En zonas indígenas, una mujer vale tanto como 20 litros de licor

Afirma que “hace 25 o 30 años se daba mucho... las cambiaban por cualquier cosa”
Historia de María del Carmen Cruz, defensora de los derechos de niñas tepehuas (Sergio Villafuerte/Milenio Digital)

Pachuca

En comunidades indígenas de Hidalgo, que aún se rigen por usos y costumbres, una mujer puede valer lo mismo que una vaca o 20 litros de licor. En el mejor de los casos, una porción de tierra a cambio de unirse en matrimonio, sea o no su voluntad.

Aunque los casos han disminuido considerablemente en las últimas décadas, esta práctica persiste, a pesar de ser una violación a los derechos humanos y, a juicio de especialistas, una forma de trata de personas.

Desde los ocho años, María del Carmen Cruz es defensora de los derechos de las niñas tepehuas. En un lustro, ha recabado testimonios de mujeres que trataron de ser forzadas para juntarse con un hombre o intercambiadas por mercancía, tan sólo en la región de Acaxochitlán.

“Hace 25 o 30 años se daba mucho. A las mujeres las cambiaban por ganado, por bebida, por terrenos, por cualquier cosa, siempre sólo a las mujeres, a los hombre no.

“En ese entonces, las familias preferían tener sólo hijas porque era una gran riqueza el pedir algo por ellas. Si tenían un varón no, porque, por el contrario, ellos debían de dar a cambio”.

Vestida con el atuendo típico del indigenismo en la región otomí-tepehua, un quesquémetl tejido a mano y la falda negra tradicional, la menor afirma que es en las comunidades que están más dispersas donde se mantienen estas prácticas.

Ahí ha constatado abusos, como el intento de un padre por cambiar a su hija, de apenas ocho años, por 20 litros de aguardiente.

“Su papá la llevaba a rastras, como si fuera un animal, iba a vender a su hija, aunque es muy doloroso decirlo, sólo por mantener su alcoholismo”, revela María del Carmen, quien por su activismo recibió en 2013 el Premio Estatal de la Juventud.

Además señala que en los poblados rurales también se dan casos de padres que obligan a sus hijas a casarse para emparentar con una familia económicamente posicionada para mejorar su condición de vida.

Para la joven, la falta de educación, la pobreza y el desconocimiento de los derechos humanos es lo que permite que en estos años persistan prácticas como los matrimonios forzados en diversas regiones.