Comercio sin frivolidades y por artículos necesarios

Durante 1917, La Laguna compraba lo indispensable para vivir, sin dejarse llevar por las novedades. La Opinión era foco de publicidad para los empresarios, que vendían toda clase de productos.
Los negocios tenían nombres que aludían a cosas finas y elegantes, muchos ponían de manifiesto su higiene.
Los negocios tenían nombres que aludían a cosas finas y elegantes, muchos ponían de manifiesto su higiene. (Cecilia Rojas)

Torreón, Coahuila

Al nacimiento de La Opinión, los tiempos eran muy buenos para el comercio local. En las páginas se anunciaban los mejores negocios, productos y servicios, todos de primerísima necesidad y pocos relativos a cuestiones de frivolidad.

Muy socorridos también los cigarros y se anunciaba la "Tabacalera Mexicana", con un señor gordito y mayor de dedo alzado.

Incluso las temporadas de fiesta, como diciembre de 1917, eran poco prolíficas en anuncios donde se dirigiera la compra de cosas con algún fin alternativo a la necesidad y para un gran número de personas que se desempeñaban en otras actividades económicas, siendo la mayor la agricultura.

Teníamos una diversidad racial y cultural muy rica, pues había varias oficinas consulares representantes de países fundadores.

Los negocios tenían nombres que aludían a cosas finas y elegantes, muchos ponían de manifiesto su higiene.

Ya existía organización entre los comerciantes, con la Cámara de Comercio que a través de nuestro diario invitaba a los integrantes a sus asambleas. Nombraron generosas comisiones para brindar ayuda al municipio.

También otras casas comerciales llevaban los nombres de sus dueños. La mayoría de estos lugares tenían alta diversidad en productos y en una visión muy moderna, desde palillos para los dientes hasta maquinaria agrícola se podía encontrar en los más surtidos.

"La Internacional" vendía y fabricaba "ropa hecha" y colchones, también tenía surtido de calzado y novedades; su dueño era Nicolás Abusamara.

Contra el frío, "La Francia Marítima" ofrecía un amplio surtido de abrigos de ultra moda para damas, niños, niñas.

Como siempre, una es más vanidosilla, ellos que se taparan con una zalea de borrego o lo que fuera.

Pero también había prendas finas de vestir para caballeros en este local, atendido por el señor F. Giraud.

Don Francisco Dingler tenía "La Papelería" y ofertaba algo novedoso: papel fotográfico. Eran muy pocos los que tenían uno de esos gloriosos aparatos.

Tomás Guerra Lozano ofrecía sus servicios como comerciante y despachaba en el otrora glorioso Hotel Francia.

El primer negocio donde había artículos para arreglo y adorno de carros, era "Montemayor y Cía", con surtido en timbres, compasillos para toldos, muelles, bujes y además, camas de patente.

Entre los servicios, venía para principios del 1918, la novedad de un Café Cantante, que iba a ser el primer centro de diversiones de esta naturaleza, en toda la región. Una verdadera delicia, por que iban a venir diversos espectáculos desde la capital. Cosa fina.

Por cierto que algunos dueños de negocios estaban enojados porque otros de sus compañeros no daban descanso dominical a sus trabajadores.

Necesarísimo, porque esas sí que eran buenas friegas y es una pena que la situación laboral de muchas personas, esté igual o peor, pero a cien años de distancia.