REPORTAJE | POR ANABEL MANZANO

“A veces tenemos que vender barato para poder regresar a la casa”

Hermanos Rubén y Santos- Menores de edad que venden artesanías

Los consanguíneos proceden de Tantoyuca y ofrecen bolsas y flores elaboradas de palma por sus padres.

Buscan subsistir con la venta de artesanías.
Buscan subsistir con la venta de artesanías. (Anabel Manzano)

Tampico

Rubén y Santos caminan por las calles de Tampico con los pies ennegrecidos por la suciedad del suelo que pisan descalzos, tienen 14 y 11 años respectivamente  y se dedican a ofertar artesanías de palma, aseguran que sus papás sí los mandan a la escuela, pero luego se delatan “venimos a vender tres días a Tampico”.

Mientras dura la venta se quedan a dormir en la central camionera con todo y las bajas temperaturas. Estos hermanos son oriundos de Tantoyuca, Veracruz, entre ellos se comunican en huasteco y tímidamente en español cuando tratan de venderme una de sus bolsitas de palma que ofrecen en 20 pesos, al igual que los manteles para la mesa.

Con desconfianza Rubén cuenta que los dejan vender “hasta allá donde venden pollos, vendemos solitos” y señala a lo largo de avenida Ejército Mexicano en dirección a la Hidalgo.Luego pregunto si son sus padres quienes los mandan a vender y responde tajante que no, que ellos solo fabrican los artículos y Santos asegura que les gusta Tampico, “si…pero no sé porqué”, afirma mientras hace bolita una envoltura de chicle que se halló en el suelo.

Los pies se le notan inflamados y muy morenos, me dice que ya se acostumbró a pisar el pavimento y la tierra cuando hace calor y también cuando hay frío o llueve, en cambio, su hermano mayor lleva puestas unas chanclas viejas que apenas separan sus talones del suelo. 

Ambos arrastran un par de bolsas negras cargadas de artesanías grandes y pequeñas, entre ellas, flores y bolsos para dama grandes y coloridos.

“Nos venimos en autobús, a veces vendemos, poquito, pasamos aquí tres días y dormimos en la central”, comentó.Le compro una bolsita de 20 y le entrego un billete de 50, “no tengo feria, es que no hemos vendido todavía nada”, responde.

Mirando el suelo, Rubén cuenta que no es fácil andar por ahí paseándose por las calles ofreciendo sus productos porque a veces los corren de los lugares o son reprendidos.

“En donde vendemos no hay vigilantes y nos han dado permiso”, comenta mientras sigue sacando artículos de sus bolsas para enseñarlos y lograr una mejor venta.

Santos es menos sociable, lleva la capucha de la sudadera roja puesta y se cubre el rostro o se agacha para que no lo vea cuando hablamos.

“Tengo hermanos más pequeños, están en Tantoyuca con mis papás, nosotros venimos a vender lo que ellos nos dan y luego regresamos…a la escuela”, afirma.

Los hermanos toman asiento en el filo de una banqueta para acomodar sus cosas y retomar el camino que aún es largo hasta ese lugar en el que les dan oportunidad de vender su artesanía que a veces terminan rematando para poder comprar el boleto de regreso a casa.

“Es que luego sacamos bien poquito y nos tenemos que quedar más días o dar más baratas las cosas para volver porque el pasaje cuesta bien caro y ya no traemos nada de dinero”, comenta Rubén.