El crucero de ensueño de Royal Caribbean

 Nunca había estado en un crucero antes, y no conocía a nadie que hubiera estado en uno. Estaba un poco confundida sobre lo que podía esperar.

Lo primero que vi del Anthem of the Seas fue a través de la ventana de un taxi que me transportaba de la estación de trenes al puerto de Southampton. Con una longitud de 348 metros, podrías pensar que el crucero “inteligente” de miles de millones de dólares de Royal Caribbean sería difícil de pasar por alto; sin embargo, al principio no logré verlo. Los 15 pisos de cristal y acero que surgían del muelle parecían un edificio de oficinas; incluso cuando salí del taxi y vi las chimeneas y salvavidas amarillos, todavía no podía creer que este monstruo, con capacidad para 4,900 huéspedes y 1,500 miembros de la tripulación, podía navegar en algún lado.

En el decimoprimer piso, la puerta número 11268 se abrió para entrar a nuestro “camarote”. El modesto espacio en el interior no es señorial, pero aquí al fin había paz, sin música y con un balcón que daba al mar. Nos aseguraron que la mayoría de los camarotes tiene vista al mar, pero los que no, tienen un “balcón virtual” con una pantalla donde muestran vistas al mar en tiempo real.

Nos apuntamos para la mayor atracción a bordo, la simulación de tirarse en paracaídas, y en poco tiempo traíamos puestos trajes de vuelo de color azul y entramos a un túnel que contenía lo que parecía la secadora de pelo más grande del mundo. "¡Tranquila!" El instructor me hizo un gesto mientras mis extremidades se agitaban.

Mi hijo tenía en mente un programa interminable de escalada en roca, coches chocones, básquetbol, habilidades circenses, un juego de equipo en el que tenías que escapar de una habitación y una máquina de surf que te permite surfear en grandes olas artificiales cuando el mar en el exterior es plano como un hot-cake.

Yo tenía en mente otras diversiones. En el spa opté por un facial donde soplaban oxígeno en mi piel para desalentar a las bacterias, lo que parecía ligeramente una pérdida de tiempo teniendo en cuenta la cantidad de aire marino que había gratis en cubierta.

Fuimos a ver una producción de “We Will Rock You” en el teatro. La música era ruidosa; el baile apretado; la actuación pasable; el teatro grande y cómodo pero, después de una hora y media, cansados de que nos gritaran canciones de Queen, salimos para ir a cenar a Wonderland, uno de los restaurantes más caros a bordo.

Aquí, los huevos llegaron en un santiamén y las aceitunas resultaron ser reconstituidas, hechas de cáscara de gelatina y llenas de jugo sabor a oliva. Las dos cosas las sirvió una mesera que vestía un frac de terciopelo y estaba tan animada en su explicación de cada platillo que escuché que otro periodista dijo “¿me pueden dar lo que ella está tomando?”.

Mientras comía estos extraños alimentos, algunos de los cuales eran bastante agradables, me di cuenta de que me acostumbraba al crucero. De hecho, más tarde esa noche, mientras veía el cabaret donde bailaban seis pantallas en brazos robóticos, al igual que un grupo surtido de hippies indios, bailarines de rap, cantantes de barbería y travestis, descubrí que realmente lo disfrutaba.

A primera hora de la mañana siguiente tuvimos que dejar nuestro camarote, pues debían prepararlo para su primer grupo de pasajeros con boleto pagado, con destino al Mediterráneo. A las 7:30 de la mañana nos encontrábamos bajo un candelabro destellante en el Royal Esplanade y, media hora después, hicimos la cosa más ordinaria de todas, nos subimos a un tren totalmente común con dirección a Londres, para ir a la oficina, donde un día totalmente sin diversión estaba a punto de comenzar.