Todo el “voga” en Venecia

“Esto es lo más cerca que estarás de caminar sobre el agua”, dice Nan McElroy, acerca de la ciudad Italiana 
En Venecia el agua parece peligrosamente cerca bajo mis pies.
En Venecia el agua parece peligrosamente cerca bajo mis pies. (Foto: Shutterstock)

“Eso es lo que le digo a los visitantes del sur de Estados Unidos”. Ella sonríe nuevamente. McElroy puede hacer esta broma sobre el cinturón bíblico (una región muy extensa del sur de EU): son sus paisanos. Ella es de Kentucky, hace una década llegó a Venecia y nunca se fue. Y verla parada a lo alto en la parte posterior de una histórica batela coda di gambero (bote cola de camarón), guándolo con su largo remo con una habilidad increíble a través del estrecho de los canales.

Excepto que muy pocos venecianos hacen esto, el voga alla veneta, el estilo tradicional de remo veneciano.  Por supuesto, hay gondoleros, para los turistas; además de eso, McElroy me dice, sólo quedan ocho de estos batele en la laguna veneciana: su delgados y alargados extremos no se adaptan a un motor fuera de borda.

En parte fue para preservar la antigua cultura del agua del lugar en donde McElroy, con otras cuatro amigas de diferentes nacionalidades, establecieron Row Venice, una organización sin fines de lucro que enseña la voga. Ofrecen varias opciones: una lección de remo simple la “Venezia di Sera”, remo nocturno; y el “Cicchetto Row”, en donde tu esfuerzo tiene la recompensa de paradas en pequeños bares a orillas del canal para degustar vinos y cicchetti, las tapas locales.

Elijo la última. Me reúno con McElroy a finales de una soleada y brillante tarde en las puertas de un astillero en el soñado distrito norte de Cannaregio, donde algunos perros disfrutan en las orillas del amplio canal y el bullicio de hordas de turistas parece que se encuentra a kilómetros de distancia. Empieza a hablarme sobre el bote con la tranquila intensidad de un entusiasmo que nunca aburre, y después me muestra las cuerdas. Y los movimientos.

Para cualquier persona acostumbrada al remo “normal”, esto no podría ser más contrario al sentido común. Pero, sorprendentemente, las tranquilas instrucciones de McElroy, que repite gentilmente detrás de mí una vez que estamos en camino, en verdad funcionan, y me encuentro capaz de realizar algunos movimientos de remo que no son totalmente ridículos. Al poco tiempo nos dirigimos hacia la amplia y terrorífica laguna norte, donde los taxis acuáticos del aeropuerto pasan ruidosos a lo largo de canales de aguas profundas y los jóvenes pilotos salen con sus chicas para dar un paseo en un bote.

De regreso en los canales de Cannaregio, la multitud de la noche del sábado está afuera, en las anchas aceras de Fondamenta de la Misericordia: estudiantes, familias con niños, algunos extranjeros, hablan, comen, holgazanean con una efervescente luz del sol de la tarde. Giacomo Cosua, nuestro fotógrafo, nació y creció aquí, en el Ghetto Nuovo, y la gente lo saluda y habla desde las orillas mientras nos deslizamos a un paso lento.

Nuestra primera parada es en la Osteria Timon, donde nos amarramos junto a una barcaza amarrada que se utiliza como una extensión del bar, y McElroy nos sorprende con una botella de prosecco, perfectamente refrigerada, de una bolsa hielera debajo del asiento. No puedo recordar un momento en que haya estado más feliz de ver un vaso de plástico de vino espumoso. Entonces ella salta del bote y entra en un bar abarrotado, para volver a surgir con un plato de cicchetti.

En el Vino-Vero, más adelante en el mismo canal. Matteo Bartoli, un toscano, abrió un bar con su hermano apenas hace unos meses, y las botellas que pronto aparecen en la orilla del canal hablan de inclusividad que se inclina solo, como dice, “a productores genuinos”. Así que un delicado Borgoletto Soave, un fuerte Catarratto di Sicilia 2013 y un blanco Veronese biológico 2012 se unen con el vino del propio Bartoli, que se produce en Toscana, una mezcla con chispa de Pinot Noir y Sangiovese que, me doy cuenta con preocupación tiene un grado de 14 por ciento.

Al igual que el rag), hay tantas recetas para estas clásicas albóndigas italianas como hay cocinas en Italia, y todas son cuidadosamente custodiadas, así que mi nerviosa solicitud por la receta de la Vedova se topa con una amable pero franca incredulidad. Solo puedo soñar que será una mezcla de carne y ternera, picada con papas cocidas, ajo y perejil  unidas con huevo antes de ponerlas a freír perversa y deliciosamente. Y, como resultó, soñar es todo lo que puedo hacer: para el momento en que llegamos, el polpette ya se había terminado.

Pero esa es una buena razón para regresar. Y a modo de compensación, la luna creciente color plata y la tranquilidad de la noche fueron suficiente para atraernos al Gran Canal. Cuando nos fuimos. Bajo la luna. Conmigo remando. Parece un sueño.