El valle de los caballos salvajes

Cerca de 40,000 caballos salvajes todavía corren libremente en EU, y en Mustang Monument, un  rancho y santuario ubicado en Nevada, los huéspedes pueden verlos de cerca.

Nevada, EU

El sol de media mañana hierve sobre el noreste de Nevada, mientras que cerca de 20 caballos salvajes (mustangs)  -como una nube de polvo de caramelo, chocolate y avellana- martillean sus cascos resonando a la distancia. Los cabalgan dos vaqueros con sombreros, camisas de cuadros y espuelas. Detrás se elevan las magníficas Ruby Mountains cubiertas de nieve. Es una estimulante bienvenida a Mustang Monument, un rancho ecológico y santuario de caballos salvajes que se inauguró en junio pasado a más de 250 kilómetros al oeste de Salt Lake City.

Cerca de dos mil mustangs recorren este rancho de 242,811 hectáreas, que Madeleine Pickens, una glamorosa y resuelta activista en pro del bienestar de los animales abrió al turismo. Su objetivo es permitir que los visitantes sean testigos de cómo los caballos salvajes corren libremente -un espectáculo que ella considera el equivalente estadounidense a la migración de ñus en África- y al hacerlo, crear conciencia de los complicados problemas que rodean su supervivencia.

Pero no todo se trata simplemente de verlos a lo lejos. Algunos caballos fueron domesticados, y estos son los que los vaqueros Clay Nannini y Marcus Morrison, arrean a lo largo de las planicies y llevan al corral. Ellos giran sus lazos a través del aire con un ritmo hipnótico, los lanzan sobre dos sementales de color negro para que los montemos.

Nannini, el gerente del rancho, muestra una figura galante mientras nos lleva a través de la llanura. Nos explica que la protección de los mustangs no es algo popular con algunos rancheros porque los caballos se comen el césped que podrían usar para criar vacas. “Si tu sustento depende del ganado, no sientes mucho cariño por los caballos salvajes”. Pero, como los mustangs tienen pocos depredadores naturales, no hay una solución sencilla a la posible sobrepoblación si se les deja totalmente solos.

Cuando nos acercamos a la cima de Spruce Mountain nos detenemos justo por debajo de la línea de nieve, donde Pickens y su director de operaciones, Monty Heat nos recibe con un picnic. Es un festín de sandwiches enormes, queso, galletas caseras, ensalada de col y agua de limón. Bajamos de nuestros caballos, los atamos a la sombra de los árboles y nos sentamos bajo el sol.

“El gobierno tiene todo el sistema confuso”, se queja Pickens. Los mustangs tienen la protección de la ley y viven en “pastizales” que maneja la Oficina de Administración de Tierras de EU. Pero las manadas pueden crecer rápidamente, y para evitar el exceso de población, las autoridades quitan miles de animales cada año, a menudo los mueven en helicóptero. Esos caballos los tienen en corrales y pastizales, y con el tiempo algunos dueños privados los “adoptan”. Hace un siglo había cerca de 2 millones de mustangs; en la actualidad cerca de 40,000 caballos recorren libremente la naturaleza, en corrales y pastizales hay poco menos de 47,000. Pickens y sus compañeros activistas argumentan que el número de caballos salvajes tiene que controlarse por medio de la castración de los sementales, en lugar de mover a los animales de su hábitat natural.

“Últimamente, el turismo es el mensajero de esta historia”, dice. Y ya que la “gente quiere ver cosas agradables, y no tragedias”, aquí los huéspedes pueden cabalgar para ver a los caballos salvajes mientras se sumergen en la cultura del viejo oeste. Como complemento para la aventura hay un lugar de alojamiento de ecológico de lujo; 10 cabañas de madera para los huéspedes y 10 tipis de lujo pintados a mano, cada uno con camas king-size, sillones de cuero, armarios elegantes, coloridos tapetes artesanales y cojines.

De vuelta en el rancho, es tiempo para la lección de lazo, o “lazar”. El sol caliente proyecta una luz dorada polvorienta sobre la manada de mustangs que comen pasto unos 800 metros más adelante. Resulta que tengo habilidad para el lazo, poder lazar los cuernos de una vaca en mi segundo intento y mantener un saludable nivel de aciertos, gracias a la paciencia que tiene Nannini para enseñar. Probablemente tengo que decir que la “vaca” es un paca de heno con cuernos de plástico pegados a ella. Y que estoy de pie a unos dos metros, frente al bar, de hecho, después de dos cócteles antes de la cena. Es el sueño de una vaquera urbana hecho realidad.

La cena consiste en cuatro platos de lujo en un tipi íntimo que se ilumina con linternas solares, y después viene la representación de las danzas de la victoria y de la gallina que realizan dos nativos americanos de la tribu Lumbee de Carolina del Sur.

La mañana siguiente salgo sola al amanecer, un carrera de 16 kilómetros alrededor del rancho. Corro junto a un grupo de mustangs, que alzan sus cabezas y me ven con curiosidad. Todos mi estrés citadino parece escapar en la gran extensión de tierra.

Después del desayuno nos subimos a una pick up para explorar más del rancho, nos dirigimos a las colinas, en caminos ásperos a través del Black Forest, más allá del cañón Latham, a través de la llanura plana de savia y hierba de conejo, centeno y hierbas.

A pesar de los problemas de la sobrepoblación de mustangs, durante el safari de varias horas no logramos ver caballos salvajes. Nannini dice que más adelante en la temporada, cuando llega a conocer los hábitos de toma de agua de los caballos, puede llevar a los huéspedes a los manantiales donde los caballos van a la misma hora todos los días, en pequeños grupos conscientes de la rutina de los demás. Para distraernos de nuestra decepción en esta ocasión, señala el California Trail, que arde a través de la llanura.

Nos espera otro picnic gourmet al pie de las montañas Pequop, la mesa tiene vista al valle Goshute, más de 32 kilómetros de extensión. Es casi imposible calcular ese tamaño, como mirar al mar. Mozart suena en un iPod, es un poco extraño pero a la vez maravilloso.

A la distancia vemos a los mustangs, mientras aceleran en grupos fragmentados a través de la hierba alta, corren como si hubieran nacido para eso: correr con ferocidad y por instinto. Vemos dos potros de cuatro meses, desesperados por seguir el paso.

Después de la cena en mi última noche, nos reunimos alrededor de una fogata e intercambiamos historias. Lentamente, los huéspedes se retiran, pero un pequeño grupo de vaqueros va al bar, con taburetes que convirtieron en sillas y se dirigen hacia la mesa de blackjack. Aparece el tequila Patrón y las fichas. Voy a tropezones hacia mi tipi con los ojos llorosos por el frío de la noche, mi camino iluminado por la luna.

Cuando los vaqueros lazan a dos sementales, la fricción entre la energía equina y la enfocada calma humana cruje.