La reprochable ausencia de muertos

Si no hay muertos no sales en las noticias; los moradores de la selva viven dramas invisibles.
Aunque autoridades esperaban que pegara en Vallarta, la zona más afectada fue Costalegre
Aunque autoridades esperaban que pegara en Vallarta, la zona más afectada fue Costalegre (Agustín del Castillo)

Guadalajara

Cuando volvió la corriente eléctrica, Juan y los pobladores de la costa, descubrieron que la falta de muertos por el huracán había causado una especie de decepción, y lo notaban en el tono resentido de las primeras noticias que recibieron por los medios estatales y nacionales.  Sus ojos cansados reflejaban asombro, le costaba creer que para ser noticia hubiera que flotar boca abajo en un charco.  

El día del arribo de Patricia, pasadas las 5 de la tarde, la negrura y el desasosiego empezó a asomar en el horizonte. Recuerda que los animales estaban inquietos, y a su mujer le había bajado la presión como pasaba siempre antes de una tormenta. Decía que la víspera la desguanzaba. La diferencia con otros huracanes que le había tocado atestiguar en sus casi 78 años, fue que durante todo ese día escuchó que era el huracán del siglo, y que irremediablemente les pegaría de lleno. Reciente estaba el recuerdo de Jova, y las terribles horas que les hizo pasar, sobre todo al menor de sus nietos, quien con menos frecuencia, pero aún todavía se despertaba con el llanto provocado por el estruendo del viento y el rugido del mar en su memoria. 

Por la mañana pasaron los de Protección Civil. La invitación había dejado de serlo, y ahora venían a por ellos para llevarlos al albergue. Sería la primera vez que abandonaba casa y posesiones, pero justo ese día no tenía fuerzas para pelear con las hijas, quienes atemorizadas y convencidas tenían preparada la mudanza temporal. Al anochecer, intuyó que habían tomado la decisión correcta cuando vio pasar volando como si fueran papelitos, láminas y algo que se le figuró como una chiva. Esa fue una larga noche.

Con la cabeza pesada por los acontecimientos, el café le supo amargo y se negó a probar los frijoles. El nieto fue el que le dio la noticia de la pérdida del techado y el derrumbe de la barda trasera de la casa, el resto de la familia no se había atrevido a hacerlo. Él no se había movido de su sitio en todo el día. El enorme trajín que vivía el albergue, contrastaba con su indiferencia. Desde su último infarto, el dolor de cuello y espalda no había desaparecido, y para colmo se le había instalado una  tristeza permanente que ni el dominó con los amigos, ni el box del sábado hacían desaparecer. 

El domingo por la mañana empezaron a llegar los primeros vehículos con ayuda.  La voz de las primeras noticias provenientes de un radio llegado con una nueva brigada, le sacó de sus pensamientos. Era la voz de uno de los más destacados periodistas de México. Habló del huracán y de su paso por Jalisco y Colima. Escuchó la manera en la que se congratulaban reiteradamente de que Puerto Vallarta no hubiera sido afectada, y por las referencias dadas dedujo que habían sido nuevamente ellos los más afectados, solo que no pudo estar seguro, ya que cuando el comunicador se refirió a las remotas comunidades al sur de Vallarta y al norte de Manzanillo por donde el huracán dejó la mayor destrucción, dio nombres como “Chametla”, “Chamula” y “Chimela”. Cuando en otro prestigiado noticiero mencionaron a “Perúla”, supo que las cosas no habían cambiado. Seguían siendo invisibles, inexistentes para todos. No los habían borrado del mapa, solo que nadie se había molestado en consultarlo. El lunes por la mañana, Cihuatlán era un municipio del norte de Colima para la prensa nacional, y ellos eran una remota aldea de pescadores en el centro de la costa de Jalisco. Con esas referencias postales estaba seguro que la ayuda, tardaría en llegar. Se colocó el viejo sombrero de palma, colgó su camisa al hombro, y se enfiló hacia donde habría de levantar nuevamente su vivienda sin más ayuda que la de su familia, como en todos sus pasados.