Una maravillosa vida de perro

Estos centros de cuidado canino venden desde atención y comida mientras los dueños trabajan, hasta hospedaje por día cuando la familia sale de viaje; algunas mascotas reciben incluso masaje.

Ciudad de México

Con apenas un solo año de edad, es el consentido de la casa. Su padre nunca se le ha separado. Es por eso que cuando confiesa que su esposa y él están pensando en dejarlo en la guardería, deja entrever un poco su pesar.

El cariño que ambos le tienen lo han demostrado no solo con mimos. Está el guardarropa completo que le han armado. Desde chamarras, suéteres, impermeables, calcetines y por supuesto la típica mantita.

El recuento lo hace mientras el pequeño lo mira desde el interior del auto. El asiento del copiloto es su espacio en la camioneta de la familia. Y junto está su pañalera. Porque su familia nunca sale sin los aditamentos que él necesita: toallitas para limpiar cualquier rastro de comida y alguno que otro juguete por si se llega a aburrir o poner inquieto.

Se trata de Cooper, un perro Chihuahua. Pero para su dueño es un integrante más de la familia con quien pasea tres veces al día y gasta, entre cuidados que incluyen vacunas, servicios de estética, alimento y premios, por lo menos mil pesos mensuales.

“Por ahora nuestro estilo de vida no nos permite tener un hijo y cubrir sus necesidades básicas, entonces, por sentirte acompañado y saber que cuando llegues a casa va estar alguien ahí, un perro es mejor idea”, dice el abogado de 34 años, quien se denomina con orgullo, padre de Cooper. Esa necesidad básica la entendió Sylvana Loza y decidió transformarla en un estilo de vida.

Cuenta que hace ocho años, cuando su perrita Kaysa se lastimó la espalda, ella y su madre vivieron un viacrucis para encontrar un lugar donde la pudieran cuidar mientras salían de viaje. En la ciudad no había otra opción más que dejarla en las jaulas frías e incómodas que suelen tener los consultorios veterinarios. Eso habría significado el matadero para su mascota, que había sido sometida a una terapia de acupuntura y por ello requería de cuidados especiales.

Acondicionó entonces una casa en la colonia del Valle (Parroquia 412), que ahora funciona como estética, boutique, veterinaria y hasta hotel perruno bajo el nombre de SmartDogs. El lugar, decorado estilo vintage, cuenta con una tienda con todo tipo de artilugios para perros, un patio amplio en el que los cachorros conviven o toman el sol y el área de la peluquería en la planta baja.

El primer piso ha sido destinado para las habitaciones. Dependiendo del tamaño del perro o de las comodidades que se le quieran dar, están la junior suite (345 pesos por noche), la master suite (395) y la presidencial suite (450). Todos los cuartos cuentan con lo básico para el buen descanso: una cama y una manta.

“Nuestra sociedad ha cambiado muchísimas cosas, las parejas jóvenes tardan más en tener hijos, la gente tarda más en casarse y los perritos son una mejor compañía… Así fue como se transformó su imagen de una mascota que se quedaba en el jardín, en la un miembro más de la familia”, dice Sylvana desde la terraza del negocio.

 “Y entonces buscas un lugar donde traten bien a tu mascota. Es un poco natural que hayan surgido estos lugares, porque es a partir de la necesidad de la gente”, agrega mientras muestra el living room, una especie de sala de estar en la que hay un sofá amplio y hasta un televisor para que las mascotas se sientan como en casa. Incluso hay una persona que se dedica única y exclusivamente a cuidar de los perros en esta habitación y a hacerles “piojito”.


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Esa necesidad que lleva a muchas personas a darle a sus mascotas una vida de todo, menos de perro, es más que redituable. Se estima que el mercado de las mascotas deja cada año una derrama económica de más de dos mil 200 millones de dólares, y por lo menos la mitad de ellos proviene solo de la venta de alimento, según cifras de Amascota, una asociación del Consejo Nacional de Fabricantes de Alimentos Balanceados y de la Nutrición Animal (CONAFAB).

Y si de números se trata, basta con acudir al oráculo de las cifras (oficiales). Según el Instituto Nacional de Geografía y Estadística, el último censo poblacional arrojó que 58 por ciento de los hogares del país cuenta con una mascota. De ese universo, aproximadamente 87 por ciento tiene perros. El resto ha elegido un gato, un perico, peces u otras especies como compañeros de vida.

Sin embargo, los pesos importan en SmartDogs. Lo dicen el salvavidas perruno que se oferta para unas vacaciones en la playa, la cangurera para que puedas llevar a tu canino al centro comercial, un collar isabelino de diseñadores mexicanos, el manjar que representa los tamalitos de pollo en hojas de plátano y los demás artículos de la tienda de este lugar, que oscilan entre los 30 y los dos mil y pico de pesos.

En los pasillos de la tienda, se escuchan frases del tipo: “¿Cómo se portó Nina?”. “¡Ay mi amore, te extrañé tanto!”. “Mi chiquito, todo está bien, es solo un baño”. Es el lenguaje del amor hacia el mejor amigo —corrección— el mejor “hijo” del hombre.


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Él sabe que todo está en el encanto de la mirada. La relación entre ambos pende y depende de la primera vista. Sabe, lo aprendió a lo largo de estos 14 años, que tiene que darle tiempo. Ser paciente. Andar a tientas podría significar recibir una mordida feroz. Así es como describe Víctor Mejía, estilista canino, el arte de la peluqueada.

“No se trata de cortar por cortar el pelo de los perros”, explica mientras despunta la larga cabellera blanca de Isabelo III, un viejo pastor que sobrepasa los 70 centímetros de altura.

