Liberar aceras y bajar el ruido, exigen ciegos

Para este sector de la población es difícil recorrer las banquetas cuando comercios bloquean con mercancía, y las bocinas aturden sus sentidos.
Negocios usan música para ambientar.
Contaminación ambiental -ruido excesivo de bocinas- otra de las afectaciones para los invidentes. (José Luis Tapia)

Zona Conurbada

El reclamo de los invidentes se basa principalmente en la búsqueda del respeto de la misma sociedad y que las autoridades gubernamentales, aunque sea por un momento, los volteen a ver, pues lo único que quieren es que su andar por la vida no sea violentado al bloquear las aceras, rampas y el ruido excesivo, proveniente sobre todo de bocinas en las tiendas.

José Eduardo Andrade Cruz, es invidente y por ello se desempeña como profesor de lectoescritura braille en la biblioteca municipal de Tampico. El joven de 32 años tiene una vida laboral activa pues tiene más de ocho años laborando en el DIF de Altamira y tres en Tampico.

Relata la odisea de llegar a su trabajo, el caminar por las principales calles de la ciudad y encontrarse con vendedores ambulantes. Cuenta que lo más difícil, para ellos, los débiles visuales y ciegos, es enfrentar el desarrollo de su sentido auditivo por las calles de la ciudad, el cual desorienta, lastima y contamina.

“Nosotros nos basamos en lo que escuchamos y cuando lo que escuchamos es pura música no te deja escuchar si viene carro y si hay alguien que te apoye pues qué padre, pero si no es así ahí batallas”, señaló.

El joven profesor no quiere una fiesta, un evento masivo como el que organizan los partidos políticos de esos que llenan escenarios hasta reventar; quiere que el 15 de octubre Día Internacional del Bastón Blanco ó “día de los ciegos” no pase desapercibido, y que se evidencie la problemática que dicho sector de la sociedad tiene que pasar diariamente.

“Lo triste aquí es que pocas autoridades conocen la existencia del día o no se les toma tanto en cuenta, ni las autoridades municipales, estatales y federales”, declaró.

Un recorrido realizado por MILENIO Tamaulipas en el primer cuadro de Tampico evidenció que no existe una regulación para el ruido excesivo que los negocios y la muestra está en la calle Díaz Mirón, misma que es peatonal y más que turística, “pareciera zona de competencia de estrategias comerciales y de quién tiene la música más alta”.

En la biblioteca de Tampico existen 500 libros de sistema braille, mientras que en Ciudad Madero y Altamira no se cuenta con esta herramienta, lo que evidencia la importancia que los gobiernos le dan a dicho sector de la población.

Para Israel Hernández García, un joven invidente de 29 años de edad quien desde hace 7 años se ha enfrentado a diversas dificultades y tropezones al caminar por las banquetas en la vía pública, quedó ciego luego de sufrir un accidente eléctrico mientras realizaba prácticas universitarias, refiere que debido a los múltiples obstáculos que existen sobre las banquetas de la ciudad, es más seguro por la calle.

Explicó que las banquetas, además de que se encuentran en mal estado, han sido invadidas por vendedores ambulantes, puestos de comida, anuncios que son instalados por los comercios y enormes bocinas con volumen por arriba de los decibeles permitidos.

“Esto nos afecta mucho porque las personas con ceguera y debilidad visual dependen mucho del oído, el alto volumen no permite que cuando cruzamos una calle escuchemos el motor del coche, las bicicletas, hemos pedido que se modere, sabemos que existe un reglamento municipal para la protección y control de la calidad ambiental que marca los decibeles autorizados y que no se respeta”.

Israel realiza una labor como profesor en la lecto-escritura braille, en el DIF de Ciudad Madero, donde imparte clases de computación adaptada y el uso de internet a 10 personas ciegas, niños desde 4 años y adultos de 46 años que por diversas razones de salud perdieron la vista, como la diabetes, glaucoma y ceguera por accidente, así como por nacimiento prematuro.

A pesar de que el bastón blanco, que es elaborado en aluminio sencillo y ordinario fue fabricado a nivel internacional, pues lleva una franja roja reflejante lo que indica que quien lo porta es una persona con problemas visuales, aunque si lleva dos franjas rojas en cada eslabón se trata de una persona con problemas visuales y auditivos, en la zona sur de Tamaulipas es difícil conseguir un bastón blanco, por tanto señaló que se solicitan al Distrito Federal o al estado de Nuevo León.

“Se mandan a pedir fuera de la ciudad porque los que se venden aquí son bastones muy delgados y de mala calidad, los pedimos a México o Monterrey y tienen un valor aproximado entre 250 a 400 pesos”.

Por otro lado, Jorge Omar Badillo, o “El Pantera” como lo conocen mejor en Altamira no siempre fue ciego, pues a los 20 años perdió la vista después de un derrame cerebral; hace 15 años de eso, y hoy se mueve sólo por toda la ciudad.

Para él un perro entrenado no es opción, pues nunca ha podido conseguir un trabajo estable, se mantiene del auto empleo, “ya mero no me mantengo solo, menos al perro que requiere de una atención especial”.

Hace escobas, teje plumas y toca la guitarra en fiestas, instrumento que aprendió a tocar cuando ya había perdido la vista. Está parado sobre el Boulevard Allende, iba a Infonavit pero tendrá que caminar, las combis de la ruta no lo quieren llevar, argumentan que es peligroso pues anda solo.

Cruza el Boulevard y con su bastón toca el primer puesto ambulante instalado por la banqueta, es un puesto de revistas que logra esquivar cuando el vendedor le avisa que hay un montón de periódicos sobre la banqueta.

La genta pasa, lo rosa, lo empuja, nadie se fija que camina lento porque es ciego, y porque la instalación de por lo menos unos 20 puestos por la calle Hidalgo, principal de la zona centro de Altamira, no le ha permitido estudiar bien las sinuosas banquetas que no tienen rampa.

“Lo peor es cuando amarran lonas, me he lastimado la cara cuando choco con los mecates, me es muy difícil estudiar esta calle que es la principal, a veces prefiero bajar de la banqueta, pero puras mentadas de madre me llevo, no entiendo que me bajo porque es muy difícil y ya me he caído”.

Sigue avanzando y decide bajarse de la banqueta, pero resulta igual, pues los ambulantes también han decidido invadir la calle, y entonces los carros empiezan a sonar sus claxon, el ruido lo alerta, pero sobre todo lo estresa. Cruza la calle y nadie lo ayuda, “es como todo, hay gente que te ayuda y otra que piensa que no estás ciego, te insultan, te entre llevan, te golpean, quítate pinche ciego, bueno nunca paso inadvertido”.

Llega a la plaza y aún le falta por lo menos media hora de camino, sin embargo decide enfrentar la adversidad, qué importan los insultos cuando se trata de vender sus manualidades. Sabe que existe una ley que los protegen pero no se ejerce, la ciudad no contiene las especificaciones que marca la disposición.

Los gobiernos hacen ferias para emplear discapacitados pero a los ciegos siempre les ofrecen ventas, “ya le hice a eso y no deja para mantener una casa, creo que podríamos ser recepcionistas e incluso ayudar a otras personas con discapacidad a valerse por sí mismas si hubiera una área en gobierno para ello”.