Federico Reyes Heroles y su experiencia con la ballena azul

El escritor y analista político nos comparte su viaje por el Mar de Cortés.
Federico Reyes Heroles
Federico Reyes Heroles (Alfaguara)

Ciudad de México

Fue una viaje de una semana para ver a la ballena azul en el Mar de Cortés. Iba con puros fotógrafos profesionales en un barco muy pequeño, con un baño para 16 personas, sin camarotes. Dormíamos en sleeping bags en cubierta. Todos los días nos levantábamos a las cinco de la mañana para tener la luz del amanecer y realizar las tomas fotográficas.

Patricio Robles Gil, fundador de la agrupación Sierra Madre, llevaba varios años invitándonos a mí y a mi esposa Beatriz al recorrido. En esa ocasión le dije que iba a apartar una semana para ir y no me arrepiento: tuvimos la oportunidad de ver a las ballenas cientos de veces.

El barco medía la mitad del tamaño de las ballenas azules.

Nos manteníamos a la caza de la mejor fotografía de este animal inmenso, el más grande registrado de la historia. El esqueleto de la ballena que está en el Museo Smithsonian de Washington es más pequeño que esta especie que tenemos en el Mar de Cortés. Es un espectáculo que obliga a la humildad y a reconocer las barbaridades que hemos hecho con la naturaleza. Además, es impresionante que las ballenas no sienten ninguna agresión de parte del ser humano.

“Entrar en contacto con la ballena azul es una vivencia imborrable”.


Había días que navegábamos 12 o 14 horas sin parar, porque había muchas ballenas.

Durante el día, bajábamos a las islas para fotografiarlas desde ahí. El agua estaba muy fría, pero igual nos metíamos. El cocinero se las arreglaba para hacer comida generosa para una bola de hambrientos. Durante las noches, atracábamos en alguna de las bahías.

Es muy interesante como se puede romper con los hábitos de las comodidades citadinas y acostumbrarse a dormir en cubierta viendo las estrellas, amanecer a las 5:30 de la mañana y que a las 7:30 de la tarde ya se tenga un sueño atroz.

También vimos manchas en el mar provocadas por decenas de miles de delfines que iban transportando a sus crías y buscando alimento. Es todo un espectáculo de comunidad acuática.

La experiencia central es un acto de recogimiento, de humildad, de lo grandioso que es la naturaleza y lo brutales que hemos sido. Estas ballenas azules estaban por cientos de miles el siglo pasado y ahora quedan unos cuantos miles en el planeta. Al verlas, uno se siente pequeño y piensa en la enorme responsabilidad que tenemos de que no siga esta depredación tonta y miope.