La insólita historia de La Barbie humana

Sarah Burge se ha sometido a más de 150 cirugías hasta parecer una muñeca de moda; lo que pocos saben es que su obsesión por la belleza esconde las cicatrices de 16 años de violencia.

Ciudad de México

“Hasta pronto, me largo”, le gritó con enojo aquella noche la ex conejita de Playboy Sarah Burge a su s esposo. Pero él no tardó en arrojarla al suelo y arrastrarla por las escaleras mientras amenazaba con cortarle la cara. “Lo hizo con unas tijeras”, me cuenta Sarah en escalofriantes líneas vía correo electrónico. El promiscuo pasado de esta mujer cegaba a su esposo de celos y desconfianza. Sarah había tenido amoríos con gánsters y celebridades, pues su filosofía de vida era atrapar a un hombre millonario, tener una vida llena de lujos y convertirse en una “mujer trofeo”. Después de todo, se preguntaba, ¿cuán difícil podría ser cuando eres joven y hermosa?

“Era una rubia tonta. Serlo fue mi única ruta de escape para tener una vida glamorosa. Me codeé con muchísima gente rica y famosa en el Club Playboy, ahí me bañaban en regalos como sacos de pieles, joyas, vacaciones de lujo. Pero solo les interesaba mi cuerpo y abusar de sus posiciones para explotarme. Uno de esos amantes se convirtió en mi esposo”, nos confiesa. Sarah vivía siempre al límite como si cada día fuera el último y, en algunas ocasiones, así lo parecía.

Esa misma noche, la batalla simulaba la masacre de Texas. Había sangre por todos lados. “Intenté arañarlo, pero él era muy fuerte. Me arrojó con violencia sobre la cama. Él empezó a rasgar mi ropa gritando y escupiendo sobre mi cara, mientras mordía mi cuello y pechos. Forcejeamos, abrió mis piernas casi rompiéndolas y me dijo: ¡Tú te lo buscaste, perra!”, escribe Sarah Burge sobre la noche en que decidió huir de 16 años de violencia doméstica. Los tabloides británicos hablaron de ella: “La tipa que gastó 500 mil libras en cirugías para convertirse en Barbie”, en busca del ideal de belleza.

Rotura de pómulos, mandíbula, órbitas de los ojos y nariz fue el recuento de los daños de esa noche, a la que pudo sobrevivir. El costo aún lo alcanza a registrar en su memoria: 150 cirugías para moldear su irreconocible rostro. O a lo que se refiere como una obra de arte en proceso. “Soy una obra de arte, que se exhibe un poco y trabaja en ser mejor. Quedé con el rostro desfigurado. Parecía un monstruo. Tenía que arreglarlo. ¿Mi última operación? Me estiré la cara hace unos días, no le temo a las cirugías si estoy en las mejores manos”, aclara a Dominical MILENIO.

Y es que a Sarah siempre le interesó la belleza. Su primera visita al quirófano fue a sus siete años. Una oreja pegada a la parte alta del cuello debía irse. Así como su doble mentón, vanidad que registró a sus 26, luego de ver una fotografía de su segundo matrimonio. ¿Adicción? “¡Absolutamente!”, confiesa. “Al fin y al cabo, ¿por qué vivir con un caparazón que no nos gusta cuando no tenemos que hacerlo?”

 

EMPEZAR DESDE CERO

Sin dinero, con un rostro desfigurado y sin títulos académicos, la vida de Sarah parecía desmoronarse. “Es fácil, desde fuera, decir: ¡Vete, déjalo!… pero, ¿ir a dónde? ¿Con qué? No tenía dinero en ese tiempo, ni trabajo, y sin belleza mis opciones eran limitadas. Pero tenía un plan: conseguir una nueva vida, lejos de la miseria”. Cueste lo que le cueste.

No contenta con su apariencia, Sarah buscó a los mejores cirujanos (para ser más exactos, de la calle Harley, en Londres), para hacerles una astuta propuesta de negocio: sería su conejillo de indias a cambio de un buen trabajo. “Les dije: arréglenme el rostro, devuélvame la belleza y tomen eso como referencia a próximos clientes. Pero, por ley, a los cirujanos no se le permitía hacer publicidad con ello. Muchas puertas se cerraron”. Pero Sarah estaba determinada.

Así que, “eventualmente me acosté con alguno de ellos, y así los más reconocidos, poco a poco, año por año, me fueron devolviendo mi antiguo aspecto. Seis años después tomé el control de mi vida y obtuve mi cara de vuelta. Fui a una escuela de estética y me capacité como enfermera, poco antes de abrir mi propia consultora de cirugía cosmética. Me convertí en la profesional que siempre estuve destinada a ser”.

 

EL PRECIO DE LA FAMA

Perra. Estúpida. Vanidosa. Son algunos de los apodos que ha recibido por su pasado. Además de otros, según ella, por manipulados episodios que van desde poner a su hija Poppy, de ocho años, en clases de pole dance hasta regalarle vales para sesiones de botox. “La prensa es brutal, pero si quieren editar y escribir cosas sin sentido, adelante. Les sigo el juego. ¿En serio creen que quiero que mi hija se convierta en una bailarina de tubo? Por Dios, es más talentosa que eso”, nos aclara La Barbie humana.

