"Casados en su cumpleaños, divorciados en el mío"

Queremos que encuentres a tu media naraja, comparte tus historias de desamor y MILENIO te ayudará regalándote una membresía de Seis Grados.
"Yo necesitaba crecer. Eso, al final, fue lo que nos separó".
"Yo necesitaba crecer. Eso, al final, fue lo que nos separó". (Shutterstock)

Ciudad de México

En MILENIO estamos celebrando el 14 de febrero por todo lo alto, por eso estamos regalando dos membresías Seis Grados, un servicio especializado para ampliar los círculos sociales de sus socios, y que de esta manera puedan conocer a personas con un estilo de vida similar y con quienes puedan comenzar una relación sentimental. Puedes consultar las bases aquí.

La conocí en el CCH a los 15 años y nos casamos a los 19. Aunque ella siempre tenía novio, yo la contemplaba todo el tiempo. Un día nos empezamos a hablar en una clase de dos horas que tomábamos juntos, de ahí empecé a sentarme a su lado. El profesor nos sacaba porque nos la pasábamos platicando. Nos daba galletas Honey Bran y decía: váyanse 40 minutos a pensar en lo que hicieron. Así trascurrieron semanas entre galletas y su voz. Un día, ¡Pum! La besé. Ahí empezó nuestra historia. Nunca parábamos. Ella me buscaba. Hablábamos de Biología y de las células. Después la invité a patinar, pero en lugar de eso fuimos al Museo de Frida y a comer pizza en Plaza Coyoacán. Como no teníamos auto, caminábamos mucho y platicábamos en esos trayectos.

Empezamos a tener sexo antes de que terminara con su novio y él, un día, desapareció. No nos pareció raro porque a veces bebía mucho, pero al cuarto día lo encontraron muerto. La noticia nos llegó mientras nos besábamos tirados en el suelo de un salón. Paramos seis largos meses en los que sólo fui su amigo. Conseguí una novia, pero ella y yo hablábamos por teléfono diario. Un día fue ella quien me besó. Dejé todo y fuimos novios por primera vez.  

Cuando yo la conocí, su mamá tenía pocos meses que había fallecido, por lo que la idea de la muerte era algo que salía constantemente en nuestras conversaciones. Terminamos la escuela y entramos a la universidad. Fue una gran época. Tomábamos clases de baile juntos, veíamos películas y lo hacíamos como adolescentes. Luego me cambié de carrera a Ciudad Universitaria y ella me dijo que teníamos que casarnos.

Firmamos las actas de matrimonio el día de su cumpleaños. Ella era gimnasta, yo estudiaba economía. Dejé la escuela seis meses y ella también.  Pedía mucho, pero también daba mucho. Empezamos a vivir juntos. Prometimos ser sinceros, pero fue feo. Ella había estado con diez hombres mientras éramos novios… yo con menos mujeres. A los cinco meses, tronó todo. Nos drogábamos y peleábamos todo el tiempo, así que cada quien regresó a su casa.

Nunca dejamos de vernos. Las noches las usábamos para estar juntos. Yo robaba el auto de mi mamá y ella se escapaba de su casa sin hacer ruido. Hasta que su papá nos descubrió. Nos regañó, pero dos meses después ya se había arrepentido. Para que nos reconciliáramos, nos mandó de luna de miel a la playa. Él era muy católico, así que nos dijo que nos fuéramos, nos arregláramos y, como premio, nos pagaría la boda por la iglesia.

Comenzamos a pelear porque yo salía con su mejor amiga y ella con uno mío. En ese vaivén ella se fue a París con su entrenador. Cuando regresó, no sé por qué, me habló para decirme: Te amo, hagamos esto bien. Esta vez vivimos juntos sólo un mes.

Viajamos a Veracruz. Yo puse fuegos artificiales en la playa y la hice sonreír como sólo yo sabía. De regreso, nos mudamos juntos otra vez. Esta vez duró del 1 al 28 de septiembre de ese año. Para octubre ya nos odiábamos. Esa época fue muy difícil para mí. Me puse a beber como idiota. Deje la escuela, no contestaba el celular, tomaba diario. Nos divorciamos el día de mi cumpleaños.

Yo necesitaba crecer. Eso, al final, fue lo que nos separó. La última vez que la vi le dije que padecía de un problema, porque mi novia se había embarazado y ella nunca quedó encinta, a pesar de que no usábamos anticonceptivos, ni una sola vez. Eso le dolió mucho. Se enojó. Sus ojos se enrojecieron y se fue. No volví a hablar con ella.

Ahora pienso que sí se puede compartir todo con alguien, incluso hacer equipo y ser feliz, pero también que eventualmente algo cambia porque no somos estáticos, maduramos y vamos deseando otras cosas. Nos faltaba crecer y aceptar que ya se había acabado. Aprendí que no hay que regresar a esos refugios que ya se te han caído encima varias veces, no regresar a ella.