En búsqueda de buena lana

Cuando el editor de viajes de FT envió un correo electrónico para mandar a alguien a las islas Shetland para tejer al estilo Fair Isle, mis dedos empezaron a moverse involuntariamente.
Tejido estilo Fair Isle.
Tejido estilo Fair Isle. (Foto: Shutterstock)

Tejí mi primer suéter cuando tenía 10 años. Tenía rayas cafés y amarillas -que en 1969 parecía una buena elección de color- y lo terminé a tiempo para mi primer viaje escolar. Después tejí mi camino por la adolescencia, y para el momento en que llegué a la universidad, tejí como forma de lidiar con el aislamiento y la nostalgia.

En mi primer año allí di clases de tejido en mi habitación y le enseñé a un grupo, principalmente de hombres universitarios la diferencia entre punto derecho y revés. Mientras aprendían cómo envolver la lana alrededor de la aguja, presumí con el aran, el  mohair y con la que más me gustaba de todas: Fair Isle, que consiste en tejer con dos colores al mismo tiempo.

Cansada con los colores llamativos que estaban disponibles en las tiendas de Londres, empecé a buscar los hilos de Shetland por los tonos más apagados. En las mañanas me apresuraba a ir a la portería para ver si habían llegado los paquetes cafés que contenían las madejas de brezo y verde musgo. Jamieson & Smith de Lerwick, decía en la etiqueta.

En los 35 años que pasaron desde entonces, los hijos, el trabajo y la invención de un forro polar pasaron factura en mi producción de tejidos. Sin embargo, cuando el editor de viajes de FT envió un correo electrónico donde le pedían a cualquier persona que quisiera ir a las islas Shetland durante un fin de semana para tejer al estilo Fair Isle, mis dedos empezaron a moverse involuntariamente. De todas las vacaciones posibles, no podía pensar que ninguna que estuviera mejor hecha para mí.

Días después, estaba sentada con un amiga en el muelle desierto de Toft, veía la parte trasera del ferry que partía. A partir de allí fue un largo camino en coche a través de la oscuridad hacia Toft, una larga espera para el siguiente ferry, y después un viaje vertiginoso al norte para cruzar a la isla para no perder el último ferry al norte. Nunca una isla tuvo un nombre tan adecuado, pensé, mientras cruzábamos Yell en los oscuros caminos congelados, intentando evitar las ovejas, que se inclinaban para pasear por la carretera, sus ojos destellaban color rojo frente a los faros del coche.

Cuando finalmente llegamos, entramos a una casa gregoriana restaurada, pintada totalmente en Farrow & Ball, estaba en una extraña especie de emoción. Llegamos a la orilla del mundo, rodeados solamente de mar y ovejas. El problema como en la mayoría de los viajes, pensé mientras me acomodaba en mi cama en un bonito ático, es que es demasiado fácil.

Más tarde esa noche, me despertó el frío, saqué de mi equipaje el suéter estilo Fair Isle que tejí con lana de Lerwick en 1980. Se deshacía un poco de las costuras, pero por lo demás estaba muy bien. Me sentí menos orgullosa de él la mañana siguiente, al ver el trabajo de nuestras compañeras de casa. Una hacía un trabajo imposiblemente delicado en verde y malva. Otra mostraba una imagen de una intrincada alfombra tejida que hizo. Alguien más tejió una cerca de jardín a partir de los rieles de las cortinas.

La tejedora jefe y profesora del curso era Kathy Coull, quien es una de los 60 habitantes de Fair Isle y puede hacer cualquier cosa con la suave lana que crece en la espalda de las ovejas que vagan alrededor de su cabaña. La clase empezó con la inspección de una lana sucia que recientemente esquiló uno de ellos, y después de la lana que se lavó. Cada uno recibió un puñado de lana apelmazada y nos mostraron cómo peinarla con con un par de cepillos.

Aprendimos cómo convertir las fibras en fieltro. Las mojamos, enjabonamos y restregamos con plástico de burbujas. Afuera, por las pocas horas de luz del día, las ovejas pastan en la hierba helada, mientras que dentro de la casa media docena de mujeres arreglan fibras de lana en cuadros de garabatos, atardeceres y plumas de pavo real. Peinamos y afieltramos, felices juntas. No había teléfonos sonando, o atracciones de ninguna tipo que pudieran rivalizar.

Justo cuando me preguntaba si no habría sido más feliz de nacer en Unst y dedicar toda mi vida a la lana, nos mostraron un video sobre  las mujeres oprimidas de Shetland en el pasado. Tejían todo el día y la mitad de la noche, sólo para intercambiar cordón fino y diseños de Fair Isle que tejieron, no por dinero, sino por un poco de comida.

Cien años después, los tejedores de las islas tienen una mejor condición. Este año, dos diseñadores de Chanel  visitaron Fair Isle y examinaron un surtido de diseños de suéteres, algunos de los cuales aparecieron casi sin cambios en la pasarela. La tejedora, Mati Ventrillon, se quejó: el resultado fue una disculpa pública de la casa de moda por lo que afirmó  fue un “mal funcionamiento del equipo”.

Al día siguiente tenía que volar a Fair Isle para visitar el lugar de origen de mu suéter. Pero el viento todavía era muy fuerte e incluso si el avión pudiera llegar a salvo me advirtieron que podía quedarme atrapada durante semanas. En su lugar, me conformé con la compra de 10 bolas de lana de ovejas de Fair Isle de Katy y me puse a trabajar al mismo tiempo.

Siempre tuve un moderado complejo de inferioridad sobre mi forma de tejer. Anclo la aguja en mi ingle y suelto mi mano de la aguja para pasar la lana alrededor, por lo que recibí muchas burlas de los tejedores ingleses que lo hacen con un solo dedo.

Ahora con un nuevo proyecto del tejido de punto, y con la reivindicación que llega al saber que mi técnica siempre fue la correcta, salí de Unst, paré durante la noche en el Scalloway Hotel. Aquí el propietario me dijo que la cama de mi habitación estaba rellena con suave lana de Shetland y con un costo de 7,000 libras, y que David Cameron durmió en ella el año pasado cuando visitó Shetland intentando recibir apoyo para el voto del “No” sobre la secesión escocesa.

Desperté al día siguiente ante un pedazo de cielo azul y pregunté en el hotel cuál era la mejor dirección para salir a caminar.  El propietario se veía sorprendido. “No camine. Tengo un auto”, dijo, su enorme torso encerrado en una chaqueta de punto de Fair Isle sorprendentemente varonil. Nos dispusimos salir a caminar sobre el camino empedrado, con vistas al mar y a las islas en el exterior, pero después de 10 minutos, empezó a caer en nuestras caras una fría lluvia y regresamos y partimos a Lerwick en el coche para encontrar el hogar de mi lana.

Resultó que Jamieson & Smith estaba en una nave de hierro corrugado en el borde del pueblo, que ocupa desde hace décadas. Dentro habia sacos de lana listos para enviar a los tejedores en EU y China, mientras que en la parte trasera el mismo hombre que lo ha hecho durante 40 años, acomodaba los vellones. En los estantes estaban los mismos colores que utilicé para tejer, la única diferencia que en ese entonces eran madejas, ahora son bolas decepcionantemente ordinarias. Junto a la lana había una canasta con cinturones de cuero para tejer de todos los colores. Compré uno color naranja brillante, me lo puse alrededor de la cintura, y, en el interminable camino de regreso a casa, en los ferries, aviones, coches y trenes, tejí todo el camino de regreso al cálido y abarrotado Londres.