Más allá del tren bala

En un viaje en tren que se aleja de las rutas de alta velocidad,  atraviesa pueblos rurales que tienen la esperanza de que el arte, las artesanías y el turismo sean una forma de vida

Japón

Vine al Valle de Iya, un refugio montañoso en la prefectura de Tokushima, para probar nuevas experiencias en el corazón de la zona rural de Japón, un mundo apartado de las frenéticas ciudades del país y de los trenes bala. Viajo sola y utilizo el Japan Rail Pass. Mi viaje comienza en Ayabe, un viaje en tren de una hora hacia el noroeste de Kyoto. Me recoge un carpintero que ayudó a restaurar el Ayabe Yoshimizu, una granja con techo de paja de 300 años de antigüedad en una colina con vistas a los arrozales que reflejan las montañas. El verano pasado abrió como ryokan, un hotel tradicional, y cuando el carpintero me muestra la habitación -con un futón en el suelo de tatami- me explica su atractivo. “La gente viene aquí para ver lo que es importante; tiene una atmósfera antigua”, dice. “Nací en 1969. La economía era excelente, pero perdimos nuestra esencia de cómo vivir. Perdí amigos, propiedades en el terremoto de Kobe (en 1995), pero ahora descubrí que no tener nada es ser rico”.

En la tarde camino a un onsen, o manantial, cercano, y me remojo mientras observo a los milanos negros revolotear sobre el bosque. A mi regreso, paso por una cancha de tenis en desuso, y un alocado campo de golf en el que dos personas mayores practican tiros. Yoshimi Nakagawa, la dueña del ryokan, es una mujer de 72 años que viajó mucho, una excelente chef y una compañía fascinante. “Los jóvenes abandonan el campo”, dice. “Nadie practica la agricultura aquí”. Ella hace su parte al preservar el ryokan, lo volvió a abrir para que los turistas puedan apreciar el ambiente tranquilo y natural. Amplió en 9 la población de Ayabe, incluyendo a su personal. Me habla sobre otro pueblo con cerca de 70 casas, a 15 minutos en coche, donde la situación está peor. “Sólo hay tres mujeres, de 91, 88 y 83 años, con un hijo, de 64 años”.

Tal vez es el resultado de la falta de gente que se recibe tan cálidamente a los visitantes. En la mañana, me deja en la parada de autobús para el viaje de regreso a la estación, me llama “hija inglesa” y ondea exuberantemente las manos en señal de despedida. Me  encuentro con la misma calidez en mi destino, Kifu no Sato, un lujoso ryokan en Yunogo Onsen, a 45 minutos al oeste de Himeji. Un hotel de gran arraigo para turistas japoneses atraídos por la cocina kaiseki de varios platos y el onsen, también ahora intenta atraer a los turistas occidentales. Sin monumentos célebres, la atención aquí se centra en los artesanos locales.

Muy cerca está Osafune, un pueblo conocido por su fabricación de espadas, y Bizen, donde hay cientos de alfareros. Otros artesanos incluyen fabricantes de barniz y un fabricante de teteras de tercera generación (solía haber 16 familias fabricantes de teteras; ahora sólo hay dos). En Nishiawakura, una aldea cerca de Yunogo Onsen, conozco a Masayuki Oshima un alegre y joven carpintero que fundó Youbi, un nuevo taller de artesanía de madera.

Su estudio tiene una vibra edificante y huele a hinoki japonés, o ciprés. En una mesa se muestran piedras que empalman perfectamente con la madera. Su cara se anima con el entusiasmo de su oficio; sonríe cuando recuerda que durante su tiempo como aprendiz le dijeron que debe sonreír. Frustrado de que no se hacía ningún mueble con madera local, le tomó 18 meses crear una silla Windsor tradicional en hinoki. “Cuando llegué, la comunidad era genkai shuraku (con una limitada esperanza de vida). Se proyectaba que desapareciera en 15 años. Ahora ya llegamos”, dice, indica a su equipo con una mezcla de aprendices.

