Para recordar a Rockdrigo en 2 de octubre

Después de frustrados intentos porque el homenaje se hiciera en septiembre, el destino encontró en el 2 de octubre y en El gran silencio motivación para conciencias.
Con agradecimiento a los asistentes Genoveva González mostró los recuerdos que guarda de Rockdrigo, como su guitarra.
Con agradecimiento a los asistentes Genoveva González mostró los recuerdos que guarda de Rockdrigo, como su guitarra. (ESPECIAL)

Tampico

Tláloc decidió los días y la hora: “el mensaje del Sacerdote Rupestre no tiene ni tiempo ni espacio…”, dicta el mensaje en facebook dentro de la página de Genoveva Guadalupe González. La reunión, como rito del recuerdo, del rencuentro, para cumplirse todo lo que se había previsto; la hora del apóstol del nopal, fue este pasado 1 y 2 de octubre.

Cerró como debía ser un 2 de octubre, para que no se olvide lo que no debe ser olvidado, y que como seres desmemoriados tendemos a ya no recordar; porque esta fecha fue de Rockdrigo; y el contexto: el canto y la trova anual de Enrique Esqueda en la Casa de la Cultura de Tampico. Sí, y del recuerdo de la matanza de familias y estudiantes en Tlatelolco 68, fue la tarde-noche del guerrero y poeta vidente Horacio Espinoza Altamirano; fue la acre, agostada y austera caminata de jóvenes hasta el centro de la ciudad, en la Plaza de Armas; grupos de izquierda, en recuerdo de la historia de sus padres, de los sobrevivientes, de sus guías, de sus familias y la represión, que no se deben olvidar.

“…Guadalupe Mayorga Mejía, desaparecido en 1968; Alfredo Díaz Palacios desparecido en 1973…”, el grito y poema leído por una de las integrantes del grupo a pie, versos precisamente de Espinosa Altamirano. Iban enumerando los nombres de algunos tamaulipecos desparecidos en aquellos tiempos, según lectura de los jóvenes y su manifiesto; algunos con capuchas y otros con el rostro desnudo. Mientras un grupo de personas, bajaba por una calle aledaña a la plaza. Una veintena, caminando rumbo a sus casas o cafés del centro. Salidos de Casa Gándara, de una reunión en recuerdo del luchador y bardo nacional, Horacio Espinoza Altamirano. Esta fue la fecha, y esos los recuerdos.

Pero la noche con Rockdrigo fue un encuentro con los amigos, la lira, la música y el aplauso; estuvo presente en cada una de las personas asistentes al evento, en los músicos que tocaron sus rolas, en los escuchas, en los objetos que guardaba celosamente la Veva y que pudo mostrar al primer y segundo día, sin poder evitar el hondo y profundo sentimiento de amor por su hermano.

Porque sí, la memoria es terca. Esa noche se brindó, fueron tardes y noches de rock, poesía, risas, aplausos celebrando la vida; recuerdos infinitos, la bohemia y allí, como mudo testigo, hierático, el instrumento del ritual de esas dos noches: la guitarra del Poeta Urbano. Y los objetos que fueron rescatados de aquel sismo que se llevó a tantos valiosos mexicanos (como en el sangriento sacrificio en Tlatelolco) y en el que habría de perecer Rockdrigo.

Hay muchas cosas que recordar y no olvidar en este país. Pero sobre todo, hay muchas cosas que aprender en este país, en el que nos ha tocado nacer. Más allá de la violencia y la intolerancia. Rescatar los grandes legados, de grandes creadores, antes que provocar la violencia sin sentido.