Mis años groupies

La Feria Internacional del Libro de Guadalajara es un espacio para libros, escritores, conciertos, comida, fiestas y seguidores.
Parte del encanto de la FIL de Guadalajara está en lo que se descubre después de las lecturas y las presentaciones de los autores.
Parte del encanto de la FIL de Guadalajara está en lo que se descubre después de las lecturas y las presentaciones de los autores.

Yo fui una groupie. De esas que persiguen a sus ídolos en fiestas y actos públicos, aunque no de las que bus­can ligárselos; me confor­maba con oírlos, verlos de cerca, saber si bailaban bien o si tenían dos pies izquierdos, si se emborrachaban o to­maban agua mineral, si Gabriel García Már­quez tenía algo de Aureliano Buendía y Ro­berto Bolaño, de Ulises Lima.

Cada diciembre de aquellos mis años universitarios, la rutina de una estudiante de derecho que no quería pasar la vida leyendo expedientes con lenguaje jurídico se rompía por esa sensación que uno solo tiene a los 20 años: llenar su cuerpo de conocimientos y su cabeza de ideas salvadoras.

Guadalajara se volvía la capital de la literatura y caminaban por la calle escritores cargando sus bolsas de la FIL, editores extranjeros con el carnet colgando del cuello, analistas políticos que yo solo había visto en la tele, y había libros, muchos libros que quería leer, descubrir, tener, abrazar.

Esos nueve días, muy cerca de exámenes finales, usaba las faltas que me quedaban del semestre para pasar las tardes en la feria escuchando a Fernando del Paso o intentando que José Saramago me firmara un libro (no lo conseguí). Nunca me tomé una foto con ningún escritor ni tengo libros autografiados, era una groupie bastante sosa. Yo solo quería caminar tras ellos y ver con quién caminaban, a qué fa­moso saludaban, oír de lejos sus conversaciones.

Ahí escuché a Carlos Fuentes dar el mejor consejo de escritura, que no me dio ni una maestría en el extranjero: la escritura es 5% talento y 95% disciplina. Descubrí a Nélida Piñón, a Rubem Fonseca y a Juan José Millás, compré mi primer libro de Gay Talese y bailé con la música de Los Tres y Oscar de León.

Y sí, fui a muchas fiestas. Alguna vez un amigo que estudiaba diseño y hoy es un exitoso promotor cultural falsificó los pases para una fiesta en la que bailamos salsa al lado de Eduardo Noriega.

Dejé Guadalajara en 2003 y volví a la FIL el año en que el invitado era Los Ángeles. Me pasó como el adulto que vuelve a Disneylandia. Los famosos ya no tenían un aura de divinidad porque ya sabía que eran de carne y hueso, que tomaban el mismo tequila que yo, y que no todos eran tan divertidos e interesantes como sus letras. Pensé que no volvería, que me quedaría con la memoria de mis años universitarios cuando me enorgullecía hacer filas, cuando aguantaba los jalones del concierto de cada noche, y cuando, sí, lo confieso, me robaba algún libro.

Pero en 2014 tuve que regresar a la FIL a editar FILIAS, el suplemento de Milenio, y aunque me gustaba la idea de hacer una revista literaria, no me emocionaba ir a la Feria. Pensaba en los tumultos, en ciertos escritores que cuando salen de la capital se sienten dioses, en las filas para el cajero, co­mer o ir al baño.

Me tomó menos de un día volver a sentir hormigas en el cuerpo por un libro -una edición ilustrada de Animal Farm, editada por Zorro Rojo- y la cabeza que explota al descubrir a un nuevo autor -Jeanette Winter­son-. Aunque ahora tenía a la mano a los escritores para entrevistarlos, pedir un autógrafo y tal vez hasta tomar un whisky, los veía bailar -casi siempre mal-, cantar -aún peor- en La Copa de Champagne, pedir una jericalla en Karnes Garibaldi o esperar mesa en la iLatina, no eran ellos quienes me emocionaban sino los jóvenes, esos que corren por los pasillos excitados rumbo a la plática de Salman Rushdie o al jam de Jis y Trino; esos que en la caja completan con monedas para pagar un libro que recomendó Julio Patán y luego lo leen tirados en el piso de la Expo; que libro y celular en mano merodean por el Hotel Hilton esperando ver a Irvine Welsh o a Juan Villoro; que se besan en los pasillos -porque algo tiene de kinky y de literario besarse entre libros-. Esos que como yo, son groupies.

* Galia García Palafox, editora en jefe de Milenio Digital y editora de Filias, la publicación de Milenio durante la FIL.