Un castillo medieval para el siglo XXI

A 200 kilómetros de París, en plena campiña francesa del Parque de Morvan, se levanta esta antigua construcción, patrimonio cultural local, hoy renovada y convertida en un lujoso Chateau Hotel ...

París

Quien dice Borgoña dice viñedos. Esta región del este de Francia es hoy cuna de los vinos blancos más apreciados en el mundo. Algunos de los pueblos de la región se han hecho conocidos debido tan solo al vino en ellos producido: Chablis, Rully, Macôn, Mersault son algunos de los más célebres. De igual modo, las explotaciones vitícolas de la zona tienen la reputación de producir los grand crus más caros —y mejores— en el mundo: Romanée-Conti, Leflaive, Leroy (la botella de la propiedad Romanée-Conti de un buen año como 2002, puede costar hasta 10 mil euros). Pero no todo en la región son vinos; la campiña francesa es pródiga en patrimonio cultural y naturaleza. Adentrarse en Borgoña es entrar en contacto con una carga histórica que se hunde en el tiempo y cuyo influjo retribuye al viajero.

BALUARTE DE LA EDAD MEDIA

Una manera de conocer La Borgoña típica es imitando la forma de vida que llevaban los duques de Borgoña hace siglos: morar en un castillo rodeado de un foso y enclavado en el corazón geográfico de la comarca. La oferta turística de Francia —el país más visitado del mundo— hace posible este tipo de viaje en el tiempo.

A medio camino entre Dijon y Auxerre, a unos 200 kilómetros de París, se encuentra el poblado de Vault de Lugny. En el siglo XII aquí fue levantado un castillo cuyo propósito era defender el ducado de Borgoña. Pese a su carácter de fortaleza, el conjunto fue casi destruido en 1478 debido a un capricho de Luis XI, quien no toleraba otro esplendor sino el proveniente de sus designios. De Vault de Lugny solo quedaron el torreón y parte de la muralla. La familia Joncourt, dueña entonces de la propiedad, se las arregló para reconstruirlo y dejarlo prácticamente como es hoy. En la historia del castillo está imbuido el lema de sus fundadores: "La virtud me guía, el honor me conduce".

En sus casi diez siglos de existencia, el castillo de Vault de Lugny ha tenido varios dueños. Sin embargo, han sido los últimos Pascal y Élizabeth Bourzeix, quienes decidieron transformarlo en hotel de lujo para devolverle su funcionalidad y antiguo esplendor. Desde 1987 existe como hotel, y desde 2010 como Château Hôtel de cinco estrellas de Vault de Lugny.

AIRE MEDIEVAL

La oferta turística de este castillo rehabilitado comprende 14 habitaciones y una suite. Esta última puede albergar hasta cinco personas y es independiente del conjunto principal. Las habitaciones podrían ser designadas aposentos pues varias de ellas, como la que lleva el nombre de "Le Prince", poseen camas con un magno dosel, muebles originales, tapicería y alfombrado muy similar al usado antaño en estos sitios. Pese a lo vetusta que pudiera parecer una atmósfera así, cada recámara tiene los servicios que cualquier hotel de la misma categoría ofrece: teléfono, WiFi, televisión, aire acondicionado... meros requisitos hoteleros pues el ambiente medieval y la belleza natural que imperan los vuelve prescindibles.

El hotel ha sido inmortalizado en la literatura contemporánea pues mientras escribía El mapa y el territorio, el escritor Michel Houellebecq pasó varios días aquí. El enfant terrible de las letras francesas ocupó la habitación "Le Prince" y no vaciló en incorporar este sitio en el argumento de su libro que a la postre le reportaría el Premio Goncourt 2010. La clientela VIP es frecuente en el hotel, que presume de haber hospedado entre otros a Milos Forman, Karen Mulder, Eric Clapton y Charlotte Rampling. De hecho, hay un espacio donde los helicópteros pueden aterrizar y despegar sin ningún problema.

Las piezas tienen vista a otro de los atractivos del castillo, el jardín. Es aquí donde se comienza a sentir que uno está en la campiña francesa. Al centro del vergel, como vigía centenario, se erige un plátano de 42 metros de altura, con 385 años y que está clasificado como uno de los cinco "árboles notables de Francia". El prado es hogar de gallinas de Guinea y pavos reales que deambulan cerca del torreón. Esta estructura, por cierto, fue clasificada como monumento histórico en 1971; en su parte alta se tiene una vista inmejorable del castillo, su foso y del río Le Cousin.

