Un nuevo comienzo para la gran dama de los Alpes

En la estación de Gstaad, espera un coche. No es un taxi, sino un Bentley 1962 que envió el hotel, sus paneles negros y una pulida parrilla cromada reluciente.
Gstaad, Suiza
Gstaad, Suiza (Foto: Shutterstock)

A medio camino del viaje de un minuto, que emprendimos desde Gstaad, el elegante chofer se da la vuelta y sonríe con complicidad: “Sabe, este pertenecía a Roger Moore”. El ex James Bond todavía cautiva a esta ciudad de los más ricos de Suiza. Hay una entrevista con él junto a los anuncios de diamantes Graff y relojes Rolex en una de las revistas locales de estilo de vida que se encuentra en mi habitación en el Grand Bellevue. Y en el Gstaad Palace, el hotel con torreones que se eleva por encima de la ciudad, el elegante agente secreto sonríe desde una foto en la pared, junto a una serie de celebridades y antiguos huéspedes: Julie Andrews, Sophia Loren, Richard Burton y Elizabeth Taylor.

Fue el Palace el que le dio fama internacional a Gstaad. Louis Armstrong tocó aquí, al igual que Dionne Warwick. Peter Sellers se quedó atrapado en la puerta giratoria del hotel en una famosa escena en el Regreso de la Pantera Rosa. El inicio de esta temporada de invierno fue testigo de la celebración por el centenario del hotel, y en los corredores queda una sensación de historias glamorosas. El bar con sofás de cuero, alfombras espesas y código de vestimenta y lista de cócteles que abarca 56 páginas.

Aunque hoy, la realeza y las celebridades fanáticas de las fiestas cambiaron de lugar, especialmente a Verbier, Courchevel y Aspen. Gstaad se volvió más una gran dama que en “la chica de moda”, su relación con las estrellas de las décadas de 1960 y 1970 ahora son una especie de arma de doble filo, que le asegura un reconocimiento mundial, pero también una sensación de que se quedó en el pasado. La calle principal de Gstaad está llena de boutiques de diseñador -conocida como promenade (paseo)- los abrigos de piel, los sombreros de piel y los tacones altos todavía son el rigor, y una mujer a la que pasé vestía los tres mientras empujaba una andadera.

Para los esquiadores, esto es una ventaja. Durante la semana, las pistas no sólo están tranquilas, sino desiertas. Muchos de los huéspedes vienen de compras y de paseo, pero prácticamente no esquían para nada. Durante mi visita de fin de semana, tuvimos suerte con nieve fresca, pero, a diferencia de Verbier, Chamonix y Val d’Isère, nadie se apresuró para llegar antes que los demás. Mi guía, Charlie Toogood, un británico de 33 años cofundador del nuevo operador turístico Camel Snow, señaló una tentadora pista de nieve y sugirió que fuéramos a esquiar al final de la tarde. “No te preocupes, nadie más la va a tocar”.

Pero con 53 teleféricos, 220 kilómetros de pistas y muy pocos esquiadores hay un inconveniente evidente. Bergbahnen Destination Gstaad, la compañía de teleféricos está en problemas. Perdió 2.8 millones de francos suizos (1.9 millones de libras) en el año hasta mayo de 2013 -las cuentas se refieren al “notorio bajo uso” de los teleféricos- y este invierno tuvo que imponer una serie de medidas de austeridad, una frase que no encaja muy bien con el nombre de Gstaad. Los costos de administración se redujeron; algunos teleféricos se suspendieron para la temporada, algunas pistas no se van a aplanar. Días antes del enorme exhibición de pirotecnia que encendió el cielo para la fiesta del centenario del Palace, más de 1,000 lugareños se reunieron en el salón de tenis para escuchar los planes para salvar a la compañía de teleféricos. “La quiebra no es una opción”, dijo Aldo Kropf, presidente del consejo de la ciudad vecina de Saanen, a la revista Gstaad Life. “El daño para la imagen de Gstaad sería desastroso”.

El Grand Bellevue se inauguró en 1912 y es uno de los históricos cinco estrella de Gstaad, pero pero Daniel y Davia Koester, una pareja suiza que se encuentran al principio de sus 30 años, lo adquirieron y relanzaron. Se conocieron y pasaron su luna de miel en el hotel, pero su gran conexión no les impidió visualizarlo con una imagen totalmente diferente. El interior ahora se siente más como Soho House que como chalet suizo.

Igualmente inusual, es el Saanewald Lodge, que abrió en invierno pasado en las pistas sobre Saanenmöser (uno de una docena de pueblos que comprenden el área de esquí). Se construyó en 1964 como un campamento de vacaciones para los servidores públicos de Basilea y sus nuevos propietarios lo restauraron como un vibrante retiro retro. Llegamos al terminar la tarde, esquiamos hasta la gran terraza, donde nos sirvieron cerveza artesanal mientras el atento personal distribuye frazadas y mantas pesadas para protegerse del frío. (El equipaje lo lleva Ski-Doo). Posteriormente, fuimos al hidromasaje que se calienta con leña, el humo sale de la chimenea., que se asoma sobre los campos nevados a los bosques oscuros, el escarpado pico de Le Rubli, calienta por el brillo alpino.

También nuevo y también a un costado de la pista (esta vez por encima de Zweisimmen), está Hamilton Lodge, un antiguo chalet que se amplió radicalmente para crear 24 habitaciones al que sus dueños llaman estilo “hip Heidi”. Los corredores son de puro concreto, las habitaciones tienen paneles de madera.

En la reunión de diciembre, la empresa de teleféricos dio a conocer las propuestas para una gran actualización y modernización de su red, pero ahora, lo que hace especial a Gstaad es que los huéspedes puede hospedarse en estos animados hoteles nuevos, después salir cada mañana a disfrutar del esquí maravillosamente a la antigua, muy opuesto a lo que ofrecen las “fábricas de esqui” francesas.

Las pistas se extienden por varios valles; los esquiadores se mueven entre ellas en un pequeño tren blanco y azul. Las pistas vacías en su mayoría recorren los pastos alpinos, serpentean a través de los bosques y antiguos chalets que huelen a humo de leña y ganado, cubetas y palas para fabricar quesos que cuelgan en el exterior. En una carrera, me encuentro con una gamuza que salta por los árboles.

Algunas de las granjas realizan un papel doble como restaurantes de medio tiempo. Puedes parar por una copa de Glünhwein y un rösti, lo sirven en un mesa antigua de madera, y puedes empezar a preguntarte si estar atrapado en el pasado no es tan malo después de todo.