“Con engaños llegamos con Mamá Rosa”

Issac Ricardo estuvo 5 años en el albergue de Zamora. Era de los consentidos de “La Jefa”, sin embargo otros laguneros como Erick “N” o su hermano José Santiago, no tuvieron la misma suerte.
Issac y Erick dicen que en La Gran Familia vivieron sus peores días.
Issac y Erick dicen que en La Gran Familia vivieron sus peores días. (Alejandro Alvarez)

Gómez Palacio, Durango

"Eran las tres de la mañana, y con ganzúas hechizas con los broches del pelo que le quitábamos a las niñas, abrimos el candado de nuestra celda, todos estaban durmiendo e  intentamos salir por el tercer piso, el último, pero no lo logramos, nos cacharon”.

Esa fue la primera vez que Issac Ricardo Silva, quien ahora tiene 19 años, llegó al cuarto del Pinocho, un cuarto de castigo y penumbra, al cual llegaría una y otra vez acompañado por golpes que los encargados de cuidarlos, les propiciaban a diestra y siniestra a manera de castigo.

Issac Ricardo, gomezpalatino, estuvo interno por cinco años en el Albergue La Gran Familia, ubicado en Zamora, Michoacán. Entró cuando tenía trece y salió al cumplir los 18.

A partir de ese momento ha trabajado vendiendo churros, en expendios, puestos de comida y ha ido de un lugar a otro sin un trabajo fijo y cargando episodios que padeció en el albergue dirigido por Rosa del Carmen Verduzco, “Mamá Rosa”.

Con lentes oscuros, una voz quebradiza y en algunas ocasiones una risa nerviosa, Issac, contó su experiencia, la peor, a decir del mismo, que vivió ahí, al cual asegura llegó por engaños.

Los jóvenes señalaron que su vivencias en el "Albergue Familia", son sin duda el peor recuerdo de sus vidas

“Yo imaginaba una escuela de Marina, una escuela militar”, por eso aceptó llegar a Zamora. A su mamá, le contaron historias falsas y engañada también condujo a su hijo hacia un lugar del cual ya no quieren recordar.

“El primer día y el último nunca los voy a olvidar”, dice Issac con una mirada distante, llegó ilusionado por la historia de lugar que le habían contado, pero al poner el primer pie, solo vio chavos tocando instrumentos, “nomás se miraba lo más bonito, nunca el fondo”.

De pronto, llegaron sujetos con él, lo hicieron quitarse sus ropas y le dieron un uniforme para que se cambiara, -un uniforme descocido, sucio y con liendres- su ropa y pertenencias, no las volvió a ver.

“Sentí feo” -dijo con voz quebradiza- venía de mi casa viviendo normal y de pronto te cambia todo.

Desde su día de llegada, comenzó el calvario, encontró al menos a 15 chavos más que eran sus coterráneos, también conoció a gente de Lerdo y Torreón.

-A todos nos traen con engaños la mayoría de los que estaban ahí coincidieron, pero ya no había que hacer, su madre, se había ido del lugar y lo había dejado en las manos de “Mamá Rosa”.

Su recámara, era ahora una celda con barrotes, la cual tenía que compartir a veces hasta con 15 chavos, todos durmiendo en colchones amontonados, sin espacio, casi ni para caminar, un lugar sucio, donde abundaban piojos y liendres. “El primer año me llené de piojos”, señaló.

Ahí en esa celda, conoció a Erick “N”, quien pronto cumplirá sus 18 años, quien fue su  compañero, su “hermano” por cinco años. Juntos se cuidaban uno al otro. Erick también de Gómez Palacio.

Por cinco años, la rutina fue la misma, sólo cambiaba el día que intentaban escapar sin lograrlo y a consecuencia de ello, era llevado al cuarto del Pinocho.

Todos los días lo hacían levantar a bañarse a las 6:30 de la mañana, siempre con agua fría, había encargados que no nos dejaban ni un momento, “siempre estaban cuidándonos”.

Si se portaban bien no recibían castigos tan severos, si no, los golpes eran una garantía

“Luego de bañarnos y ponernos el uniforme, nos juntaban para contarnos, éramos como 600 y luego nos llevaban a desayunar, teníamos que apurarnos porque si llegabas tarde ya no alcanzabas.

¿La comida? –arroz, tortillas, atole. Sabía feo, era lo que había.

Después seguían las clases, había maestros que entraban y salían a diario para dar clases de secundaria y preparatoria, luego seguían los talleres.

“A algunos maestros les pedíamos ayuda para escapar, pero nos decían que no podían hacer nada”, dijo.

Ahí, Issac aprendió a tocar piano y trompeta, este último, uno de sus instrumentos favoritos.

Luego de los talleres jugaban un rato y a las 19:00 horas, los metían a dormir. “A cada chavo nos encerraban y al final pasaba un cuidador para colocar un candado”.

“Como no teníamos sueño, jugábamos baraja, no había televisión, sólo los encargados que trabajaban ahí tenía una”, dijo.

Todos los días se repetía la misma historia, algunas veces intentando escapar y agregando golpes que los “guardias”, les daban.

“A mí no me fue tan mal”, dice, era algo así como consentido de “Mamá Rosa”, a quien describe como una señora seria y siempre encerrada en su oficina, en donde había muchos teléfonos, celulares, una computadora y un escritorio.

“Era un lugar bonito”, pero nadie podía entrar a menos que “La Jefa” te hablara.

También se daba cuenta de cuando nos golpeaban, pero si se quejaban, ella misma hacia que los golpearan más.

A “Mamá Rosa”, se le veía poco, siempre encerrada en la oficina y ya en la tarde–noche, sólo la veíamos pasar al segundo patio, cuando se iba a su cuarto a dormir.