Si te vi, ya ni me acuerdo

"El May" recuerda cómo en algún momento formó parte de la banda de "El Coyote" y cómo llegaron a robar taxis, panaderías y hasta transeúntes. También explica que tenía los bolsos llenos de dinero ...
Si te vi, ya ni me acuerdo.
Si te vi, ya ni me acuerdo. (Jesús Martínez)

Mira: ya no me dedico al asalto. Tiene rato de eso. Ora vivo de mis rentas. De chavo fui medio loco, pero ya no. Cuesta trabajo, pero ya soy gente decente.

Antes pedía prestado para vivir. Ora presto. Recuerdo que al regreso de mi primer robo toqué a la puerta de la casa. Mi madre abrió. Nada más dije: ya llegué. Ya te vi, contestó. En la estufa hervía una olla con unos cuantos elotes. Sería la cena. Y yo sin poder decirle: tenga, dinero. El que traía del robo.

A mí me tocó ir en el grupo del Coyote. Con él salimos del cuartito que rentábamos para nuestras juntas. Esperaríamos un taxi. Le hicimos la parada. Íbamos cinco al atraco, nos quedamos dos y tres fueron calles adelante. El Caras y yo paramos un taxi:

–Oiga, llévenos aquí adelante, a la Romero Rubio.

–Súbanle, jóvenes.

Cuadras adelante le hacen la parada.

–Súbalos, no hay pedo, si van por el mismo rumbo.

Según ellos, iban a la Morelos.

–Pus súbanse, nos queda de paso– dijo el ambicioso taxista. Hasta le abrimos la puerta a los demás y al llegar a la Rubio empezamos el teatrito: ¿Dónde era la pachanga, no te acuerdas? No, carajo. Bueno, usté no se preocupe, le vamos a pagar, pero no ponga esa cara, orita damos con la dirección. Oye, mano, carajo, cuál era la calle, el señor va a creer que acá, que lo queremos bajar. Y sí, buscábamos una calle oscura.

Ubicado el sitio, a la transa: ¿sabes de qué, ñerito? Que nos llevamos la nave.

Una pistola en la cara y otra por las costillas. ¡No, no muchachos: adelante, con confianza, pero no me hagan nada! Va, y mañana a primera hora lo encuentras completito en tal lugar. El Caras tomó el volante. Y de la Romero volvimos al Edomex, a la Aurora, allá por Madrugada: de las pocas calles pavimentadas.

Bajamos a chingarnos unos taquitos de suadero y unos chescos. Circulamos como turisteando. El Coyote no decía nada. Parecía decidir el atraco al momento. Ese día quiso calarme. “May, ese es tuyo: tráeme lo que lleve encima”.

Caminaba muy quitado de la pena el cabecilla, y se da lo que yo le nombro El asalto del perro: abro la puerta de sopetón, como detective de película gabacha. El cuate, al ver acción tan intempestiva, dijo ni madres, de pendejo me espero y que corre de cuete, rarrarrarra, y que brinca una barda y se da a la fuga.

Ya iba adivinando las burlas del Coyote, del Caras y los demás. Pero se escuchó gran escándalo, ladridos, gritos, mentadas de madre, y así como entró el bato vuelve a salir, en salsa, con los pantalones desgarrados. Y afuera yo, mi rey: méngache p’acá y prexte todo lo que traiga, culero, por su culpa me iban agarrar de botana… Se nos empareja el coche hasta dejarnos entre él y la pared.

—A ver, chango ojete: ¿a dónde iba?

—Tranquis, muchachos; carajo, soy estudiante…

—¿Estudiante, güey? ¿Y esta madrecita: es pa’ disparar los chescos a las morras?— le sacamos una calibre 22 y quinientas lanas de dos carteras que llevaba puestas. —¡Órale, a chingar a su madre. Pinche ratero!

Fuimos sobre Madrugada. Pasamos a un costado del Palacio Municipal. Eran ya como las tres de la mañana. Agarra y me dice El Coyote: ¿Sabes, May? Me late la panadería de allá atrasito, ¿la viste? Sobres, si te gusta, pus sobre de ella.

