Coronas en apuros

Las coronas se encuentran en apuros ya que ahora padecen la miseria que sufren sus súbditos.
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Multimedia (AFP)

Ciudad de México

El horno no está para bollos. Los tiempos parecen difíciles para todos. Encumbradas en su glamour y sus desplantes, las coronas europeas lucen en estos días también un poco abolladas. Habituadas a los jolgorios fastuosos, los viajes eternos y los gastos sin límite para codearse con sus similares, padecen ahora algo semejante a la miseria que sufren sus súbditos. Pobrecitos.

Antes eran negocio, espectáculo turístico, referencia en la moda. Ahora viven apenas. Por ejemplo, Alberto de Bélgica, que abdicó hace poco a favor de su hijo, le anda pidiendo en estos días al gobierno que le ayude con los gastos de su castillo y le eche la mano para pagar la gasolina de su yate. Se queja de que no le alcanzan para nada los poco más de 923 mil euros anuales que recibe, y añora su antiguo sueldo de más de 11 millones como monarca. Aunque dijo que estaba muy deprimido por sus miserias, el gobierno no le autorizó ni un centavo de aumento.

Otra que se las ve negras en estos días es la reina Isabel II de Inglaterra, a pesar de su fama de tacaña. Parece que se sienta a suspirar cuando llueve mientras mira a los sirvientes correr de un lado a otro con cubetas para recoger el agua de las goteras en su palacio de Buckingham. Otros pelean a muerte contra las humedades, que trepan por los muros mientras las cañerías y las calderas reales agonizan entre incontrolables chisguetes por falta de mantenimiento.

Pero el colmo de las desgracias de la familia real británica no radica en el hecho de que sus finanzas están en números rojos, sino en el mensaje que le ha hecho llegar hace poco el gobierno diciéndole que si quiere salir de pobre tiene que poner algo de su parte. Para empezar, le han concedido un aumento de 5 por ciento, pero le han pedido también que reduzca sus gastos y aumente sus ingresos de modo que pueda equilibrar su presupuesto y asumir su nómina de mil 200 empleados.

La salida que halló la reina para enfrentar las carencias presupuestales desconcertó a muchos en algún momento. Les pareció tal vez una exageración ver al príncipe Guillermo cantando a dúo con Bon Jovi en el curso de una concurrida fiesta de gala en el palacio de Kensington, evento que ingresó una buena suma a las arcas reales.

La idea no parece mala, considerando que se trata de personas que no están muy habituadas a trabajar por su cuenta, ni a hacer negocios en situación de sobrevivencia. De hecho, la corona británica obtuvo ingresos por casi 10 millones de euros el año pasado con su estrategia de rentar sus propiedades, incluido el húmedo y legendario palacio de Buckingham, para la celebración de fiestas, comidas de negocios, pasarelas de modas y conciertos. Las tarifas incluyen la presencia de algún integrante de la familia real y de alguna celebridad para contagiar su glamour al suceso.

En espera de mejores tiempos, la nobleza habrá aprendido una dura lección: sabe ahora lo que cuesta ganar el dinero.


*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa