Detrás de los palacios parisienses

La nueva categoría “Palace”, superior a la de 5 estrellas, obliga a los mejores hoteles de la capital francesa a renovarse o morir, aunque estas tareas impliquen cerrar hasta dos años y reubicar.

París

En mayo de 2011 el Ministerio de Turismo francés aprobó la denominación “Palace” a la que pueden optar los hoteles de lujo en Francia; esta categoría se otorga por un periodo de cinco años. No bien salió el decreto, los grandes hoteles parisinos como el Ritz, Le Meurice, Bristol, George V, Crillon o el Plaza se abocaron a conseguirla pues la batalla por el prestigio en la hotelería de lujo es constante y sin cuartel.

La mayoría de estos establecimientos son pioneros de la hotelería, por ejemplo Le Meurice, que fue fundado en 1835. Era de esperar que para satisfacer los 203 criterios obligatorios y 31 facultativos de la categoría Palace, todos estos hoteles debían emprender una serie de mejoras para ser impecables. Sin embargo, pronto fue claro que los trabajos a realizar en la mayoría de ellos implicaría una cosa: el cierre durante varios meses.


PALACIOS PARISIENSES

Con suites que comienzan en los 600 euros por noche y que pueden llegar hasta los 15 mil, cabe la pena preguntarse si es viable el negocio de la hotelería de lujo. El escenario es un poco el mismo que para la alta costura, pues su mercado es reducido. Pero la respuesta es sí, la alta hotelería es un negocio rentable.

Ahora bien, ¿quién se hospeda en estos recintos donde ningún capricho parece exagerado? Encabezando la lista de huéspedes está la realeza árabe, los millonarios estadunidenses y los nuevos ricos de Europa del Este, China e India, que viajan en gran comitiva a París y ocupan no una habitación sino sectores del hotel. Después siguen los hombres de negocios de las grandes corporaciones que deben desplazarse constantemente por el mundo y para quienes sus empresas no escatiman en comodidades. La tercera clientela en importancia son los huéspedes distinguidos: estrellas del espectáculo y otras celebridades cuya imagen convierte el vestíbulo y las entradas del hotel en cercos de asedio. Por último, están las delegaciones extranjeras que viajan a costa del erario público. Como podrá inferirse, en este microcosmos del palacio parisino pueden gestarse decisiones de relevancia.

En los últimos cuatro años, como si fuera epidemia, un gran hotel tras otro ha anunciado su cierre parcial o total por renovaciones. El Royal Monceau y el Bristol fueron de los primeros en hacerlo. Después siguió el Ritz de Place Vendôme, el Crillon en Place de la Concorde, el Plaza Athenée de Avenue Montaigne, y está por hacerlo el Lutetia. Además de las estipulaciones que deben cumplir, estos hoteles han debido renovarse por la competencia de la hotelería asiática con alternativas como el Shangri-La o el Mandarin Oriental en rue Saint Honoré, que aspiran a la etiqueta Palace, y a los que está por unirse a finales de año el imponente Peninsula cerca de l’Etoile. Hoteles nuevos como éstos no pueden ser considerados de inmediato Palace pues existe una condición: deben tener al menos 30 meses de funcionamiento.

Lejos de ser una tragedia —tan solo en París hay unos 50 hoteles 5 estrellas— el cierre de cada uno de ellos es un evento y un negocio que aprovecha cualquier circunstancia. El Royal Monceau organizó una Fiesta de demolición para festejar su cierre; una fiesta cuyo objeto fue destruir partes no estructurales del inmueble mediante la mano de obra de los invitados. Cabe decir que la administración ofrecía cascos y overoles para participar. El Crillon y el Plaza fueron menos escandalosos y subastaron cuanto pudieron: desde los uniformes de los empleados y las cortinas de las suites, pasando por la vajilla y el mobiliario, hasta la valiosa cava en el caso del Crillon. Durante un coctel para mostrar a los potenciales compradores y a la prensa sus posesiones, fue posible conocer a fondo estos hoteles que son parte de la historia de París. El más discreto de todos los cierres, quizás por lo álgido y largo que será, ha sido el del Ritz, que simplemente propuso una cena de despedida a 240 euros el cubierto, el fin de semana en que cerraba.