Salgo del taller para almorzar junto al camino sinuoso que lleva a Chizu, una población cuyas construcciones con techo de paja las preservó el alcalde. Nos dirigimos al restaurante, Mitaki-en, un romántico refugio en el bosque de construcciones rústicas con techos cubiertos de musgo. Ligeros árboles de maple que ondulan con la luz; pequeños arroyos que pasan por molinos de madera. Allí, conozco a la esposa del alcalde, Setsuko Teratani, quien usa un labial rosa, su cabello recién arreglado. “Buscamos ofrecer sólo las mejores comidas tradicionales y el mejor servicio”, dice, mientras empieza a asar un pescado en los palos que los llevan. “Antes de que mi esposo hiciera esto, no había turismo aquí”.

De regreso en Kifu no Sato, disfruto al ver los muebles de Oshima en este vestíbulo tan elegante. Me levanto de mi futón para ver las sombras de los árboles que se reflejan en las pálidas persianas. Llevo fuera sólo cuatro noches,  sin embargo, tengo una sensación de paz. Mis tareas de la mañana implica ikebana, o arreglos florales, con un maestro de 71 años, Koyo Kuroda. Me dice que siente “gratitud hacia las plantas” mientras elige tres flores, y una hoja. Cada inserción precisa se acompaña por un gesto de satisfacción.

Sigo el camino a pie junto al Oboke Gorge. El agua color verde mar tiene destellos brillantes que chocan contra las rocas blancas irregulares. Los turistas debajo suben los rápidos en lanchas, ignorados por los coloridos streamers en forma de carpa. Después de una larga caminata, me dirijo a Ku Nel Asob, una sencilla casa de huéspedes cuyo lema es: “Come, duerme, diviértete”. Las comidas son compartidas. Una amable pareja japonesa de Tokio me dice que están aquí para conectar con el “antiguo Japón”. Temo a los arreglos para dormir, las paredes de papel hacen que los otros huéspedes se escuchen demasiado, sin embargo, duermo profundamente.

Al día siguiente viajo a Takamatsu, un pueblo poco notable. Uno de los atractivos son los jardines Ritsurin, un “parque de paseo” que data de 1625. Me presiona el tiempo, así que me desparramo a través de él, contemplo con precisión las vistas y un arrollo tumultuoso con carpas retorciéndose. Takamatsu es conveniente para mi próximo destino, el íntimo museo jardín Isamu Noguchi en el pueblo de Murem que atrae solo a 12 mil visitantes al año. Incluso con una dirección en japonés, a mi taxista le cuesta trabajo encontrarlo. Noguchi fue un diseñador y arquitecto paisajista americano-japonés que murió en 1988. “No se construyó como un museo, sino como su estudio”, me dice Fumi Ikeda, el director administrativo. “Intentamos mantener la serenidad de la atmósfera”.

La mañana siguiente, tomo un ferry temprano para la isla de Naoshima, en el mar interior de Seto. Ofrece una solución distinta a la disminución de la población, utiliza el arte para revitalizar la isla. La inspiración surgió del magnate editorial en 1986 y la desarrolló su hijo, Soichiro Fukutake. Las dos últimas décadas vieron la creación de un hotel de arte, Benesse House, y dos notables museos que albergan la obra del arquitecto Tadao Ando y el artista coreano, Lee Ufan. “Naoshima es una armonía de arte, arquitectura y naturaleza en un entorno de colinas verdes, el cielo y el mar”, dice mi poética guía, Hisako Kashihara.

Es en Chichu, un museo bajo tierra que diseñó Ando, lo que encuentro como mi epifanía rural. Me dan unas pantuflas blancas, camino sobre el piso de mosaico blanco sin hacer ruido. Ante mí hay una gran pintura de Monet, con marco de mármol blanco, Iluminada únicamente por luz natural. Me siento en el piso por 45 minutos, los púrpuras y azules profundizan mientras la luz se desvanece. Entiendo por qué Monet escribió sobre las series: “un instante, un aspecto de la naturaleza lo contiene todo”.