Un refugio que se construye por y para los migrantes

El párroco Alberto Ruiz, encargado del albergue, atiende y da trabajo a los indocumentados que, a su vez, cimientan una casa para los próximos viajeros.

Guadalajara

Medios de comunicación han tratado de encontrarnos y no lo hacen, me llaman y yo les contesto que es porque ellos no tienen hambre, pero el migrante sí”, platica el párroco Alberto Ruiz cuando se le cuestiona el porqué de la falta de domicilio del albergue para inmigrantes anunciado con la leyenda: “Casa para migrantes El Refugio frente al templo de Nuestra Señora del Refugio”, pintada por él y un grupo de jubilados con el objetivo de guiar a los que en su camino al norte cruzan por la colonia Las Juntas, en Tlaquepaque, donde, según datos del supervisor de Vigilancia y Seguridad de Ferrocarriles Mexicanos (Ferromex) de la zona, pasan “hasta 25 migrantes por tren”.

Desde hace más de dos años, el padre Alberto, junto con un pequeño grupo de voluntarios, le brindan alimento, descanso, servicio médico, psicológico, la palabra de Dios y trabajo a los migrantes, quienes gracias a los estudios de arquitectura del padre Ruiz, construyen una casa para los viajeros centroamericanos en la ladera del Cerro del Cuatro, a unos tres kilómetros de las vías férreas que llevan las rutas Guadalajara a: Colima, Irapuato, México, Piedras Negras y Mexicali.

Ahí, en la dirección de Juan de la Barrera y prolongación Gobernador Curiel, en los límites con Guadalajara, se encuentra los restos de lo que fue la aceitera La Junta, la cual fue declarada en bancarrota debido a que sus dueños fueron condenados a prisión por fraude bancario en 2008. Ese terreno hoy le sirve como “estación” a los viajeros que abordan La Bestia (como se le conoce coloquialmente al ferrocarril) rumbo a la frontera del país. En esa intersección, donde corre una de las rutas más cotizadas como lo es la de Mexicali, llegó el hondureño Víctor Manuel, quien por “diocidencias” se encontró con apoyo de El Refugio.

El centroamericano viajaba sobre los vagones del ferrocarril provenientes de la capital del país con destino a Guanajuato. “Nos quedamos dormidos, me iba a bajar en Celaya para agarrar a San Luis, pero cuando nos despertamos ya estábamos aquí, rumbo a Colima, me dijeron que íbamos como para atrás”, comentó.

Gracias a los colonos, Manuel llegó a la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, parroquia de Las Juntas, donde fue recibido y posteriormente aconsejado para que tomara descanso en el albergue del padre Ruiz, donde hasta podía ganar dinero.

El padre Alberto explicó que Víctor llegó junto con dos compañeros a finales de febrero de 2014.

ATENCIÓN Y CUIDADO

El reglamento del albergue sólo permite dar resguardo por tres días, pues hay algunos falsos migrantes, indigentes o viciosos que van de casa en casa buscando techo y comida, dijo el sacerdote, quien subrayó que “el verdadero migrante viene, come, descansa y se va”.

En el caso de Víctor Manuel y sus compañeros, aclaró el párroco, “me pidieron más tiempo para ganar un poco de dinero y no irse con las manos vacías”.

El 5 de febrero de este año Manuel salió de Talanga, donde se crió con su abuela, en el departamento de Francisco Morazán, Honduras, acompañado de dos amigos, quienes no pudieron entrar a tierra mexicana debido a que “la policía de Guatemala les tomó su dinero”.

Manuel continuó su viaje con otros catrachos. Entró a México por Tapachula, Chiapas. En Arriaga, ciudad ubicada a 180 kilómetros de la frontera con Guatemala, subió al tren con los ojos puestos en Houston, Texas, donde ya lo espera su familia.

A la llegada de la Casa del migrante les recibe la señora Elizabeth, quien trabajó como educadora antes de jubilarse, tiene un amplio conocimiento de las redes del narcotráfico gracias a los especiales de las revistas que presume leer cuando está al cuidado del albergue.

Antes de presentar a todo el equipo de colaboradores Elizabeth esclarece que, en el albergue, nadie tiene cargos, pues todos son voluntarios; sin embargo, dice realizar labores “como de recepcionista”, mientras que revisa las mochilas de los viajeros para evitar el ingreso de armas y drogas, por seguridad de El Refugio. Posteriormente, los migrantes son ingresados a atención médica.

Arturo Navarro Jáuregui estuvo tres años como seminarista pero sin encontrar en ello su vocación, lo que lo llevó a estudiar homeopatía y hoy, en un salón que está habilitado como consultorio, atiende a los pasajeros.

El homeópata, sin trastabillar, refiere que no le falta ni equipo ni medicamento, a pesar de que dicho salón sólo cuenta con un lavabo, una mesa y un par de sillas, pues demuestra que con la coordinación que crearon en conjunto con el Centro Médico de la colonia del Cerro del Cuatro en el centro de salud vecino de la Casa del migrante pueden atender cualquier tipo de dolencia con la que arrastran los indocumentados. Además, para tratar a las mujeres se cuenta con una licenciada en psicología, que hace su servicio los fines de semana y se hace cargo de temas más delicados, como abuso físico y sexual.

“Los migrantes llegan con miedo e inseguridad, entonces, lo que hace la homeopatía es que trabaja de la mente hacia afuera, les ayuda para su estabilidad emocional, para que sigan su camino, o al contrario, porque muchos de ellos vienen de regreso porque no pudieron cruzar la frontera”.

