“Estoy fuera del star system de los arquitectos”

Especializado en el reciclaje de materiales “inmorales” para la construcción ecológica y artífice de varios de los viñedos más importantes de México, Alejandro D’Acosta impulsa edificaciones ...

Ciudad de México

Irreverente, risueño y apasionado de la arquitectura, Alejandro D’Acosta es artífice de una veintena de viñedos en el Valle de Guadalupe, incluyendo las emblemáticas vinícolas de Santo Tomás y Casa de Piedra. Un valle metido en el desierto, donde solamente llueve 3 pulgadas y media de agua y donde se produce el 90 por ciento de los vinos nacionales de calidad.

Con una historia arquitectónica que va del sur chiapaneco a la norteña Ensenada, este mexicano se encuentra conquistando otros espacios en Europa y Centroamérica, buscando producir silencios con sus construcciones y mimetizarlas con la naturaleza.

Con raíces en Guanajuato y Toluca, D’Acosta llegó un día a Oaxaca. Con un mezcalito en la plaza intentó encontrar sus orígenes. No lo logró, pero a cambio halló la sierra mixe y un gran aprendizaje en la construcción, desde el manejo de materiales naturales y otros inmorales (plástico y adobe, entre otros), hasta el desarrollo de estructuras de eficiencia. “Hacíamos 12 horas: seis en doble tracción y seis a pie. Iban los materiales en mula y si se te olvidaba un pinche tornillo se paraba la obra hasta la siguiente visita”.

Investigador nato, el también socio y hermano del enólogo Hugo D’Acosta, si bien no sueña con crear sus propios caldos, ya diseñó uno que “salió rico de milagro” y que le sirvió para comprobar sus conocimientos enológicos, apasionarse por la tierra y seguir su lucha por mantener el equilibrio de los ecosistemas, sin abandonar la estética, el confort y fortaleza de la arquitectura. Un área que incluso sirve reparar males...


¿La arquitectura puede menguar daños?

Claro, la arquitectura es para remediar males. Si ya está el muerto ahí, si ya están los gusanos comiéndose el cadáver, habría que solucionarlo con arquitectura... Sí se puede, claro. Sin embargo, nuestra obligación es que la arquitectura sea sustentable y sostenible, no como la que hacen estos cuates, los desarrolladores de Santa Fe —¡qué raro que nos vimos aquí!—, completamente insostenible, terrible, involutivo, cacoestético, jodido, de una torpeza...


¿Con todo y que antes había favelas?

Prefiero mil veces el Santa Fe de las favelas, que existía cuando estudiaba en la Ibero, que esto. Los paisajes y la arquitectura deben convivir, respetarse. Ahora tenemos una oportunidad reconciliatoria, donde la arquitectura vernácula se convierta en contemporánea, donde una palapa o una casa de adobe sea algo deseable para cualquier persona, incluso una de Las Lomas (en la Ciudad de México). Eso es chingón.


¿Como pasó en Tijuana y está pasando en Ensenada?

Todas las historias de la frontera son entre bonitas y horribles, entre la cacoestética y la genialidad. En Lomas Taurinas, ahí a donde mataron a Colosio, las personas construyeron con lo que tenían a la distancia de su mano y han descubierto cosas increíbles, como las contenciones de llantas que ahora se industrializan, o con cosas como botellas de plástico o de vino. Tú podrías construir un edificio con lavadoras, computadoras, trenes o barcos, con esos cadáveres de la economía de consumo.

Y tú empezaste con nada menos que la vinícola de Santo Tomás.

Santo Tomás era un monstruo. La vinícola más antigua del país, que producía como medio millón de cajas, era un caos. El dueño tenía noventa y tantos años, había fraudes y estaba llena de vino echado a perder. Hugo llega como gerente y me llama: “Ven porque tenemos un problema”. Llegar a este lugar fue de película: los tanques de almacenamiento de madera —del tamaño de una casa de interés social— chorreaban y era desesperante este sudar de ríos de vino que olían... le dije “esto es pura basura”, y pensando un poco en este virus positivo de hacer algo con lo que queda, empezamos el reciclaje e hicimos una planta nueva.


¿Cómo convenciste al dueño de usar materiales inmorales?

El consumo del vino mexicano lo comienza Monte Xanic y en ese momento se alinea Santo Tomás. Ahí es donde realmente empieza el boom. Eso tiene 25 años. Me acuerdo que cuando iba a vender vino de Casa de Piedra me decían “vino mexicano ni para buches”. El nuevo dueño de Santo Tomás estaba heredando del suegro, era muy chistoso porque llegaba a las juntas de los viticultores con su whisky, evidentemente no tomaba vino, así que le vendimos la estructura del reciclaje porque era más barato. Él es un financiero, tiene bancos, se dedica al dinero. Fue un diálogo muy extraño, muy complejo. Y empezamos la vinícola el primero de enero de 1995 con 27 mil neumáticos, cientos de depósitos de gasolina, acero de red de “reuso”, etcétera. Hoy es la planta más grande del país después de Domecq y Cetto.


