El “más pobre del mundo” con un Corazón de León

El mandatario uruguayo, conocido por tener una vida enmarcada en la  sobriedad, será condecorado hoy por la Universidad de Guadalajara por su lucha para construir un mejor país.
José Mujica, presidente de Uruguay, decidido impulsor de la legalización de la mariguana
José Mujica, presidente de Uruguay. (EFE)

Guadalajara

En los ojos de Pepe, como el mundo entero llama a José Alberto Mujica Cordano, hay un sinfín de recuerdos, unos muy dolorosos provocados por la opresión y tortura de las que fue víctima durante la dictadura de 1973 a 1985, y otros que están llenos de esperanza para la humanidad.

En reconocimiento a su lucha por construir un mejor país, recibirá hoy el galardón Corazón de León, por parte de la Universidad de Guadalajara, en el Auditorio Salvador Allende, del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades (CUCSH).

El actual presidente de Uruguay, ese que nos parece tan singular porque lo mismo le da ir en sandalias a una reunión oficial que no usar corbata como marcan los protocolos, nació el 20 de mayo de 1935 en Paso de la Arena, Montevideo, en el seno de una familia de ascendencia vasca. Desde los tres años quedó huérfano de padre y junto con su madre y hermana, para poder lograr el sustento, se dedicó al cultivo y venta de flores, actividad que mantiene pese a contar con la investidura presidencial.

Su pasado político está ligado a una férrea lucha social desde la clandestinidad, formó parte del Movimiento de Liberación Nacional- Tupamaros, fue un activo guerrillero durante los años de la dictadura cívico-militar, pasó 15 años preso y brutalmente torturado. Fue uno de los nueve rehenes trasladados continuamente por diferentes prisiones militares de Uruguay y estuvo incomunicado durante años –inventando un sistema de golpes con los nudillos en la pared, para poder comunicarse con sus compañeros–. Durante el tiempo que estuvo encarcelado fue obligado a vivir en un aljibe y a no tener contacto con otras personas, a no poder leer o ver la luz durante tiempos prolongados. Mujica recuperó su libertad al decretarse una ley de amnistía de delitos políticos, comunes y militares en 1985.

Las convicciones de lograr una lucha social llevaron a los tupamaros a fundar el Movimiento de Participación Popular en 1989, formando parte del Frente Amplio, una coalición de partidos de izquierda en donde se dio lugar a todas las expresiones políticas, como el socialismo, comunismo, socialdemócrata, entre otros.

 

El primer cargo de elección popular que ocupó Pepe fue en 1994, cuando obtuvo una diputación y posteriormente, en 1999, llegó al Senado, ya desde entonces marcando su particular estilo al llegar al recinto legislativo conduciendo una motocicleta.

 

En el 2002, Uruguay se vio inmerso en la crisis económica más grande de la historia contemporánea de ese país, la cual fue provocada por el desfalco bancario, además de las políticas neoliberales y hasta un brote de fiebre aftosa. El cambio de rumbo era más que imperante y fue entonces que en 2005, Tabaré Vázquez llegó a la presidencia del país y nombra a Mujica titular del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca. La izquierda había llegado al poder para empezar la transformación. La misión era clara, tener un país más justo, más equitativo y con mayor igualdad social.

La gestión de Vázquez, con la recuperación económica, aunado al carisma de Pepe como candidato único para las elecciones del 2010, le permitieron al Frente Amplio ganar nuevamente las votaciones, pero en esta ocasión, Uruguay se colocaría en los reflectores internacionales por las singularidades de su presidente.

Pepe no es un político común dentro del imaginario colectivo, cree firmemente que quienes ejercen el poder desde la legitimidad de las urnas deben vivir como la mayoría, pues a esos representa, además, a quienes les interesa el dinero, “hay que correrlos de la política, son un peligro”. Mujica define a la política como “la lucha por la felicidad de todos” por eso se dedica a ella.

 

La prensa internacional se ha fascinado con llamarlo “el presidente más pobre del mundo”, frase que ha rechazado en múltiples ocasiones, explicando que su modo de vida está enmarcado en la sobriedad, en tener lo justo para no perder tiempo cuidando objetos que le roben la libertad de hacer lo que le gusta. A final de cuentas, el viaje de la vida tiene que ser ligero.

Su sueldo como presidente es donado casi en la totalidad al Plan Juntos, un proyecto donde voluntarios e integrantes de la comunidad construyen sus propias viviendas en barrios carenciados.

La imagen obligada en una entrevista que no sea para un medio uruguayo es Pepe dando una charla en la chacra –la granja en donde vive junto con su esposa, compañera de lucha y senadora, Lucía Topolansky – merodeándolo Manuela, su perrita de tres patas, como si causara sorpresa que un presidente reciba en su casa a un periodista.

En las imágenes de televisión se le ve reflexivo y con una sonrisa, como tratando de entender la sorpresa que le genera a los demás que el automóvil que conduce sea un modelo 1987, “¿qué es lo que le llama la atención al mundo? ¿Qué vivo con poca cosa, una casa simple, que ando en un autito viejo, esas son las novedades? Entonces este mundo está loco porque le sorprende lo normal

Pepe es eso, un hombre normal, un hombre congruente con su ideología, pero sobre todo un político de conciencia tranquila.