El padre Alberto destacó que a El Refugio el 50 por ciento o más arriban con un mal físico, “pero mentalmente todos llegan golpeados”.

TRABAJO PARA PODER SEGUIR

Víctor Manuel llegó sano y es uno de los 16 migrantes que ha llegado a este sitio de apoyo, por lo que se encuentra muy agradecido por la ayuda. El catracho, al igual que todos los visitantes, recibe 200 pesos al día por su mano de obra, los cuales Manuel ahorra para así tomar un camión que lo lleve hasta la frontera del país y evitar el peligro de subirse a La Bestia.

Alberto Ruiz les busca trabajos de jardinería, carpintería o albañilería con los vecinos o amigos de la iglesia de Nuestra Señora del Refugio, la cual se encuentra frente al albergue.

Actualmente El Refugio sólo tiene capacidad para el cuidado de 40 personas al mismo tiempo, pues aún no se termina de construir la segunda planta, que proyecta tres habitaciones.

La Casa para migrantes cuenta con la solvencia económica de la casa pastoral, de “bienechores” y la Asociación Civil Proviaso (Promotora de Vivienda y Asociación Social), que es la proveedora de los recursos para la construcción del segundo piso.

El proyecto para incrementar la capacidad de la Casa del migrante fue obra del párroco, quien antes de ingresar al seminario se tituló como arquitecto por petición de su padre. Antiguamente el albergue se utilizaba para la rehabilitación de mujeres adictas a la mariguana, hace poco más de diez años, cuando el padre Refael Uribe estaba encargado de la Señora del Refugio, templo con más de 30 años de construcción.

“Su origen [del albergue] está en un apostolado de la parroquia, inicialmente tuvimos un trabajo con los drogadictos, con el obispo José Trinidad González, hace diez años cuando me ordené, con un grupo que se llamaba los Soldados de Cristo, cuando su base estaba en las Juntas”.

En octubre del año pasado el arquitecto y sacerdote entregó un levantamiento gráfico a Proviaso, grupo altruista del Padre Rafael Uribe, el cual desde noviembre del 2013 ha entregado alrededor de 150 mil pesos para la construcción de tres cuartos de la planta baja, en la cual también se encuentra un comedor y un patio que tiene una pequeña malla que evita que “el pato cruce la frontera”, bromea el padre con los visitantes.

Todavía falta que se entregue la mitad del presupuesto que servirá al albergue para seguir brindando esta ayuda, la cual funciona de la mano del tratado de Derechos Humanos al migrante, reglamento internacional establecido para reclamar los beneficios ante los diferentes gobiernos, a pesar de estar sin permisos en otro país donde no se reside.

RETOMAR EL CAMINO

Víctor Manuel se despedirá de los jugos que la señora Raquel, administradora de las donaciones que llegan al refugio, le regalaba para calmar su sed después de una larga jornada laboral. Raquel mantiene organizado todo y a todos los que pasan por el albergue. De experiencia propia sabe lo complicado que es vivir con el abandono de un familiar, por lo que hace hasta por conseguirles ropa y zapatos adecuados para que lleguen con bien a los Estados Unidos.

Víctor dejará la seguridad que le brinda El Refugio. Él desea trabajar en Norteamérica, construir una casa para sus hijas y establecerse en Houston, Texas, un estado que según el Proyect Hispanic Trends of Pew ha desafiado la tendencia de EU sobre la disminución de indocumentados.

En Texas se encuentran actualmente cerca de 1.7 millones de indocumentados.

Víctor tiene dos hermanos en Texas, donde en agosto del año pasado la tasa de desempleo fue de 6.4 por ciento, tan solo un punto debajo del promedio nacional estadunidense, manteniendo una economía relativamente saludable, informa la Oficina de Estadísticas laborales de los Estados Unidos.

“Si mis hermanos me dijeran ya vente, pues me tocaría irme, pero también si me dicen que aquí hay trabajo [en el albergue] por mí no hay problema, aquí nos están enseñando algo bueno en la vida”.

Manuel renunció a Talanga, comunidad ubicada a 55 km de la ciudad capital Tegucigalpa, por su situación económica donde sus hijas y su pareja sobreviven.

“Yo estoy bien, pero no dejo de pensar en cómo estarán mis niñas allá, y me duele porque siempre ellas me esperaban al salir de trabajar para cenar juntos y comían hasta las doce para comer los cuatro, eso me da ganas de regresarme, de echarme para atrás”.

Según datos de 2012 de la Organización Internacional para los Migrantes, cada año en México cruzan 400 mil indocumentados, que en su largo camino se encuentran con el frío, el hambre, pero sobre todo la discriminación. Aunque confiesa Manuel que, hasta hoy, Dios le ha metido gente de buena fe en su mudanza, que lo ha guiado de buena forma en su camino por la república mexicana.

El supervisor de la base de Vigilancia y Seguridad de Ferromex en Las Juntas recomienda a los migrantes el trayecto de bolonchas, como se les llama a los itinerarios que transportan producto industrial y que suelen ser menos pomposos, pues el que va a Mexicali “es codiciosa, por lo que no se les permite viajar, se les baja en el momento y lugar donde se les encuentra”.

368 mil personas fueron deportadas por Estados Unidos en su Administración de 2013, hombres y mujeres que buscaban el American Dream.

Los migrantes seguirán llegando a la estación de Las Juntas, donde son recibidos por los anuncios esperanzadores del padre Alberto, quien no está esperando más botes de pintura, pues con una sonrisa concluye que el mural no necesita de la dirección de La Casa para migrantes, pues sabe que “el migrante llega porque llega”.