Samantha, historia sobre el derecho a la dignidad

Fundó la asociación civil Laetus Vitae "Vida Alegre", cuya finalidad es apoyar a adultos mayores de la comunidad LGBTTTI con una Casa de Día.
“Tengo mucha suerte, mucha gente me ha ayudado".
“Tengo mucha suerte, mucha gente me ha ayudado". (Alejandra Gudiño )

Ciudad de México

"Yo no recuerdo un día triste en mi vida. Tuve un padre y un abuelo maravillosos y tres madres: mi mamá y mis tías", dice Samantha Aurelia Vicenta Flores García. Mujer transexual de la tercera edad, quien apenas el martes pasado cumplió 85 años y a su edad es una afanosa activista en pro de los derechos de la comunidad LGBTTTI. En especial de los adultos mayores.

Samantha, quien nació y vivió hasta su juventud en Orizaba, Veracruz, narra a Milenio Estado de México, cómo desde su más tierna edad su mayor deseo era el de ser invisible, porque -aunque nunca sufrió violencia física, psicológica y de ningún tipo por parte de su familia, en la que creció con tres hermanas y un hermano- "vivía acomplejada: tenía un gran sentimiento de culpa por saberme diferente, por tener otra preferencia".

Su padre, don Vicente, la formó en los más altos valores; pero sobre todo en el amor. "Lo puse a prueba cuando yo tenía apenas 15 años: él, un obrero fuerte y macho, cuyo trabajo implicaba tal rudeza que a veces llegaba a casa con la espalda carcomida por los bultos que cargaba, y a pesar de ello me dio el dinero, que en ese entonces fueron $37.50 pesos, para comprar zapatillas, leotardo y mallas para practicar clases de ballet en el casino de Orizaba".

"Mi carrera de bailarina quedó truncada gracias a las madres de mis compañeras de danza, que se escandalizaron de ver junto a sus hijas a un jovencito practicando ballet, y que no cejaron en sus presiones hacia el maestro para que me echara".


En los Ángeles, California

Con una sonrisa dibujada en su rostro, evoca aquellos años cuando ella ansiaba salir de su pueblo: "el idioma inglés que mis hermanos y yo estudiamos desde muy pequeños, gracias a la visión de mi padre Vicente me abrió las puertas. Primero viajé a la ciudad de México para estudiar en la escuela Bancaria y Comercial pero fallé, no era lo que me gustaba y regresé a Orizaba a trabajar en las oficinas de la Cervecería Modelo".

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Samantha se sacó un automóvil en una de las rifas anuales que el secretario del sindicato de esa empresa hacia cada año para festejar a los empleados y con el dinero producto de la venta se fue a Los Ángeles. Allí estudió una carrera corta en administración de hoteles; era la década de los años cincuenta y una vez más ella tuvo la oportunidad de escapar.

"De huir de mi lugar de origen por el complejo de ser gay". Pero sus raíces la hicieron volver a Orizaba después de algún tiempo, para pasar las fiestas de fin de año con su adorada familia.

Samantha regresó a la Ciudad de México y empezó a trabajar en el área de recepción de prestigiosos hoteles. Sus estudios en administración hotelera y su perfecto manejo del idioma inglés le abrieron las puertas y de este modo incursionó también en el área de relaciones públicas. "Siempre elegí trabajar en el horario de la tarde, porque odio levantarme temprano", comenta socarronamente.


Los hoteles de la Ciudad de México

Esta labor la llevó a trabajar en una exclusiva discoteca ubicada en San Ángel, a fines de la década de los años setenta, precisamente cuando ella decidió que era hora de su transición, de convertirse en mujer:

"Ser empleada en este lugar marcó mi vida porque al principio fui rechazada por todos. Como encargada del guardarropa, de la venta de cigarrillos y de recibir a los clientes cada noche, me sentía sola, nadie me dirigía la palabra, no fue sencillo, pero logré lo que parecía imposible, el respeto y cariño de todos".

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Samantha Flores se ganó a pulso ser considerada una de las personas más importantes de ese equipo por su don de gentes. "Mi ángel, mi duende o como quieran llamarle, el mismo que me heredó mi madre, María Esther, siempre lo he tenido y algunos otros de mis familiares también".

"Estoy feliz de haber roto ese muro de odio, de indiferencia, de discriminación. Frialdad por ser una mujer trans; eran 20 empleados, el gerente, los meseros, garroteros, nunca me dijeron una mala palabra, pero fue la experiencia más espantosa de mi vida porque ni siquiera volteaban a verme, no me dirigían la palabra: era más importante una servilleta sucia o el cristal de un mostrador... que yo".

"Terminé haciéndome amiga de todos. Cuando el dueño de la disco me echó de menos, porque como cada año me fui de vacaciones en diciembre a pasar las fiestas con mi familia, y los parroquianos se quejaban de que no estaba la señora amable y divertida de la recepción, me dijo: Samantha, cuando regresé no vuelvas a irte. Nadie de aquí sabe tratar a los clientes como tú. Sólo tú sabes cómo tenerlos contentos. Todo mundo pregunta por ti".

"A los meseros me los gané a pulso porque les ayudaba a recomendar las bebidas para los asistentes de las mesas que atendían, además de que les daba consejos para que los clientes se fueran muy satisfechos con la atención que recibían y su propina fuera mejor".


Cambiar de nombre y sexo cuesta 17 pesos

"Tengo mucha suerte, mucha gente me ha ayudado. Mi familia quiere que regrese con ellos a Orizaba, pero me cuesta mucho trabajo dejar a mis amigos de la Ciudad de México: mi familia gay".

Samantha platica que desde 1978 hasta 2015 ella no existió para el Estado mexicano. "Por falta de papeles el Estado me discriminó. No tuve derecho a nada por ser una mujer trans. Hoy afortunadamente las cosas han cambiado porque con solo acudir al registro civil puedes cambiar tu nombre y sexo por $17 pesos y por $86 pesos logras la confidencialidad si la quieres, para que no te roben la identidad".

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Samantha es actualmente pensionada por los largos años que trabajó en hoteles de la Ciudad de México, vive sola y a sus 85 años bromea: "sigo esperando a mi príncipe azul, en caballo blanco con armadura de plata y que me lleve serenata a mi ventana. Si no es así, no podría casarme". Ríe.

Al tiempo que agradece a Milenio y a los medios de comunicación el apoyo que dieron para alcanzar la meta fijada en el proyecto de donadora, que logró unir el esfuerzo de las comunidades LGBTTTI y la heterosexual, para poder hacer realidad el proyecto de la Casa de Día para Adultos mayores.

Samantha fundó la asociación civil Laetus Vitae "Vida Alegre", cuya finalidad es apoyar a adultos mayores de la comunidad LGBTTTI con una Casa de Día en la que puedan recibir alimentos y atención médica, y a largo plazo poder convertir este lugar en un albergue.

A las personas interesadas en apoyar este proyecto las invitó a entrar a la página web www.vidaalegre.org.mx Consultada sobre cuántos adultos mayores de la comunidad LGBTTTI hay en la ciudad de México, comentó que no hay cifras confiables, puesto que muchos de ellos regresan al clóset, para evitar la discriminación.

Mencionó que si los adultos mayores heterosexuales son personas que en muchos casos son olvidados por sus propias familias, y a veces están "arrimados" en sus propias casas... ¿qué se puede esperar de los que han preferido la diversidad sexual?

LAC