¿Qué porcentaje del espíritu de la arquitectura está metido en el vino?

Mucho. La estructura de sentimiento en Casa de Piedra se está dando a través del vino. Es la primera vinícola mexicana con una ideología propia, donde aprovechamos lo que sentimos y vemos, buscando la eficiencia estructural y anímica. Cuando mi hermano Hugo hizo su primer vino yo fui su piloto de pruebas, y había mucho más riqueza técnica que ahorita, que es mucho más agricultor. Ahora tenemos un sistema sofisticadísimo para saber cuánta agua toma cada planta en el viñedo, porque el vino se diseña con el regar y manejar la planta, lo demás es un resultado. El vino es como la educación de los niños, no debes intervenir de más ni de menos, solamente acompañar.


¿Y Francia?

Ahí tenemos un proyecto bastante interesante. Invertir en Europa es otra cosa. Es más barato comprar una vinícola con viñedo en Francia, que en Valle de Guadalupe en breña; aparte tienes financiamiento, el 30 por ciento nos lo prestó el gobierno francés con intereses bajísimos. Ahora tenemos dos plantas de vino, un experimento y un proyecto de reconstrucción y uso. Con los conocimientos de Hugo de la enología europea y la mexicana, se abrió un sistema para que 15 pequeños productores mexicanos pudieran tener una hectárea y hacer vino. Nosotros les hacemos la producción francesa y ellos aquí. Imagínate la riqueza.


¿Sigues estando solo en la construcción de viñedos en Ensenada?

Ha sido una labor un poco solitaria; sin embargo, en los últimos años los grandes arquitectos están comenzando a diseñar allá. De hecho hay un proyecto de Legorreta + Legorreta, que espero se construya. Eso es interesante, porque nosotros andábamos con la botella y tal, experimentando. Los mismos enólogos improvisaban, hacían sus viñedos con un albañil. La autoconstrucción era terrible. Había pocas plantas planeadas y que aunque no me caigan bien ciertos arquitectos, en su forma de hacer las cosas no como personas, estoy contento de que estén yendo y hagan propuestas. Por ejemplo, el arquitecto (Jorge) Gracia hizo Encuentro Guadalupe, que está muy bien nombrado, y Mauricio Rocha, que ganó varios premios hizo otra pequeña vinícola (Cuatro Cuartos). Ahora van a venir los grandes nombres.


¿En Europa sucede lo mismo?

Sí, va a suceder lo mismo, porque el mundo está coleccionando nombres y las ciudades arquitectos para estar en el star system.


¿Formas parte de este círculo?

No, yo estoy fuera del star system de los arquitectos.


¿Existe una ruta arquitectónica de Alejandro D’Acosta?

No soy la persona para decirlo. Lo que sí es un hecho es que hay una estructura de investigación en donde se podría ver el trabajo de ese güey. Hay una temática en el uso de los materiales inmorales: la basura, el adobe, todo lo que la gente no quiere, y que ahorita es algo contemporáneo, pero cuando empecé no estaba en el tintero de ningún arquitecto.


¿Continúas descubriendo cosas en arquitectura y vino?

Entre más viejo me pongo, quiero sentir más. Tengo muchas preguntas y cada vez que avanzo tengo más. No sé adónde voy a acabar. Mi trabajo es como un laboratorio. Ahora estamos diseñando una planta que capta la bruma. Ensenada es un espacio que tiene un mar muy frío junto al desierto, esto genera bruma todos los días. Entonces hicimos un análisis de la biomimesis de las plantas y con PET (polímetro de plástico) las copiamos para que capten agua y modifiquen la temperatura del espacio. Es un trabajo muy complejo.


¿Eres más un romántico o un científico en la arquitectura?

Las dos palabras son lo mismo. Lo que escribía Einstein es poética de la abstracción, de la mimesis, de la simbiosis, de representar sin decir. A mí me gusta la arquitectura de los silencios, los arquitectos que no gritan, que saben callar, que saben generar un patio, un jardín, que te dan confort pero que te dejan estar en contacto con la naturaleza.


¿Ha sabido ser un arquitecto de silencios?

Creo que sigo gritando demasiado, hablando demás. Mi trabajo ha sido aprender esas estructuras de silencio y en un futuro, posiblemente encontrar espacios más pequeños, más simples, que protejan el entorno, que estén más ávidos y agradecidos con él.