Como toda propiedad medieval, su dominio es vasto, 50 hectáreas en el caso de Vault de Lugny, enclavadas en el Parque de Morvan. Esto posibilita tener un viñedo y una hortaliza que abastece la buena cocina del castillo. Además hay cuatro caballerizas disponibles en caso de que los visitantes deseen venir con caballos, cosa del todo recomendable, pues el corazón de Borgoña tiene un buen número de arterias y circuitos de herradura.

GASTRONOMÍA Y ENOLOGÍA

Como es sabido, en Francia la gastronomía es un factor primordial de la cultura. El llamado arte de la mesa no está ausente en el castillo y tiene el toque original de contar con los servicios de un chef originario de la isla Mauricio formado con los reputados chefs Paul Bocuse y Gérard Besson. Franco Bowanee se distingue por su reinterpretación de la cocina francesa en términos de su herencia culinaria de los mares del sur. En gastronomía muchas veces los adjetivos suelen ser redundantes o insuficientes para describir los platillos. Baste decir que la cocina en Vault de Lugny merece ser degustada. Cosa perfectamente posible aun sin ser huésped del hotel, pues se pueden hacer reservaciones solo para comer. El segundo de abordo es la chef patissière Karina Laval, también de la isla Mauricio, cuya amplia experiencia en lo azucarado y la presentación hacen de los postres una delicia visual antes que gustativa.

Pese a estar en Borgoña, el castillo de Vault de Lugny no es una explotación vitícola. Sin embargo, se produce en volumen bajo el Ratafia, una suerte de licor hecho de uva Chardonnay y que en Francia carece de las notas afrutadas de las versiones de Ratafia español e italiano. Es claro que Borgoña sin una visita a algún viñedo o una cata sería imperdonable. Chablis está a 30 minutos en auto; ahí se pueden realizar buenas compras y excelentes catas. También en las inmediaciones hay varios productores locales cuyos vinos merece la pena descubrir, pues en cuanto a vinos el calificativo de "mejores" será siempre relativo e irá de acuerdo al gusto personal. Los viñedos Henry de Vézeley son una opción para corroborarlo. Por ejemplo, su vino de entrada, un Melon de Bourgogne, suele ser calificado superior —más interesante— que las botellas de su cuvée prestige, un Chardonnay. Una cata in situ es una buena manera de refrendar eso que los sommeliers llaman la part des anges, y que no es otra sino el volumen que pierde el vino y asciende al cielo.

De cualquier modo, la cava del castillo cuenta con una selección de botellas que incluyen los vinos más reputados no solo de Borgoña, sino de toda Francia: Château d'Yquem, Pétrus, Pape Clément, Mouton-Rothschild, Puligny-Montrachet... Definitivamente, un renglón en el cual el visitante no quedará decepcionado.

AMENIDADES

La alberca interior del castillo fue calificada como "Piscine d'or 2008". Construida en una cava cuya bóveda es de piedra de Borgoña —algo muy raro en la actualidad—, parece salirse de la escenografía medieval, pero se integra de manera notable al conjunto de Vault de Lugny. De igual modo hay una cancha de tenis (cemento), y caminos para pasear a lo largo del río con pesca de primera categoría, donde abundan la trucha, el lucio y la perca.

Otra actividad interesente ocurre en el otoño. La colecta de trufas es una tradición ancestral que se hacía con ayuda de un cerdo trufero, pero en la actualidad se hace con un perro adiestrado. El castillo tiene el suyo, Dubble, un Lagotto Romagnolo cuya nariz agota el campo de trufas año con año.

A 10 minutos se encuentra Vézeley, un pueblo declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Se trata del clásico poblado francés que ha logrado conservar la piedra, el hierro y la madera de sus edificaciones tal como eran hace siglos. Situado en lo alto de una colina, desde su afamada basílica se pueden admirar los viñedos que se extienden por el valle, una reafirmación del poderío que la uva ha aportado al territorio. Aunque habrá que puntualizar que la verdadera distracción de Borgoña es la campiña misma y el hecho de poder hacer "vida de castillo" con las comodidades del siglo XXI.

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