Las emociones, el costo más alto de la transición

Además de la discriminación, las personas transexuales deben lidiar con otras complicaciones cuando quieren someterse al proceso de cambio de género.

Además de la discriminación que enfrentan por parte de la sociedad y las instituciones, las personas transexuales también deben lidiar con una serie de complicaciones legales, médicas y hasta económicas cuando quieren someterse a un proceso de transición de género.

Durante la Semana de la Diversidad Sexual de la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL) hubo un espacio para un panel titulado Experiencias de transición, donde dos mujeres y un hombre trans compartieron sus vivencias y retos ante la falta de educación y políticas públicas sobre el tema.

En entrevista, Sylvia Sofía Pérez, activista y feminista, explicó que el procedimiento completo puede ascender hasta los 150 mil pesos en un lapso de tres años.

Para legalizar el cambio de identidad, en Nuevo León es necesario llevar a cabo un juicio que exige un peritaje médico. El trámite puede ascender incluso hasta los 30 mil pesos, según registros periodísticos.

“(El proceso) trae un peritaje psicológico, psiquiátrico, sexológico y médico endocrinológico.

“El psiquiatra hace un test de vida real, un análisis para comprobar la disforia de género”, cuenta.

No obstante, el alto costo del procedimiento contrasta con el hecho de que la población trans es la que cuenta con menor inserción laboral. Incluso una gran parte opta por dedicarse al servicio sexual.

“Es un problema tanto de salud como económico. Ya todo el proceso viene oscilando desde 80 mil hasta 150 mil pesos en unos tres o cuatro años”, dice Pérez.

Para Franco Arjona, hombre transexual, el gasto varía dependiendo del grado al que llegue la transición.

“La histerectomía me costó 40 mil pesos, más las hormonas que tomo en los tratamientos con doctores privados. Ahí cuesta 700 pesos la consulta, por ejemplo”, afirma.

Sin embargo, Pamela Guajardo, fundadora del CISS, opina que el peor costo es el emocional, pues en esa difícil etapa se enfrentan aún más al rechazo de quienes los rodean, incluso de la familia.

“Un proceso puede ser costoso, el problema que cuesta más es el estado emocional”.


Pamela Guajardo

Originaria del municipio de Montemorelos, Pamela actualmente encabeza el Centro de Información de Salud Sexual y VIH/sida (CISS), una asociación civil que busca promover el cuidado de la salud en la comunidad LGBT.

Tiene 24 años. Cuenta con estudios de Enfermería y especialización en Salud Pública por el Centro de Estudios Interdisciplinarios.

Desde adolescente y antes de descubrir su identidad de género, sufrió discriminación por parte de la comunidad conservadora de la región citrícola. Derivado de ello, comenzó a presentar trastornos depresivos a los 16 años de edad.

Ante ello, profesionales de la salud intentaron “curar” su transexualidad, e incluso fue enviada a tratamiento psiquiátrico.

“He visitado como a 25 psicoterapeutas y todos decían que debía curar mi transexualidad.

“Me mandan a Psiquiatría por problemas terminales, pero me regresan y me dicen que tengo que ir a Psicología. No me querían atender”, recuerda.

A los 17 años, la ahora activista inició en el trabajo sexual. Fue ahí donde comenzó la transición de género.

Sin embargo, el nacimiento de Pamela surge en Miss Travesti, un evento que se realiza de manera tradicional en el municipio de Linares. En ese momento, su familia aún desconocía el proceso sexual y personal que atravesaba.

Al apuntarse para participar en el concurso, sus amigos decidieron bautizarla con dicho nombre. Más tarde asumió

su identidad de género y reveló la decisión a sus parientes.

Más tarde se percató del crecimiento de un fenómeno de salud en la comunidad trans de la zona citrícola: el VIH, pero la ignorancia y el miedo a la discriminación frenaban las posibilidades de que estas personas recibieran un tratamiento médico.