Con 54 años, Sarah no podía pasar un largo ciclo sin acaparar la atención de la gente y los flashes, como lo hacía en épocas de Playboy. Hace tres años, la rubia asistió al programa de televisión del reconocido periodista de la CNN Anderson Cooper, para explicar el porqué de sus 150 cirugías y los vales de aumento de pechos y liposucción para su hija menor. Anderson la acusó de “repugnante”, y la obligó a salir del set en vivo.

El diario británico The Mirror la llamó La Barbie humana y otros “mujer siniestra”. Incluso, estuvo en tela de juicio su tutela como madre, al cuestionarse la seguridad de Poppy. Sarah niega cualquier desequilibrio mental y afronta la fama ganada con humildad y perfil de víctima.

“No hay que ser Einstein para saber la verdad. El malentendido con los vales de cirugías es algo que se salió de control. Uno de mis ingresos es ofrecer un servicio de recomendación para los líderes de cirugía plástica en el mundo, a cambio de cirugía gratuita para quienes no pueden costearla o de vales cosméticos con un valor que oscila entre 10 mil y 40 mil dólares. ¡Son bonos de inversión!”, argumenta la ex conejita durante la entrevista.

Asegura parecer tonta, pero tener el cerebro de un profesor. “Es así como mis herederos ya tienen gran cantidad de dinero en el banco. Con el último vale, Poppy se compró un caballo. La intención es cambiar estos vales por dinero que beneficie a mis hijos de la manera en que los haga felices, no necesariamente haciéndose cirugía, esa no fue mi intención. Si quisieran hacerlo, adelante”. Curiosamente, Sarah me confiesa que Poppy quiere convertirse en cirujana plástica cuando crezca y vender esos vales para pagarse la Universidad. Sí, quizá no sea la madre que algunos quisieran tener. Pero a Sarah no le importa. Ella está segura que hace el mejor de los trabajos con sus tres hijas.

“Mis hijas son conscientes de cómo se ven y cuidan de sí mismas. Se trata de tener conocimiento de la belleza. Mi hija menor, Poppy, me ayuda con las campañas de violencia doméstica. Es una niña muy solidaria, trabajamos junto a una organización benéfica que lleva charlas de violencia doméstica a las escuelas para que los niños conozcan las señales de advertencia”. Y ante cualquier duda o señalamiento al respecto, advierte: “La gente solo teme lo que no entiende. No soy solo un par de senos grandes y cabello rubio, hay algo más que eso en mí”.

 

 

NO LA JUZGUEN

Mentiras o verdades a medias, Sarah se enorgullece y es consciente del provecho que ha sacado gracias a su intempestiva y escandalosa fama. “Me transformé en una marca y tengo varios ingresos por ser La Barbie humana. Soy afortunada de poder viajar por el mundo, de estar en una posición en la que puedo ayudar a quienes me necesiten, lo que me abre una puerta de oportunidades que nunca soñé o creí que pudieran ser posibles si me convertía en una mujer trofeo”.

Entre sus logros destaca el ser autora de su autobiografía: The Half million pound girl y de la novela erótica Fuck it, fear it; donde crea al personaje de Madame Pink. Una colegiala que se vende como dama de compañía a hombres millonarios y de poder como Hugh Hefner, dueño de Playboy. Otros romances en el libro incluyen al actor Telly Savalas y al futbolista irlandés George Best. Y cómo obviar de la lista de sus libros a The Mr. Boo and Nik Nak Adventures, cuento infantil de aventuras inspirado en su hija Poppy.

Por si aquello fuera poco insólito, Sarah tiene su propio reality show en su canal de YouTube The Sarah Burge, en el que —como consultora estética— reconstruye la vida de gente afectada por actos de violencia, pagándoles sus cirugías a cambio de contar sus dramáticas historias antes y después de cada operación. “Ellos creen en mi profesionalismo y experiencia. No hacemos cirugías a mujeres vanidosas que buscan una nariz perfecta o grandes senos, sino a gente que en verdad lo necesita. La gente dice que la belleza está en el interior, pero cuando ves un reflejo ajeno a ti, no eres feliz y eso se vuelve un constante recordatorio de la tormenta que llevas por dentro”, nos aclara Burge.

 

 

RECUADRO

¿QUÉ HAY DE MALO EN ESO?

La bandeja de entrada de la cuenta de correo de Sarah Burge suma más de 32 mil correos de auxilio de hombres y mujeres que piden ayuda estética para salir en su reality show. A ellos, Sarah les promete no dejará el bisturí si no es cuando muera. Una obsesión que Tony, su tercer esposo desde hace ocho años, apoya gustoso. “Mis cirugías son parte de mí, de lo que soy. Por más que él quisiera cambiarme, no podría. He logrado una carrera muy exitosa en el mundo de la cosmética, y ayudo a otros gracias a ello. ¿Qué hay de malo con eso?”, enfatiza La Barbie humana. Una mujer que conoce el negocio y pese a los escándalos sigue su camino, hoy, con un amor más sano y tres hijas. El show debe continuar. Después de todo, me dice: “Sé lo que es verse fea y lo que es verse bella, y estoy más que segura que sé lo que las personas en general elegirían, si fueran en realidad honestas”.