, arrugas, estrías, sonrisas chuecas y cicatrices. Todo aquello que forma parte de un ser humano y no solo maniquíes de entre 15 y 25 años de edad, como lo son la gran mayoría de las profesionales del modelaje.

“Empezamos haciendo estudios que nos decían que solo un 2 por ciento de las mujeres en el mundo se siente cómodas, describiéndose como hermosas, o se sienten hermosas. En 2005, preguntamos a las mujeres de un rango de edades de 14 a 65 años cómo se sentían con su físico y nueve de cada 10 dijeron que cambiarían algo”, dice en entrevista. La campaña, ganadora de numerosos premios internacionales, está por entrar en su décimo año.

Mientras eso ocurre en el mundo de la comunicación, en México Berton se ha enfocado de lleno a otro objetivo. La fundación Amara ha lanzado un programa de visitas a escuelas mexicanas para tratar de impulsar una idea más sana de la autoestima y la imagen corporal. Una de las presentaciones más socorridas emplea a la muñeca Barbie como muestra de todo aquello que está mal en los conceptos internacionales de belleza.

“Siempre les digo a las estudiantes: ‘tomen a Barbie como ejemplo. Si fuera grande, de tamaño humano, no le cabrían sus órganos porque la cadera está demasiado estrecha y además no podría caminar porque sus piernas están demasiado largas y no podrían soportar el peso del cuerpo’”, detalla.

Las implicaciones de no enfrentar la distorsión corporal que se ha acendrado entre la sociedad, según expone Berton, son enormes. Van desde la generación de trastornos alimenticios —anorexia y bulimia— hasta inhibiciones sociales, ansiedad y depresión. “Toda esta ansiedad afecta el placer por vivir”, añade.

Un mensaje como ese fue lanzado por Berton ante cientos de personas hace unos días, durante las pláticas I Am Here Series, que se llevaron a cabo en la Ciudad de México el 7 y 8 de noviembre pasados.

En estas pláticas, basadas en el modelo Ted Talks que ha tenido éxito en Estados Unidos, Europa y Asia, se pidió a una veintena de expositores inspiracionales de varias nacionalidades presentar mensajes sobre cómo superar distintos obstáculos. El mensaje de Christina fue claro: existe un problema de autoestima a escala mundial y nuestro país no es la excepción. La tendencia, lejos de estar mejorando, ha empeorado año con año. Cada vez hay más trastornos alimenticios y psicológicos a causa de patrones que son, en
esencia, inalcanzables.

La solución a ello, dijo, parte de convencer a los jóvenes que lo que están viendo —la mujer entre jaguares, el marinero grecorromano, la pareja que romancea entre la arena— no es real ni puede tomarse de esa manera. No son dioses los que engalanan la pantalla. Son quimeras.

Un ejercicio muy socorrido por Berton desnuda qué tan distorsionada está la imagen personal de un individuo. Es necesario cerrar los ojos e imaginarse frente a un espejo. ¿Qué reflejo percibe? ¿Uno que le deja satisfecho o, por el contrario, una imagen con la que no está a gusto?

La mayoría, en la experiencia de esta investigadora, se decanta por la segunda opción.

La belleza solía medirse por el tamaño de una mujer: entre más robusta más hermosa como señal de fertilidad. ¿Cuándo comienza esta distorsión global de la belleza hasta llevarnos al patrón actual inalcanzable de lo delgado casi famélico?

Me parece que comienza en los sesenta, con la modelo Twiggy (Lesley Lawson, la primera top model internacional). Ella era esta modelo flaquita muy famosa y después de ahí nuestro concepto de belleza se asoció a lo pequeño. Es algo que no ha parado desde entonces. Por ejemplo, en los ochenta, Paramount Pictures cambió su logo, el de la mujer con la antorcha, al de una mujer mucho más delgada. La modelo original era de los cuarenta (con caderas anchas y busto prominente) y ese concepto de belleza había cambiado.

¿En qué otro tipo de cosas hemos visto los cambios en los patrones globales de belleza?

En la moda y en el uso del programa photoshop, que hace que las supermodelos cada vez tengan caras más estrechas, cuerpos más estilizados, rostros sin imperfecciones. Eso hace que nuestro estándar de belleza sea inalcanzable y ahí empiezan las distorsiones de nuestra imagen.

Menciona el uso de programas como photoshop que han lanzado al mundo imágenes de seres irreales, con caderas reducidas, grandes senos, músculos definidos. ¿Debería el Estado intervenir y regular qué tanto se puede modificar una imagen?

Ese es un debate muy interesante. Hay países que ya han comenzado a discutirlo en Europa. Cuando hay un bombardeo de imágenes así, se incrusta en la psique de la persona una imagen de delgadez irreal y eso se refuerza con los padres al decirles a sus hijas que no se coman el tercer taco porque se van a poner gordas y nadie las va a querer. Entonces, cuando tú te estás viendo ante el espejo con tus propios ojos, tu parámetro de belleza interna es este modelo de delgadez. Por eso te vas a ver cómo una persona gorda. Eso es una distorsión de la imagen corporal y mucha gente la tiene.

¿En dónde se dicta este patrón de belleza mundial? ¿En las oficinas de publicidad de Nueva York, París y Londres?

Ya es global, completamente global. Por ejemplo, cuando hablas con una niña en México, resulta que todas quieren ser modelos. Fui a dar unas pláticas con jóvenes de secundarias técnicas con personal de Unilever. Las entrevistamos después de la plática y le pregunté a una chica qué quería ser: al igual que la mayoría me dijo que quería ser modelo. Eso es lo que se valora. La belleza, la perfección.

En México, ¿cuáles han resultado ser las principales fuentes de ansiedad de las mujeres?

El peso. Todo lo del cuerpo es estar a dieta. ¡Hay niñas de ocho años que están a dieta! Uno podría creer que todo lo del cuidado del cuerpo es un asunto de las clases altas y medias, pero no es cierto: he trabajado en casas hogares y es algo con lo que todos sufren debido a esta imagen falsa de belleza. Si vemos las revistas, no vemos a ningún ‘gordibueno’, como les dicen en México.

Usted llegó a México por primera vez en 1995. ¿Ha notado una evolución en el estándar de belleza mexicano?

Sí. Estamos pasando a un modelo de mujeres más pequeñas, con un estereotipo de belleza anglosajón. D

ENTRESACADOS

El patrón de la mujer delgada empieza en los años sesenta, con la modelo Twiggy

 “Si vemos las revistas, no encontramos ningún 'gordibueno', como dicen en México”