Llegamos enfrente, bajamos antes que parara el carro: ya apuntábamos con las fuscas. A ver, hijos de su pinche madre panadera: a la orilla. Los clientes era pura gente de los expendios.

—¡Usté qué, qué pinche bato, vamos al rincón! Ustedes dos: sobre la caja registradora y al carro.

Y pum, pum, pum. Había dos cajas, y me dice El Coyote que me fuera sobre la otra. La quise abrir honradamente y madres.

Busqué la clavija y la conecté; empecé a darle vueltas a la manija y le jalaba y no salía y la campanita, tilín tilín, tilín tilín, tilín tilín. Entonces El Coyote me dijo que la trepara al coche.

Qué pena, joesuinche madre. Un asalto a un negocio es cosas de cabrones. Y me devuelvo de volada. Dejé el cajón en el coche. Búscale más feria. Saco y saco cajitas de galletas con envoltorios de quintos y veintes. Una, y dos y tres cajas sobre el mostrador. El Coyote encabronado: ¡No seas pendejo, ¿quieres pinche morralla? ¡Billetes, güey, billetes!

Nervioso, sudoroso, brincando a la gente tirada en el piso. Nada, todo estaba en las cajas. Vámonos. Dijo esto El Coyote y que sale un gordote con una pistolotota; el español dueño de la panadería.

Me acerco y decente digo: Haga el favor de regresar. El güey, como robot, y le pedi que se retirara o le daba en la madre. No decía media palabra. Yo ya apretaba el gatillo. Me sonrió, dio la vuelta y se fue rumbo al horno. Ya lo veía encima de mí, sentí que de un putazo me tendía.

Apenas se metió el español, que me regreso por dos cajitas de monedas y corro.

Todos estaban adentro del coche, solo faltábamos El Coyote y yo. Entonces nos pelamos y El Coyote se fue afianzó a la ventanilla con el codo y se fue con el cuerpo de fuera y los pies alzados. Dos, tres cuadras para el carro y que entra.

Lo primero que hizo fue darme unos cocos y dijo: ¡Güey, pa’ que se le quite lo penwey! ¿Y si me parten la madre solito? No lo vuelvo a traer: quiere veintes y quintos. Bueno, dije, ya no la hagas gacha.

Llegamos a la Chimalhuacán, cerca del ahora Periférico. Teníamos un cuate, El Chato, ruquito y pobre; le pasabamos una feria y mota pa’ que diera chance en su casa p’al recuento. Llegamos y cómo abrir la registradora. A balazos: pues, no éramos cerrajeros. Nos trajimos miles de pesos y morralla en las cajas de galletas. Te toca tanto, tanto y tanto, y ahí nos vidrios. ¿Cómo ves esa feria?, le dijimos al ruco señalando la morralla.

Pus como ustedes digan, yo con mi mota soy feliz. Ton’s te damos madres. Todo el suelto lo regamos p’arriba, lluvia de monedas que ni quien quisiera ¡y arriba el dinero, arriba! Unos cuantos poquiteros se abalanzaban.

Para ser la primera vez, me sentía millonetas. Jamás había tenido 100 pesos para mí. Repletas las cuatro bolsas de mis pantalones, de esos que ya casi no se ven, porque pa’ qué quieres tantas si está de la patada ganarse la lana.

El Coyote comandaba de menos a 50 cabecillas, y cuando nos íbamos, después del reparto, decía: ¿quién de ustedes me conoce? No, pus jamás te he visto. ¿Y tú? Pus tampoco. ¿Alguien me conoce? No, pus nadie.

Si me agarraba la tira, decía: robo solo, no conozco a nadie. Me despedía de ti y si te lo volvía a encontrar en otra onda, ni nos pelábamos. Si se trataba de conectar un toque, nomás de pasón rozón. Si te vi, ya ni me acuerdo. ¿Qué yo te conté qué? Ni me acuerdo.

Llegué al cantón y a cumplir: dinero robado, no le doy a mi madre. Y ella no tenía ni pa’ las tortillas, y yo repleto de feria, y decía que mis hermanos no habían desayunado. Me hice sordo.

*Escritor. Cronista de Neza