Kiev, después de las barricadas

Tras meses de inestabilidad política, la capital de Ucrania recuperó la paz y el visitante puede disfrutar de nuevo sus cúpulas doradas, sus edificios modernistas y sus frondosos bulevares.

Kiev

"El enemigo aún está a las puertas", asegura Boris, librero de profesión y kievita de cuarta generación, para justificar la presencia de imponentes barricadas reforzadas con nieve y neumáticos.

Uno se puede topar, tanto con aprendices de revolucionario, como con cosacos de largos bigotes y ataviados con gorros de piel de oveja y casacas, y comprar latas con aire del Maidán (plaza), una mercadotecnia puramente ucraniana.

Pero ya apenas quedan huellas de la batalla. El adoquinado del centro de la capital ucraniana ya no está ennegrecido por los cócteles molotov, sino limpio como una patena por las primeras lluvias primaverales.

A decir verdad, las protestas antigubernamentales que estallaron en noviembre y concluyeron a finales de febrero redujeron el número de viajes organizados, según las agencias turísticas.

Kiev, ciudad con más de mil 500 años de historia y capital del primer reino eslavo oriental (Rus), solo es superada en Europa Oriental por las metrópolis imperiales (Praga, Budapest y San Petersburgo).

Patria chica de grandes escritores como Gógol, Bulgákov y Ajmátova, en Kiev todos los caminos llevan a la avenida Kreschátik, un homenaje al modernismo y, en menor medida, al constructivismo soviético.

Los fines de semana este bulevar cierra el paso a los coches y se convierte en peatonal, lo que la convierte en el lugar ideal para un paseo, una cena y una tarde de compras.

En el mercado de abastos de Besarabia se pueden probar los manjares locales, desde el famosísimo "borsch" (sopa de betabel), al "salo" (tocino ucraniano), los "varéniki" (bollitos de masa rellenos) y la "gorilka", el vodka local.

El invierno no es la mejor época para visitar Kiev, pero, a partir de la primavera, florece la hilera de castaños que flanquea el bulevar, una de las señas de identidad de la ciudad.

Tras recorrer dos tercios de la avenida uno se tropieza con la plaza de la Independencia (Nezalezhnosti), donde tuvo lugar la Revolución Naranja, movimiento de protesta pacífico que cautivó al mundo a finales de 2004, y ahora acoge el Euromaidán.

En 2001 fue retirado el gigantesco monumento de Lenin tallado en roca y, en su lugar, fue erigida una gran columna con una mujer en su cumbre, símbolo de la recién conquistada independencia ucraniana.

A diferencia de Moscú, Kiev tiene ya poco de soviética, de no ser por algunos edificios institucionales, como el antiguo Museo de Lenin, recién tomado por la oposición, o la gigantesca estatua de titanio de 62 metros de altura de la Mat Ródina (La madre patria), el mejor ejemplo de realismo socialista.

Aunque existe el metro, lo ideal es desplazarse por la superficie, bien sea en trolebús, tranvía o a pie. Kiev es también conocida, y con razón, como la capital de las cúpulas doradas, ya que uno solo tiene que levantar la vista para avistar iglesias ortodoxas por doquier.

Los famosos monasterios

Pechórskaya Lavra, el monasterio más antiguo de Europa del Este, es famoso por su red de túneles subterráneos o catacumbas, donde residían y oraban los monjes que llegaron a la ciudad hace casi mil años, y que albergan criptas, celdas, pequeñas capillas con iconos y una necrópolis de santos ortodoxos.

Además, las cúpulas de Mijáilovski Sobor (La Basílica de San Miguel) iluminan toda la ciudad, pero la joya es la Catedral de Santa Sofía, construida hace casi mil años al estilo bizantino.

El templo, que alberga una de las mayores colecciones del mundo de mosaicos hechos por maestros bizantinos en el siglo XI y una espectacular tumba de mármol blanco de Yaroslav el Sabio, recuerda por su interior a Hagia Sofia de Estambul.

La excepción es la gótica y católica Catedral de San Nicolás. "No hay en el mundo ciudad más bonita que Kiev", dijo en su tiempo el escritor Mijaíl Bulgákov, autor de una de las novelas rusas más famosas del siglo XX (El Maestro y Margarita).

El rastro del literato oriundo de Kiev nos lleva hasta la Cuesta de Andrés (Andréyevskiy Spusk), uno de los lugares más pintorescos de la capital ucraniana. Literalmente esta calle-museo es una cuesta empedrada en la que los pintores y artesanos locales exponen sus obras de arte y regalos para turistas, que recuerdan los tiempos de la bohemia del siglo XIX.

Entre otros tesoros, alberga la iglesia de Andrés, construida por encargo de Catalina la Grande y que es una maravilla cuando la iluminan al caer la noche; y la famosa nariz y el ondulado bigote de Bulgákov, escultura de bronce pegada a una de las paredes que es buscada, tocada y fotografiada por uno de cada tres turistas que visitan la ciudad.

Kiev es serpenteada por muchos ríos, aunque ninguno como el Dniéper, parte de la conciencia colectiva ucraniana, como el Volga para los rusos, y que parte la ciudad en dos.

Las mejores vistas de la urbe están en la Colina de Vladímir, que incluye una estatua del príncipe y santo del mismo nombre con una cruz, ya que fue él quien convirtió a Rus al cristianismo.

Finalmente, si uno se anima a salir de Kiev, siempre puede girar al Este y visitar Odessa, una preciosa ciudad bañada por el mar Negro fundada por el almirante español José de Ribas, o al Oeste hasta llegar a Lvov, que conserva magníficamente su pasado polaco y austro-húngaro.

TIP

El 22 de febrero, el Parlamento de Ucrania destituyó al presidente Viktor Yanukóvich. Sin embargo, el adoquinado del centro de la capital ya no está ennegrecido por los cócteles molotov ni hay barricadas.