Uganda, el paraíso de los gorilas

Un nuevo programa le permite a los visitantes pasar horas junto a una familia de gorilas en las montañas del impenetrable bosque de Bwindi.
Bwindi Impenetrable Forest es el hogar de la mayoría de los gorilas de montaña de Uganda.
El bosque de Bwindi es el hogar de la mayoría de los gorilas de montaña de Uganda. (Shutterstock)

Normalmente se requiere de cuatro o cinco horas como máximo para ubicar una familia de gorilas en los brillantes, extremadamente verdes bosques de la montaña del oeste de Uganda. A mí, me tomó 32 años.

Como estudiante, en 1984, me encontré pidiendo aventón en el entonces conflictivo país del centro de África cuando escuché la historia de un hombre experto en rastrear a los poco comunes y elusivos gorilas de montaña. Probablemente no había más de 400, segregados en las impenetrables selvas que cruzan el paisaje lleno de volcanes a lo largo de la frontera entre Uganda, Ruanda y lo que ahora es la República Democrática del Congo.

La experiencia, emocionante pero luego decepcionante, fue para formar el material para mi primer artículo de periódico, un modesto triunfo personal que dio inicio a mi vida en el periodismo; 32 años después, estoy de regreso en Uganda para terminar lo que inicié.

El país se transformó. En 1984, se encontraba inmerso en una terrible guerra cuando las fuerzas de Yoweri Museveni intentaron derrocar al entonces presidente Milton Obote. Museveni al final prevaleció. En un discurso inaugural al estilo Kennedy, prometió un nuevo estilo de liderazgo y se comprometió a dejar la presidencia antes de que pasara mucho tiempo. En la actualidad, su fotografía está en todas partes. Y él también. Todavía es el presidente.

En 2016, Uganda es otro país, al que cruzan carreteras chinas y con un vibrante comercio. Se recuperó el número de animales. Durante mi viaje de una semana -al visitar los parques nacionales Reina Isabel y Kibale Forest, antes de ir hacia el sur en busca de gorilas- vi majestuosos rebaños de elefantes, de 30 o 40 de ellos, y leones que cazaban en las ramas de una higuera.

Más allá de las colinas ondulantes se forman subidas de bosques que se crearon por una erupción volcánica. Allí se encuentra Bwindi Impenetrable Forest, donde vive la mayoría de los gorilas de montaña de Uganda.


Salimos a las 6 de la mañana, y vamos más alto hacia las laderas para reunirnos con los guardabosques. Mi guía será Augustine Muhangi, un hombre de 34 años vestido con ropa tipo militar. Lo acompañan dos rastreadores con machetes y otro hombre que lleva un arma para espantar a los elefantes propensos a atacar.

Augustine sabe en dónde estuvieron los gorilas ayer, así que ahora es cuestión de encontrar dónde pasaron la noche. “Buscamos los excrementos, la vegetación rota y los sobrantes de comida para ver la dirección que toman”, dice. Una vez que se ubican los nidos, los gorilas, que generalmente no se mueven más de un kilómetro al día, no estarán muy lejos.

Un radio cobra vida. “Los rastreadores me dicen que pueden escucharlos”, dice Augustine. No pasa mucho tiempo, hay un fuerte olor a orina y detecta los nidos -pilas armadas de ramas rotas que se extienden en el suelo “como colchones de muelles”-. El nivel de emoción aumenta. Avanzamos en silencio. El único sonido es el zumbido de los machetes. 

De repente, hay un ruido como el crujir de artillería, se rompen las ramas. Allí, a cinco o seis metros, está Rushenga, posiblemente uno de los espaldas plateadas vivos más grandes, acostado en su espalda, quitando las hojas de una rama. Sus dedos tamaño plátano aprietan viñas y ramas. Cuando se aleja, con ese inconfundible paso de simio, su espalda plateada se ondula llena de músculos.

Nosotros subimos detrás de él. En el imposible enredo de plantas a todo nuestro alrededor, los rastreadores nos llevan a lo que parece el borde de la ladera de la montaña y sobre las copas de los árboles mismos. Las ramas son flexibles bajo los pies y es imposible decir en dónde está el suelo, a unos metros, o a varios, debajo del suelo. Delante de nosotros, los rastreadores nos dicen que es seguro seguir. "Lo es", me digo, "es como ser un gorila por un día".

El espalda plateada se fue y supongo que no lo vamos a ver de nuevo. Pero los rastreadores tienen otras ideas y se meten en la maleza, nos piden que los sigamos. Escribo algo en mi cuaderno cuando de repente se escucha un gruñido todopoderoso y un grito como de perro. Miro hacia arriba y veo a Rushenga simulando un ataque desde la vegetación. Incluso el experimentado rastreador se aleja con miedo. Las horas pasaron rápidamente. Nos tenemos que ir.

Camino de regreso, pienso en Zacharia, mi guía de 1984, quien por los guardabosques supe que murió hace seis años. Un pionero del rastreo, aún se le respeta en estas montañas. Me tomó un tiempo, pero gracias a él, hoy pude ver gorilas.