El palacio que conquistó a Woody Allen

Le bristol es uno de los hoteles más exclusivos y elegantes de París, pero no por ello se priva de tener detalles y guiños inteligentes que le dan una frescura sin edad.


¿Ir con niños pequeños a un palacio francés convertido en un lujoso y selecto hotel cinco estrellas en París? Es una de las mejores ideas que se me pudo ocurrir.

Le Bristol es de las joyas más exclusivas de la capital francesa, un espacio aristocrático pero muy fresco a la vez, a pocos metros de la casa del presidente de Francia, sí, del Élysée Palace, donde vive actualmente Emmanuel Macron.

Haciendo esquina en la calle Faubourg Saint-Honoré y a una cuadra de la avenida Campos Elíseos, este hotel es como una auténtica abuela de 90 años, que espera a sus nietos de visita con un inconfundible aroma fresco en sus pasillos, con un gato celoso que es el amo de su lobby principal, con flores recién cortadas en jarrones que merecerían estar en el Museo del Louvre y con un ejército de personas con una sonrisa cordial y auténtica colgada de su rostro.


Se trata de una experiencia en si misma, donde la exclusividad es el corazón de cada elemento: desde su SPA by La Prairie o su restaurante L’Epicure (donde Carla Bruni y Nicolás Sarkozy adoraban desayunar), un Tres Estrellas Michelin que está a cargo del afamado chef Eric Frechon. “No dejar nada al azar” fue el lema que impuso Hippolyte Jammet, el dueño original del palacio levantado en 1925.


Su filosofía de ser incondicional devoto de los detalles, se ha mantenido por décadas hasta hoy, cuando todo está orquestado y combinado para llenarnos de sensaciones: la música que una delgada joven toca en vivo en su piano negro de cola, sus alfombras, sus muebles, los cortinados, el papel tapiz, sus muebles Luis XVI y las vajillas bordadas de mariposas, la cubertería de plata y los manteles impolutos. Es exclusivo. Lo dice en cada centímetro de sus 190 cuartos, en cada geranio de sus balcones perfectos, en el impactante blanco de sus baños de mármol de Carrara.

Sin dudas, estas son algunas de las razones (y de los cientos de adjetivos que podríamos soltar) que le han permitido a Le Bristol ser el primer hotel cinco estrellas en Francia en recibir la distinción de “Palacio” por el ministro de Turismo de su país.

Mis dos hijos (Lucca y Bruno, de 5 y 3 años) se sintieron príncipes por un fin de semana. Porque los palacios no son solo para reyes.



El pequeño detalle

Fa-Raon es un gato de Birmania blanco y beige que se mueve aristocráticamente sobre la roja alfombra del ingreso al hotel. Los niños corren a buscarlo, porque es uno de los mejores anfitriones de Le Bristol. Un gato con un departamento propio al lado del front desk, donde cuelgan de las paredes las decenas de dibujos que le dejan los huéspedes. Lucca y Bruno no fueron la excepción, y sin bien no lograron que este rock star se dejara acariciar, no podían irse sin su obra de arte colgada en su pared.

Este gato es tan famoso en París que para uno de sus cumpleaños, la Maison Goyard le regaló un collar de lona y piel y un plato de madera de álamo personalizado con su nombre, nos cuenta Clémence, la concierge.

Al llegar al cuarto los esperaba una bandeja de galletas recién horneadas (preparadas por el pastry chef Laurent Jeannin), botellas de jugo de manzana natural y bombones de chocolate. En cada una de las sillas colocadas alrededor de una mesita digna de ‘Alicia en el País de las Maravillas’ había dos conejos blancos con mandiles verdes (ese verde manzana trade mark de todos los logos de Le Bristol). Se trata de la mascota del hotel, llamado Hippolyte, recordando a su fundador.

El conejo tiene además su ‘madriguera’ en el segundo piso, un área de juegos, libros, donde los niños pueden escaparse mientras sus papás disfrutan de una copa en la terraza del hotel (desde donde se ve la punta de la Torre Eiffel).

Sabiendo las edades de mis hijos, en su baño había dos pequeñas batas blancas “talle 5 y talle 3”, un set de productos también para niños, con un aroma tan suave que solo una abuela podría haberlos elegido mejor.


Para las tórridas tardes veraniegas en París, el hotel tiene en su terraza una alberca cubierta, una especie de camarote del Titanic, tapizado en madera y con frescos en sus paredes y techo, donde el agua a la temperatura perfecta y con vista directa a la Basílica de Sacre-Coeur, es el mejor premio para los niños.

Los palacios no solo son para reyes, sino también para príncipes… eso lo aprendí en Le Bristol.

112 Rue du Faubourg Saint-Honoré

www.lebristolparis.com

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Bárbara Anderson
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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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