Jesús León Santos: “Somos un pedacito de tierra afortunado”

Junto a 15 campesinos, el mexicano ganador del “Premio Ambiental Goldman, considerado el “Nobel de ecología”, fue quien reforestó la Mixteca Alta de Oaxaca.

El suelo árido, desgastado, casi sin vida de la “Tierra del Sol” expulsaba a sus hijos. Sin agua, con pocas posibilidades de sembrar y con un paisaje duro, hombres y mujeres de la Mixteca Alta, en Oaxaca, preferían irse a probar suerte a otras ciudades. Jesús León Santos tenía 18 años de edad cuando decidió quedarse en su pueblo San Isidro, cerca del municipio de Tilantongo, y trabajar para revivir la tierra.

Junto a otros 15 campesinos, recibió capacitación de un grupo de promotores guatemaltecos que le enseñaron técnicas precolombinas para nutrir la tierra y transformar sus parcelas erosionadas en zonas de cultivo llenas de árboles.

“Somos un lugarcito bastante afortunado”, dice Jesús y relata cómo hace casi 32 años dejaron de sembrar maíz y frijol para reforestar la zona noroeste oaxaqueña. El proceso no fue fácil, había que convencer a más familias para que funcionara, para que más allá de hacer un cambio en el paisaje, también hubiera un cambio en la calidad de sus cultivos y, por supuesto, en sus vidas.

“Muchas veces queremos que la gente haga lo que nosotros no hacemos”, dice Jesús, y agrega que para convencer a otros tuvieron que empezar ellos mismos, “mis compañeros y yo comenzamos a sembrar árboles en nuestras parcelas para que poco a poco se vieran los cambios”.

El suelo pobre y seco de esas primeras 15 parcelas comenzó a cambiar de color conforme los árboles crecían, el paisaje se reverdeció y en aquellos espacios degradados se pudieron sembrar hortalizas y semillas.

Fue un efecto dominó. A partir de 1985 los pobladores de los ranchos cercanos a Tilantongo comenzaron a seguir los pasos de ese primer grupo de campesinos.

Se cavaron zanjas que ayudaron a retener la poca agua de lluvia que caía, sembraron árboles en pequeños viveros, hicieron abono y anualmente durante 19 años plantaron unos 60,000 árboles de especies -nativas que tienen la capacidad de resistir el calor- en 12 municipios de la Mixteca Alta.

Para darle seguimiento al proyecto, Jesús León creó el Centro de Desarrollo Integral Campesino de la Mixteca (Cedicam) junto a esos primeros 15 compañeros iniciadores. Hoy, él y su equipo, conformado por Abelino Celis, Maribel López, Eleazar García y Pedro Velasco, enseña a campesinos de las comunidades vecinas sobre producción sostenible de alimentos, manejo de recursos naturales, cosecha de lluvia, entre otras prácticas de desarrollo sustentable.

Desde 2004 no plantan más árboles; cuando llegaron programas institucionales como Proárbol, de la Comisión Nacional Forestal (Conafor), enfocaron sus esfuerzos en la seguridad alimentaria local en la que se promueve el uso de semillas locales, cosecha de agua de lluvia y conservación de suelos. Su trabajo y esfuerzo le valió en 2008 el Premio Ambiental Goldman, considerado el “Nobel de ecología”.

“Trabajamos bastante para fomentar el uso de semillas nativas”, dice Jesús y agrega que “mucha gente cree que la producción tendría que ser con semillas mejoradas, pero esas requieren condiciones adecuadas para poder desarrollar, nosotros no tenemos eso en nuestro territorio, tenemos suelos pobres, erosionados, bajos en materia orgánica, escasez de lluvia, de ahí la importancia de las semillas locales”.

Otros aspectos en los que trabajan con las comunidades es en la conservación de suelos y la cosecha de agua de lluvia para enfrentar el enemigo más grande de la región: la erosión.

Para esto, promueven el uso de abonos orgánicos que ayudan a mejorar el suelo y el aprovechamiento de la poca agua que cae para poder enfrentar las épocas de sequía, “(el agua) se aprovecha para producción de hortalizas de traspatio, que la gente pueda producirlas aún en condiciones adversas”.

Este 2016, Jesús León y su equipo cumplirán 32 años de trabajar por ese “pedacito de tierra afortunado” de Oaxaca, en donde el suelo se hizo fuerte y amable para sus pobladores, los manantiales y acuíferos se recuperan, y las personas se hicieron conscientes de la necesidad del respeto al ecosistema.