ENTREVISTA | POR SARA SALINAS (@SARA_SALINASR)

Rogelio Cruz Guevara Sepulturero

El sepulturero del panteón San Nicolás, dice que el corazón se le ha hecho duro frente al dolor que representa la muerte, tras 37 años de trabajar junto a muertos.

Don Rogelio no tiene temor a los muertos

Don Rogelio Cruz, sepulturero del panteón San Nicolás.
Don Rogelio Cruz, sepulturero del panteón San Nicolás. (Arturo Andrade)

León, Gto.

Este fin de semana que se celebró el Día de Todos los Santos, el silencio de su trabajo se interrumpió por las miles de visitas que recibió el recinto.
Aunque él advierte que actualmente son mucho menos los deudos que acuden a visitar a sus familiares fallecidos.


En medio de una romería de personas que homenajeaban con música de orquesta a los familiares que ya partieron, contó que con sus brazos y dos sogas, una para la parte superior y otra para la parte inferior del féretro, ha ayudado a enterrar a un sinfín de personas.


De tantos años de trabajo, don Rogelio perdió la cuenta de las personas que ha enterrado.

“Entre tantos años, quién sabe ya cuántos muertitos lleve sepultados”, insistió.


Es difícil que se conmueva por una sepultura. La de sus padres sí le dolió pero está tranquilo porque lo primero y lo último que ve es la tumba de sus padres.


“Yo creo que te vuelve la sangre fría, enterré a mis padres y a una nietecita, sí se siente, con este trabajo sabes que es lo que te puede pasar en cualquier momento, pero estoy tranquilo porque las tumbas de ellos están en el portón de la entrada y lo primero y último que veo son a mis familiares”, comentó.
Recordó que en dos ocasiones su “corazón duro” se puso a prueba.

“Primero en el 2003 fue cuando un compañero enterró al niño vivo, ya que en el hospital lo dieron por muerto, pero justo cuando iba entrando a la tumba fue cuando se movió y comenzó a llorar, lo sacamos y se lo entregamos a los familiares para que lo llevaran a atenderlo, pero a los tres días regresó el pequeño para ser sepultado ahora sí muertito”, relató.


El otro entierro que se le vino a la memoria fue sólo tristeza.

“Pues fue mi nieta, murió pequeña y eso sí me dolió mucho, es algo que no puedes evitarlo y el corazón se te encoje”, y ya no quiso dar más detalles.
En sus 37 años de trabajo, el cementerio no ha cambiado mucho, contó Rogelio.


Se sigue necesitando la fuerza de los brazos para bajar los féretros a sus respectivas tumbas.


Hay poco espacio entre las lápidas para usar máquinas que ayuden a la tarea y siempre está el riesgo de dañar mausoleos con personajes insignes de la historia del país.


En el caso de los sepultureros, guiar a los deudos con el féretro debe hacerse sin contratiempos ni errores.


Lo que sí ha cambiado y para mal, son las conductas de las personas al momento de despedir a un familiar o amigo.

“El respeto de la gente no es el mismo. Recuerdo que se venía a un funeral bien arreglado, respetuoso, no riéndose. La gente se persignaba. Ahora sus celulares los llevan a todos lados, se la pasan hablando por teléfono o hasta tomándose fotos en las tumbas y en cuanto se termina salen disparados con mucha prisa”, lamentó.
Don Rogelio está orgulloso de su trabajo y de sus labores dentro del camposanto, y dice que nunca se ha quejado de su trabajo.


“Me gusta mucho mi trabajo, con todos los años que tengo aquí he sacado adelante a mi familia y gracias a Dios aquí estamos hasta que Dios diga, y aquí vamos a seguir echándole ganas”, afirmó.


Sobre su trabajo, dijo que todos estos años le han dejado mucha tranquilidad.


“Ver que en realidad me hace sentir muy bien, mi familia todos tienen para comer y nunca he renegado de mi trabajo yo lo veo como una bendición de Dios que yo pueda estar aquí, nunca me ha faltado nada y aquí me siento muy a gusto”, concluyó.