“Este viacrucis es para pedir que cese la delincuencia en el barrio”

“Perdónalos, padre, porque no saben lo que hacen”, dice el protagonista del relato bíblico, que cuelga en la cruz.
La cruz de madera del Cristo de Las Lajas pesa 110 kilos.
La cruz de madera del Cristo de Las Lajas pesa 110 kilos. (Arturo González)

Pachuca

Él, un sanguinario criminal que asesinó a un soldado romano, era, en aquel lejano año del relato bíblico, “como un capo, como un narco”. Jesús, en cambio, “un maestro de paz”.

Entre el murmullo de gente y con ese comparativo, un padre instruye a su hijo que se cubre los ojos con las manos, cuando, tras un latigazo en la espalda, el Cristo de Las Lajas parece desfallecer. Fue juzgado, condenado a la cruz.

Es Viernes Santo en Las Lajas al medio días. Enclavado en los suburbios, a las faldas de los cerros, el barrio recibe a los devotos con adornos religiosos color morado, que simboliza la preparación espiritual y penitencia. Este sitio, desde hace 34 años, congrega a miles de personas, hoy más de 10 mil, que se estremecen con el realismo con el que se representan la aprehensión, juicio y crucifixión de Cristo.

Un par de automóviles bloquean la entrada, sólo se puede recorrer a pie el camino inclinado que lleva a donde se escenifica la historia. Ahí, elementos de seguridad municipal vigilan la zona. Algunos, tras el cristal negro de sus Ray ban, no esconden los gestos de asombro por lo violento de algunas escenas. Nada, afirma el sacerdote que dirige el peregrinaje de los fieles, comparado con lo que sufrió “nuestro señor Jesucristo”, mientras que al personaje que lo representa se le entierra ligeramente en la piel la corona de espinas y provoca que escurra lo que parecen sangre.

Antes, la plazuela del barrio permaneció en silencio para escuchar el mensaje religioso, en el que el presbítero pidió reflexionar sobre el significado de la Semana Santa.

Una noche atrás, cuando la representación comenzó con “la Última Cena”, se dijo que este viacrucis también es para pedir que cese la delincuencia en el barrio, y mencionó venta de drogas, robo y vandalismo.

Los primeros azotes a quien da vida a Jesús causan una sensación de impotencia, que se refleja en los rostros mudos de los espectadores. Aquellos que por primera vez lo presencian se rehúsan pronto a mirar, conforme la ira de los soldados romanos se descarga a través de sus látigos al cuerpo de Cristo.

Jesús, quien lleva dos días en ayuno, que tiene la cabellera larga, dispersa y la barba abultada, recibe su cruz. Tras él van dos ladrones a quienes han llamado Dimas y Gestas.

Cuesta arriba, a los tres les flaquean los músculos por lo pesado de la madera que cargan sobre sus espaldas, ensangrentadas y enrojecidas. La de más peso, 110 kilos, es la del Cristo de Las Lajas, a quien por los castigos se le va desgarrando poco a poco lo que le queda de ropa.

Ya a más de la mitad del camino, entre el terreno polvoso y lleno de piedras, hay quien reparte trozos de naranja para hidratar a los actores.

Ya llevan las sandalias rotas, los muslos inflamados por los golpes y la cara sucia. A Jesús, la sangre y el sudor hacen que los cabellos se le peguen a las mejillas. Mira a los ojos a los fieles como pidiendo ayuda, tratando de escapar del personaje, por el daño que ya ha sufrido su cuerpo.

Tras tanta subir, al fin llegan a un lugar que evoca al Monte Calvario. Tras las horas de maltrato, los ladrones son crucificados, mientras los guardias romanos se reparten los vestigios de las prendas de Jesús.

“Perdónalos, padre, porque no saben lo que hacen”, dice el protagonista del relato bíblico, y así sucede el momento culminante de todo el peregrinaje: Cristo, colgado en la cruz que cargó hasta la cúspide del cerro, con la cabeza gacha, simula morir, al tiempo que una ráfaga de viento mese las hojas de los árboles. 

Casi al caer la noche inicia la procesión del silencio. Miles marchan cargando una cruz, un féretro que representa la muerte de Jesús y la imagen de una virgen llena de flores.