“Tenía compañeras que ya estaban bajando de peso, otras tenían sarcoma, pero me contaban: ‘Me dijeron que tengo VIH, pero no es cierto, estoy embrujada’”.

La pérdida de muchas amigas trans la motivó a comenzar la lucha por prevenir el contagio del VIH y otras enfermedades de transmisión sexual.


Franco Arjona

Aunque no le gusta considerarse activista, Franco, hombre trans de 28 años, hace labor en internet para hacer conciencia sobre el trato digno que merece la comunidad LGBT.

Es de los pocos hombres transexuales que se involucran en actividades para incidir en la sociedad.

En su juventud siempre se asumió como una mujer lesbiana, pero a través del deporte se percató de su disforia de género, pues ser tratada como un hombre la hacía sentir bien.

“Me di cuenta de que era trans cuando jugaba en un equipo de futbol americano. Jugaba con las chavas y se dividían entre las lesbianas y las princesas.

“A mí me gustaban las mujeres, entonces asumía que era lesbiana. Nos hablaban en masculino, y para mí se sentía tan cómodo”, cuenta.

Su masculinidad era evidente; no obstante, fue hasta una plática con su psicólogo de cabecera que comenzó a descubrir su verdadera identidad de género.

“Nos dimos cuenta de que, de hecho, nunca he sido una mujer, siempre me he sentido hombre”, dice.

Tras un proceso de aceptación, decidió comenzar su transición hacia el género masculino. Primero fue un corte de cabello; después, cambios en el guardarropa.

En estos casos, lo más complicado es la parte legal y el tratamiento médico.

“Me acepté un octubre y empecé a transicionar (sic). En noviembre, fui a cortarme el cabello, lo tenía muy largo para parecer femenino y evitar que la gente me hablara en masculino, porque a mi familia le molestaba eso en sobremanera”, comenta.

Más tarde, enfrentó a su familia. Anunció su transición completa, desde su imagen hasta el nombre.

A pesar de lo complicado de la situación, considera que su proceso fue light.

Ahora dedica la mitad de su tiempo a un trabajo de oficina, y la otra mitad a las labores para crear cultura sobre la comunidad LGBT.


Sylvia Sofía Pérez

Sylvia, de 37 años, es psicóloga graduada de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Actualmente lucha por el feminismo y los derechos de las mujeres transexuales.

La discriminación que sufrió en su infancia emanó principalmente de su familia, a la que califica de conservadora y machista. Fue la más chica de nueve hermanos; sin embargo, fue víctima del rechazo por su expresión de género.

“Considero que nunca viví como un hombre, porque siempre mi expresión de género fue muy femenina, pero a mí la sociedad no me percibía como niña por la apariencia que se me impuso”, señala.

Su infancia y adolescencia la vivió en dos colonias populares de la zona metropolitana: Arturo B. de la Garza, mejor conocida como La Risca, en Monterrey, y Tres Caminos, en Guadalupe.

Años más tarde ingresó a la Facultad de Psicología de la Máxima Casa de Estudios. A los 21 decidió incursionar en el activismo por la comunidad LGBT.

Una de las motivaciones que llevaron a Sylvia a buscar incidir en la sociedad fue la violencia que sufrió por parte de los elementos policiacos.

“Fui detenida como 20 veces por la Policía, fui violentada física y sexualmente. Eso me llevó a entrar en el activismo.

“En los 90 había mucha represión, sobre todo a las mujeres trans”, afirma.

Sus primeros acercamientos a la comunidad LGBT fueron en la Plaza Hidalgo, punto emblemático de reunión de este sector de la población. Aunque inicialmente no comulgó con el lenguaje y las manifestaciones que utilizaban para comunicarse, decidió volver para hacer activismo.

Ahora, Sylvia Sofía trabaja con organizaciones no gubernamentales y colectivos para hacer conciencia sobre los derechos de las mujeres trans.

“Algunas tenemos alguna característica física que nos delata como mujeres trans, nos dedicamos al trabajo sexual o la opresión sexista no nos permite desenvolvernos y tener proyectos de vida normales”.