“Fui valiente, luché... no dejé que la muerte me llevara”

Esta madre e hija se conocieron seis meses después del parto; tras el estallido de una pipa de gas en el Edomex, la mujer fue llevada por la Fundación Michou y Mau a EU, mientras la bebé ...
Wendy acompañada de Marisela Enríquez, quien lleva en brazos a la pequeña Milagros.
Wendy acompañada de Marisela Enríquez, quien lleva en brazos a la pequeña Milagros. (Especial)

México

Esta es la historia de una madre y su hija, quienes se conocieron seis meses después del parto por circunstancias ajenas a ambas. “Mi bebé se llama María Milagros, porque el día del accidente yo la tuve, me hicieron la cesárea y al día siguiente me llevaron a Texas”, recuerda Wendy, una adolescente de 16 años que sobrevivió a la explosión que provocó una pipa de gas con doble remolque, cuando chocó en el kilómetro 14 de la autopista México-Pachuca, a la altura de la colonia San Pedro Xalostoc, en Ecatepec, Estado de México.

Si hoy ambas están juntas es gracias a Marisela Enríquez. El árbol genealógico familiar indica que es la abuela y bisabuela, respectivamente; pero la verdad es que en el día a día Marisela es madre y sostén económico de Wendy, Milagros y Andrea, la hermana menor de Wendy, quien también quedó lesionada por la explosión. “Sabiendo que se quedaron sin padre, sin madre, ni quién las vea ni nada, no puedo dejarlas abandonadas ¡Son unas niñas! ¡Wendy, aunque tenga a su niña, es una chamaca de 16 años!”, dice la mujer de 52, cuyos únicos ingresos provienen de una pequeña miscelánea y algunas ayudas familiares.

La vida de Marisela cambió el día del accidente, 7 de mayo de 2013, cuando murieron su hija Adriana, su yerno y un nieto. Esa madrugada Wendy despertó en medio del fuego porque ardía su espalda; con ocho meses de embarazo se incorporó como pudo y con los pies quemados buscó la salida. Después las imágenes van y vienen: subir a una ambulancia en pleno amanecer, ver luces en el cielo sin saber que eran helicópteros sobrevolando el lugar, escuchar cláxones de autos molestos por el cierre de la carretera. Ya en el hospital, recuerda cuando amenazó con demandar a las enfermeras si no le “echaban” agua inmediatamente a su cuerpo.

Marisela completa la reconstrucción: “En el hospital tuve que autorizar la cesárea porque la niña se estaba asfixiando y a Wendy ya le había dado un infarto”. Su nieta sobrevivió al parto y gracias a la rápida intervención de la Fundación Michou y Mau —especializada en atender a niños víctimas de quemaduras—, fue estabilizada y trasladada inmediatamente a Galveston, Texas, donde despertó dos meses y medio después. Se encontraba en el Shriners Hospitals for Childrens, nosocomio reconocido por su atención a niños quemados.

“Me explicaron que habían pasado diez semanas del accidente. Me dijeron que el bebé estaba con mi abuelita, que mi hermana Andrea estaba hospitalizada conmigo por sus quemaduras”. Pero no se atrevieron a decirle que sus padres y hermano habían muerto.

Mientras Wendy estuvo en Estados Unidos, Milagros pasó un tiempo en terapia intensiva. Fueron semanas de mucha tensión pues además del luto colectivo, el padre de la niña —un adolescente de 16 años— pidió la custodia de la pequeña; sin embargo, la ley se la otorgó a doña Marisela. “La quiero como hija mía, creo que también siente que soy su mamá”.

***

Wendy, su hija y su hermana viven en el cuarto que su bisabuela construyó para sus tres niñas, arriba de la miscelánea. La habitación es muy pequeña, por lo que la cama King Size abarca casi todo el espacio. Recostada, Wendy juega con Milagros, pero la bebé solo quiere tocar la máscara de plástico que, por prescripción médica, cubre el rostro de su mamá. Ella le permite hacerlo con cuidado, quiere que aprenda a conocerla tal y como es hoy después de que su cuerpo se quemó en 60 por ciento. Las cicatrices corporales le provocan comezón y pese a ello debe usar todos los días un traje de compresión que es fundamental para su tratamiento y rehabilitación física, pues entre otras cosas, ayudará para que su piel vuelva a quedar suave y lisa.

“Milagros está chiquita, pero si le explico que no agarre la mano donde no tengo deditos porque me duele todavía, entiende. Yo me he adaptado a ella porque quiere estar conmigo y tengo fuerzas por ella y mi hermana Andrea”, dice sin titubeos esta joven madre.

Wendy conoció a su hija el 8 de noviembre pasado, cuando regresó a México. Durante el vuelo, los nervios la traicionaron, pues no sabía cómo reaccionar al verla. “Al mirarla se me quedó viendo, le hablé, sonrío y me estiró las manos para que la cargara. ¡Me quería abrazar! Lloré de la emoción porque no la había visto ni a ella ni a mi abuelita. ¡Pero la bebé solo quería quitarme los lentes y la máscara!” Respecto al nombre de la niña no hubo discusión: la gente comenzó a llamarla Milagros por razones obvias y así se quedó.

En febrero Wendy regresó de nueva cuenta al Shriners Hospitals for Childrens, donde continuó su tratamiento físico y de rehabilitación para seguir reintegrándose a su vida normal. En marzo volvió al país y en unas semanas más regresará al nosocomio.

Durante su estancia en México —cuenta— hay días en los que no sale de su habitación; se ha convertido en el único espacio donde conoce y convive con su hija. Dice que permanece ahí por dos razones: una, las quemaduras de sus pies tardarán en sanar por lo que aún le es difícil caminar sola. Y dos, teme la reacción de la gente cuando mire su condición física actual. “Hay gente tan ignorante que dice que somos monstruos” lamenta.

Marcela Fernández, psicóloga voluntaria de la Fundación Michou y Mau, explica por qué este sentimiento: “Muchos pacientes nos reportan sentirse segregados, por eso trabajamos mucho en el impacto emocional y cómo adaptarse a su nuevo físico, que seguirá evolucionando. En el caso de Wendy, deberá viajar constantemente hasta los 21 años al Shriners Hospitals, donde se someterá a otras cirugías gratuitas que forman parte de su tratamiento”. Como es comprensible, Milagros seguirá adaptándose también a los innumerables cambios físicos y emocionales que vivirá su madre. “En la medida que la bebé vaya creciendo, apoyada por su familia y su entorno, irá tomando conciencia del accidente que sufrió” precisa la especialista.

***

Wendy revisa frecuentemente su cuenta de Facebook, pues es su única ventana al pasado, a su mundo tal como era antes del accidente. Junto a ella, Milagros duerme en su cuna, la que su bisabuela diseñó a manera de hamaca, con un mecate colgado del techo y una cobija gruesa. “¡La niña pesa diez kilogramos!” presume Marisela, mientras espera que la vida y las leyes le hagan un milagro para que la gasera responsable del accidente pague mucho más que los 600 mil pesos que calculó como indemnización por los daños que sufrieron sus niñas.

Wendy quiere concluir su rehabilitación, terminar la secundaria, convertirse en terapeuta física y ser una madre para su hija, a quien desea enseñarle algo importante: “que soy valiente, que no me dejé llevar por la muerte, que luché hasta que Dios me dejó y que gracias a él estoy aquí viva, y que por más que me dicen que no puedo, yo les demuestro que sí”.