“Es un trabajo muy especial, porque le tienes que dar su tiempo al perro. Tú notas cuando un perro es agresivo desde la mirada, la postura. Si ves que se te queda viendo mal, tienes que esperar a que se ambiente para que prácticamente te dé permiso de acercarte”, detalla.

Víctor no es improvisado en la barbería canina. Comenzó en esta actividad desde que iba en la secundaria, primero como pasatiempo y después como su manera de ganarse la vida. Hasta estudió en una escuela que se llama Canis.

A la primera googleada, Canis presume de ser una Escuela de Estilistas de Caninos Profesionales —así, con mayúsculas—, una Canis High Grooming School —así, como centro escolar gringo.

En el argot canino, grooming es el servicio de estética o peluquería que se les da a las mascotas. La tendencia del grooming esta temporada dicta que el corte japonés es lo más in y la tabla de precios de SmartDog dicta que embellecer a tu mascota puede ir desde los 150 pesos, para un Chihuahua, hasta los 550 pesos, para un viejo pastor inglés. Hay clientes que llevan a sus “hijos” cada semana o cada 15 días a que les despunten sus cabelleras.


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En el número 49 de Avenida México, en la colonia Condesa, una edificio que antes albergó las oficinas de un suplemento dominical desaparecido ante la crisis de los medios impresos, ahora alberga un emporio canino que admite “chuchos” lo mismo para que sean cuidados mientras sus padres trabajan, que para darles un masaje anti estrés.

Se trata de Pet Central, un castillo edificado justo enfrente del Parque México que ofrece servicio de guardería y hasta suites de lujo en las 24 habitaciones que conforman el hotel. Por 150 pesos pueden cuidar a tu mascota en la guardería por un lapso de una a cinco horas. Pero si tu jornada laboral es más extensa, por 250 pesos puede quedarse a convivir con otros cachorros de seis a 12 horas.

“Tenemos dueños que nos traen a sus perritos entre semana de lunes a viernes, porque no pueden cuidarlos y sienten feo dejarlos solos en casa”, explica Annel Mendoza, la encargada de Relaciones Públicas de Pet Central.

“Nos traen su comida y nosotros les servimos. También cumplimos con pedimentos especiales, por ejemplo, hay quienes nos traen el pollo hervido y se los servimos junto a sus croquetas. Tenemos clientes que nos traen hasta queso cotagge o jamón de pavo.

“La bulldog, se llama Hermione (sí, como el personaje que encarna Ema Watson en la saga de Harry Potter) y le traen de postre danoninos”, agrega Annel.

Durante su estancia en la guardería, los perros siempre están al cuidado de una persona a quien le asignan el puesto de operador. Y bien pueden desde hacer ejercicio en la caminadora hasta darse un chapuzón en la alberca. La dinámica del hotel es similar, solo que cubre una necesidad —una vez más ese verbo— diferente, el de estancias más prolongadas.

“El check in está pensado para que los perros se queden por días completos, regularmente esos casos se dan cuando los dueños salen de vacaciones o hacen viajes de trabajo y no pueden llevarlos consigo. Este modelo es todo un éxito, con las vacaciones de verano tenemos ahora hospedados a 14 perros”, señala Annel.

Pero si se trata de consentir a la mascota, están también las fiestas de cumpleaños. El paquete incluye un pastel de pollo con ajonjolí, decorado con queso Philadelphia; bocadillos, piñata llena de premios, unos tragos de cerveza especial para perros y la decoración del lugar. Los invitados no pueden exceder de 15. “Tú decides si traes a 10 perros y 5 humanos, o viceversa”, puntualiza Annel.

En el primer piso de este lugar hay una habitación dedicada a alinear los chacras de los animales. A la relajación. Con ayuda de la aromaterapia del aceite de sándalo o mandarina, Miguel, el masajista del lugar, intenta borrar el estrés de la espalda, cuello y almohadillas de las patitas de Murray, un poodle. El spa, que atiende de 10 a 15 perros por semana, está pensado para después de la estética, para eliminar el estrés que se genera en los perros tras escuchar el ruido de las rasuradoras, tijeras o secadoras.


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Jaime es un cuarentón que lleva ya una larga y reconocida carrera en la literatura y el periodismo. En realidad no se llama Jaime, pero pide que se le nombre así para evitar los cuestionamientos en las tertulias literarias (quiere decir en las charlas de cantina).

Es soltero, pero desde hace 10 años se hace acompañar por sus dos “hijos”, un macho y una hembra. Jack y Nina. Son su todo. Los envía a entrenamiento, les compra alimento especial, los viste acorde al clima. Nina tiene una cama con material especial porque su piel es demasiado delicada. Enferma de vez en vez. Y Jack es el niño rebelde, recurrentemente hace sus necesidades en el sillón preferido de papá cuando éste llega tarde del trabajo, acción que lo priva del salmón en su dieta, como medida de castigo. Él los está esperando en la recepción mientras carga con un cartucho lleno de bolsitas para resguardar el residuo de sus caninos.

Al preguntarle si ha comprobado la calidad de los servicios de Pet Central, afirma que a Jack y Nina les encanta la sesión de spa. Jaime es testarudo y sumamente “preocupón”. Se acaba las uñas a mordidas cada vez que termina un texto. Al preguntarle si ha pensado en ir a un spa para darse un masaje y relajarse, responde: “No cómo crees, para eso está la escritura, ahí saco mis demonios. Ir a uno de esos servicios me parece una excentricidad”.