“No nos queda de otra”, dicen vecinos de zonas marginadas

Están a las orillas de la ciudad y se abastecen de luz con los diablitos; vecinos de la colonia dicen que es su último recurso.
Johana dice que no hay de otra.
Johana dice que no hay de otra. (Sergio Contreras)

León, GTO.

Es un nido de arañas. Cables de varios colores y a diferentes alturas extendidos a lo largo de terrenos baldíos entre árboles e improvisados postes de madera seca que apenas se levantan dos metros sobre el suelo.

Al final de la calle Simón de la Garza, de Periodistas de México, comienza el circuito de diablitos. Mario Zamarripa invirtió unos mil 500 pesos para jalar una red de 600 metros hasta su casa en la colonia La Calafia.

Su vivienda no tiene número, ni su calle nombre. Él es uno de los usuarios de los diablitos entre al menos unas 300 casas que se abastecen con la misma práctica.

Es la orilla de la ciudad, más allá solo hay cerros.

El kilo de cable cuesta 25 pesos. Cuando la gente ve que llegan las camionetas de la CFE corren enseguida para recoger sus rollos, los mismos que servirán para volver a conectarse.

Mario hace memoria y dice que fue ya hace más de seis meses la última vez que llegaron a desconectar los diablitos. Él tiene más de 12 años viviendo en la colonia.

Recuerda que cuando llegó no había nada, pero el panorama tampoco ha cambiado tanto. Son las 3:00 de la tarde y en la calle pega el sol con furia. Hasta los perros propiedad de nadie están ocultos.

No es mucha la distancia al bulevar Mariano Escobedo, pero parece que estamos a kilómetros. Pasa una ruta de camión cada tanto, pero movimiento no se percibe en demasía. Ni luz, ni agua, ni pavimento, aunque llama la atención que no muy lejos de ahí hay una casa con sistema de televisión satelital VeTV y Dish. Las tiendas son los proveedores de todo, principalmente de refrescos, pan y cerveza. Las marcas que todos conocemos.

Las pipas de agua satisfacen la demanda del líquido, pero los servicios básicos brillan por su ausencia.

“Aquí solo vienen los políticos en campaña a prometer”, se queja Johana, mientras sostiene a su bebé.

Ella también se cuelga con un diablito, no le queda de otra, dice que si les instalaran una red como debiera de ser, con gusto pagaba lo justo por la energía, pero casi ha perdido la esperanza de que eso ocurra.  

“La mayoría se la roba. Nadie tiene, nadie paga luz por lo mismo”, se justifica.