En 6 días 200 muertos de influenza en San Pedro

En el editorial de La Opinión del 15 de octubre de 1918, se hablaba certeramente de que el Comité Sanitario no debía de hablar de medidas preventivas de la influenza, sino de medidas curativas.
Publicación del 15 de octubre de 1918.
Publicación del 15 de octubre de 1918. (Cecilia Rojas)

Torreón, Coahuila

Seguían en corrida las huestes germánicas. Prácticamente habían sido abandonados por el káiser Guillermo II. A los alemanes ya no les tenían tanto miedo, como se desconfiaba entonces de los prusianos.

En comunicado oficial, el imperio Alemán se dirigía al presidente Woodrow Wilson en respuesta a la última de las muchas notas que el gobierno gringo había emitido para que los germanos aceptaran una paz, para que terminara aquello.

En EU también dio la gripe española. Al traducir un artículo gringo, un abogado mexicano mandó a La Opinión el dato de que el mal no andaba en el aire, como decían por ahí los rumores.

No habían querido. Se hicieron mucho del rogar. Pero ya para entonces si podían decir que sí, que aceptaban las condiciones que los yanquis plantearan, las que Wilson había proclamado el ocho de enero de aquel año.

Agregaron las que se fueron sumando, porque la apuesta de EU no había sido tan hostil y ya para esas fechas, los gringos estaban en condiciones de decir que era lo que querían ellos y sus aliados.

Lo primero era que los soldados arios abandonaran los territorios ocupados. Ya estaban muy manitos y querían evitar hostilidades y rozaduras ya cuando estaban machacados hasta los huesos.

Acá, la comisión de la Cruz Blanca que vino a ver lo de la influenza declaró que el Comité Sanitario que laboraba en Torreón, nomás no mataba un chango a mordidas ni aunque se los dieran lazado.

Igual y estaban séntidos por que esas gentes del Comité no les hicieron caso, y hasta dijeron que mejor ya se iban a su rancho, al DF, por que sentían como que estaban estorbando. Lo peor es que juzgaban que la epidemia iba a la alza.

Vecinos de Santa Teresa, en San Pedro, hacían un llamado de auxilio respecto a la enfermedad que los flagelaba. En tan solo seis días, se registraron alrededor de 200 decesos.

Se informó que se podía transmitir por los fluidos de la boca y la nariz y para prevenir, habría que evitar multitudes, llevar ropa apropiada para la estación, contar con aire fresco, taparse la boca y nariz con un pañuelo cuando se estornudara o tosiera.

Por fin los alemanes se dignaban a hablar con otros países. Pero el gobierno germano iba a entregar sus justificantes de guerra a nombre del pueblo alemán, y apoyada por el Reichstag.

Además, tener lo mejor posible los órganos digestivos, no usar platos ni vasos ni tazas que otra persona usara, lavar las manos con frecuencia, usar antisépticos para nariz y boca, y en caso de caer enfermos estar tan aislados como fuera posible.

En el editorial de La Opinión, se hablaba certeramente de que el Comité Sanitario no debía de hablar de medidas preventivas de la influenza, sino de medidas curativas.

Este médico tenía nombre de joya. Se llamaba Diamand. Era especialista en enfermedades de garganta, nariz y oídos.

En resumen, un tratamiento derivado de un texto médico, proponía para evitar y curar la influenza: un gránulo de sulfuro de calcio cada tres horas, uno de arseniato de estricnina media hora antes de comer, uno de hidroferrocianato de quinina cada media hora. Barato, barato.