EL LADO OSCURO

El organismo encargado de otorgar la categoría de Palace se denomina Atout. Es una agencia de desarrollo turístico controlada por el Estado y que a la fecha, después de tres emisiones y mucho revuelo, solo ha concedido este grado a seis hoteles en la capital: el Bristol, Le Meurice, Georges V, Hyatt Vendôme, Plaza Athenée y desde junio pasado, el Royal Monceau.

Que uno, dos o más de los grandes hoteles cierre no afectará demasiado a sus acaudalados clientes, quienes siempre podrán encontrar una alternativa aunque el agua del Ritz no sepa igual a la del George V. El verdadero problema de estos cerrojazos en pos de la ascensión, es lo que sucede con el personal. Salvo algunos puestos clave, buena parte de los empleados pueden ser sustituidos indiferentemente o ver sus empleos suprimidos. Otros son puestos únicos, quienes los ocupan difícilmente pueden acomodarse en otro sitio debido a su especialización y muchas veces a su edad. Como en cualquier otra empresa que deja de operar y luego reabre, la nueva cuota de empleados casi siempre será menor.

Se entiende que para recibir el servicio que proponen estos hoteles es necesaria una flotilla de trabajadores. Maleteros, encargados del valet parking, porteros, botones, recepcionistas, concierge… el número va desde los 300 hasta los 700 empleados dependiendo del establecimiento, pues varios de ellos cuentan con Spa, restaurantes de dos o tres estrellas, piscina, tintorería, cine y demás. Los salarios van desde el mínimo (mil 445 euros al mes en Francia) hasta veinte veces esta cantidad para el puesto más importante que es el de director general. En términos de condiciones laborales, sin embargo, las entrañas del organigrama hotelero muchas veces pueden ser deplorables. Esto se ve reflejado sobre todo en el personal de limpieza y mantenimiento, pues es el tipo de puestos que la población activa local no desea ocupar por lo que son inmigrantes africanos, asiáticos o de Europa del este quienes los toman. El escritor George Orwell, que trabajó en París de lavaplatos, dejó un excelente registro al respecto (Down and out in Paris and London, 1933). En puestos no calificados como ése, las cosas no parecen haber mejorado con el tiempo: es un trabajo que se sigue desempeñando en el subsuelo y por inmigrantes que muchas veces ni siquiera hablan francés.


PLAN A y PLAN B

La forma de tratar este delicado asunto ha sido distinta en cada hotel, aunque ha tenido por común denominador el desempleo. El Crillon decidió mantener sus 365 asalariados, además de mejorar su formación durante los 24 meses que permanecerá cerrado. A saber si eso tiene relación con el resultado de la subasta realizada: seis millones de euros por tres mil 500 objetos subastados, el doble de lo previsto. Igual rendimiento consiguió el Plaza cuya subasta recaudó 1.4 millones de euros. En este caso, 500 de los 550 empleados conservarán sus puestos tras los ocho meses de pausa, además de cobrar un porcentaje del sueldo cada mes.

Por otra parte, el Ritz, que no realizó subasta ni hizo mayor festejo, indemnizó a 470 de sus 500 empleados con la promesa de recuperar sus puestos para la reapertura. Pero en el palacio de Place Vendôme los trabajos de mejora son de fondo —estimados en 140 millones de euros—, y su reapertura prevista para julio ya fue pospuesta para 2015, algo no del gusto de trabajadores y sindicatos. Misma situación para el Lutetia, un 4 estrellas que piensa dar el salto hasta Palace. Cerrará tres años a partir de este mes; 190 de los 211 empleados deberán partir con la consabida promesa de volver. Como en otros casos, el plan social ofrecido es de dos estrellas y no de cinco.

De modo que borrón y cuenta nueva es la estrategia de negocios que permite, por un lado, relanzar el hotel con una categoría más alta y, por otro, depurar la nómina con el fin de maximizar el rendimiento. Esto ha llevado a que los últimos anuncios de “cierre por renovación” hayan despertado la indignación de los sindicatos que ven en la categoría Palace no un lujo sino una amenaza para el empleo.