Sobremesa
La hora del lobo
Trascendió
Días extraños
Efecto espejo
Los conjurados
 
    
 
   

La mirada melancólica
por Federico Campbell


Dice Álex Grijelmo que las palabras son los embriones de las ideas, la estructura de las razones, el germen del pensamiento, pero que su contenido excede la definición oficial de los diccionarios.

Como toda palabra, la melancolía tiene su historia en el sentido en que Michel Foucault y José Gaos hablaban de la historia de las ideas, la historia de la locura, la historia de nuestra idea del mundo. La progresión histórica y nuestra biografía personal -nuestra lectura en diversas edades de la vida- van cargando de contenido a las palabras o transformando su sentido. La melancolía, pues, es el nombre clásico de la depresión.

En la Argentina y a través de la red (www.edupsi.com/depresion, o bien, seminarios@edupsi.com), el doctor Gerardo Herreros dicta un seminario sobre la depresión, que es accesible para toda la gente interesada o necesitada de saber y no sólo para los especialistas. Su curso es sobre todo una historia de este malestar tan antiguo como vigente.

Hay una percepción -o mejor: una intuición- de los griegos cuando consideraban que no había un divorcio entre el alma y el cuerpo. De alguna manera barruntaban, como en las neurociencias modernas, que los fluidos del cerebro -entre los diversos humores o sustancias del cuerpo: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra- algo que desde el punto de vista hipocrático reconocían como melancolía. Creían entender que la salud era efecto de un equilibrio entre los humores y las sustancias y que la melancolía correspondía a la "bilis negra". (Melancolía como se dice melanoma o Melanesia. La misma raíz, mela: negra.)

Areteo de Capadocia decía que "los melancólicos son inquietos, tristes, desanimados, insomnes, son presas del terror si la afección hace progresos. Se ponen flacos por su agitación y llegan a perder el sueño vivificante". Y esto lo escribía, en una descripción que no difiere de la actual, en el primer siglo de nuestra era.

Si hay algo en común entre la neurología y la literatura es que ambas trabajan con los problemas y los matices de la percepción. Fernando Pessoa y Ernesto Sábato, nos comenta Juan Litmanovich, promueven un mundo sombrío y escriben desde el corazón y el sufrimiento. "¿Qué es lo que opera en algunos escritores, poetas, para soportar el embudo del vacío, su imán, la seducción del barranco de la muerte?", dice Litmanovich (autor del muy reciente Cuando el archivo se hace acto).

"Pesimista no lo soy. Dichosos los que consiguen traducir a lo universal su sufrimiento. Creo que la vida es medio luz y medio sombra. No me quejo del horror de la vida. Me quejo del horror de la mía", escribe el poeta portugués.

Ernesto Sábato tuvo una infancia desgraciada. Su educación fue muy severa y sufrió mucho: "Fui sonámbulo durante muchos años y tenía alucinaciones". En El túnel y en Sobre héroes y tumbas se siente el tono melancólico de alguien que, de no escribir, se hubiera suicidado.

Una atmósfera, una mirada, una cierta vibración de la voz en tono menor, están en el narrador dipsómano de "Luvina", el cuento de Juan Rulfo. Y Juan Preciado, el ubicuo personaje que lleva la voz narrativa en Pedro Páramo, describe su propia muerte y el estado de pánico -un miedo retrasado- que la antecedió.

¿Y cuál otro podría ser el tono de León Tolstoi en La muerte de Iván Ilich que aspira a hacer de la muerte una experiencia narrativa?

No hace mucho apareció publicado por la UNAM La vocación condenada, del novelista y neurólogo Bruno Estañol. En un arco que puede ir desde Joseph Conrad al neurofisiólogo don Santiago Ramón y Cajal, el autor de El féretro de cristal y La barca de oro escribe sobre la memoria (Borges, Luria, Chejov, Lara Zavala) y reflexiona sobre la enfermedad, la creación literaria y la creatividad en la medicina. En su ensayo sobre Una oscuridad visible, el relato en que William Styron comparte su sobrevivencia de la depresión, Bruno Estañol traduce inmejorablemente el momento en que nos puede azotar la desgracia y habla incluso del caso de una depresión enmascarada: el sujeto no sabe que está deprimido porque la depresión es ladina y equívoca. Estañol cree que la causa de la depresión de Styron es enigmática y que no se debió ni a un hipnótico ni al alcohol. "La gravedad de la enfermedad depresiva y la ausencia de un factor precipitante claro sugieren que Styron sufrió una depresión endógena." Es decir, su causa muy probablemente se debió a un trastorno bioquímico del cerebro.

En la historia trágica de la literatura suele recordarse el suicidio de Virginia Woolf, que en la última carta a su esposo le decía: "Querido. Estoy segura de que, de nuevo, me vuelvo loca. Creo que no puedo superar otra de aquellas terribles temporadas, No voy a recuperarme en esta ocasión. He empezado a oír voces y no me puedo concentrar."

Ilustración: Alejandro Espinosa

       
 
      

  Indice
  De portada
  Buzón
  Fronteras
  Cultura
  Tendencias
  Entrevistas
  Artículos
  Moneros