La otra pantera

Al fondo del bar, un barman abre la barra, sirve los primeros tragos. No puedo evitar recordar que la vida de mi bar en California transcurre igual que la de las apacibles cocheras del lugar y el ...
La otra pantera.
La otra pantera. (Luis M.Morales)

Me gusta escuchar las barredoras. Mueve la cabeza, agita las manos. Los saludo, quizás algún día también me saluden. Ríe un poco. Cantemos, es una larga noche. Sonidos densos, parece la conversación entre ritmo y libertad lo que escapa de su garganta negra, su canción inventada me recuerda la razón por la que Jelly Roll Morton decidió morir en California y no en su lugar de nacimiento. Algo tararea, se parece a la tonada de Creepy feeling. Del gut-bucket a una alegría desesperada. Dudo, me invita a sentarme junto a él. Una noche helada. La última vez que estuve aquí también llovía, suceso extraño en una ciudad seca. Tras toda la tarde y noche en mi bar favorito, decidí enfrentar las dos de la madrugada en el bulevar. Acompañada de dos nuevos amigos del bar camino por Hollywood buscando un hotel para pasar la noche (el bar prácticamente es una familia), hace frío. Caminamos por Whitley Avenue. Nos detenemos en una pequeña puerta para preguntar la tarifa. Tras largos minutos en los que explico que solo necesito la habitación por cinco horas para dormir, el recepcionista se niega a aceptarme 25 dólares por cinco horas, es un tipo elegante, contrasta con el piojoso hotel a unos pasos del paso de la fama, no tiene cambio de 100 dólares, se enoja y murmura que por qué necesito una habitación de 25 dólares cuando tengo 100 dólares, discutimos sobre el precio, me dice que me cobrará 55 dólares más diez de depósito, veo la habitación, huele a desinfectante, da igual, son solo cinco horas, he estado en peores hoteles, salgo a cambiar el billete. Veo a un adolescente blanco hablando con un negro en la esquina de la casa de cambio a unos pasos del hotel.

Sentado en la banca está él. Es enorme, tras varios minutos de escucharlo, comprendo que es un tipo dulcísimo que me invita a sentarme junto a él. Su potente voz en la madrugada de Hollywood Boulevard suena, animada por él me pongo a cantar también. La barredora pasa frente a nosotros. Un sonido inolvidable, chasquea. Sentada en una banca de Hollywood pienso en la línea de Tijuana y San Diego. En Tijuana me estacioné por varios días. Me despedí de la frontera mexicana cantando con Samantha en el Manolo’s de la calle séptima, elegí The House of rising sun.  Llega el recuerdo de Tijuana mientras el negro canta, tras algunas canciones, nos presentamos. Se llama Moisés, demasiadas coincidencias, parece un ser sacado del agua, habita en la banca, entre plásticos, su saco de objetos, un acordeón de juguete, está sereno entre la lluvia fina y permanente, de cierta forma Moisés me protege en Hollywood, pasamos gran parte de la noche hablando en una banca. Mi inglés es muy pobre, algunas palabras de su jerga son incomprensibles. En algún momento se queda dormido, a unos pasos pasan unos tipos siniestros, son cuatro, se quedan cerca de nosotros, nos miran con esa actitud de buscar pelea, no los miramos, se esfuman. Cuando Moisés se quedó dormido, tomé en esa esquina el autobús hacia Culver City, por fin, un poco de calor. Pienso en ese piojoso hotel que me pedía 55 dólares. Para sobrevivir a la noche angelina se necesitan agallas, una cobija, un compañero de banca amigable, los vagos siniestros suelen ser insoportables. Jamás pagaría 55 dólares por un cuarto piojoso, ¿quiénes son los locos?, ¿esos son los locos?, ¿los que duermen gratis en las bancas de Hollywood o los que pagan 55 dólares por una habitación con cucarachas, olor a insecticida, alfombras deprimentes? Mientras estoy encapsulada en el calor del  metro (el autobús angelino) pienso en el amigo que hice por una noche, en ese gesto de saludar a la barredora esperando que el tipo que la maneja lo salude algún día.

Todos, absolutamente todos tenemos algo en la cabeza que nos aleja de la realidad. Mientras disfruto el calor del autobús por tan solo un dólar con 75 centavos, pienso en las horas que me tomó llegar a Los Ángeles, tras múltiples sobreventas de vuelos en cierta línea mexicana de la que no mencionaré el nombre, llegué a TJ casi a la medianoche. Perdí todo el día en un aeropuerto tan convulso como el país, pasajeros desesperados que no pueden abordar debido a las transas de sobreventa amparadas en la supuesta legalidad, ¿cómo es que está permitido sobrevender un vuelo?, traducción: compras un vuelo, llegas confiado, a tiempo; al llegar al mostrador te informan que no podrás volar porque sobrevendieron el vuelo, te pondrán en otro, ese otro está sobrevendido, así será hasta que logras subir a un avión, si es que lo logras, porque argumentarán que perdiste el vuelo cuando intentas subir y está sobrevendido una vez más. El único empleado que pudo ayudarnos a todos los pasajeros defraudados, estaba en el área de maletas, merece un destino mejor que el mostrador de un aeropuerto, tan amable. Llegué a San Diego también a la medianoche en Día de Acción de Gracias, la suerte de un taxi azul brillando en la oscuridad cerca de la estación de Old Town salvó todo, a tan solo unas calles decenas de drogadictos, asaltantes, locos y parias rondan presas que bajan del trolley. Veo a dos tipos totalmente borrachos con semblante estúpido, hace tiempo que estoy alejada de los ebrios estúpidos que no controlan la botella, me dan asco. Suelo estar alejada de la bebida a granel cuando estoy en California, los tickets que ponen por andar pedo en la calle no son baratos, no es divertido cruzar por las colinas de La Jolla y encontrarte con un policía mientras sientes el alcohol estallar y recorrerte con esa furia preciosa igual al motor de un Barracuda 1978, aplico mi estrategia favorita, vagar todo el día, regresar y ponerme una de buró.

La vida de las personas, esas cocheras de La Jolla, todo transcurre apaciblemente. Múltiples paisajes se me cruzan mientras hablo con dos personas muy queridas que me han llevado a cenar al delicioso Saigon. Pasamos cerca de la casa de Alden, un gran tipo con un auto capaz de llegar a cualquier sitio. Pasó por mí en una extraña noche en que la neblina cayó en San Diego. En un alto conseguimos un arrancón, la velocidad en la silenciosa noche fue un estallido de vida. Alden me enseña su barrio. Caminamos por Avenida El Cajón, comemos pizza y bebemos cerveza amarga, tras varios minutos de caminata, desde un parque vemos la ciudad, sus luces. Rematamos con un chocolate caliente en Lestat’s. Alden sonríe y la noche nos empuja a recorrer la ciudad. Son casi las seis de la mañana, caminamos por horas en la madrugada de San Diego. Apenas un par de días atrás, tomé una pequeña bolsa con algo de ropa rumbo a San Francisco.

No puedo dormir. Estoy en el cuarto de visitas de Neeli Cherkovski. Uno de los poetas más cabrones, fuertes, lúcidos y hermosos de América. Le escribí diciéndole que iría a conocerlo. Pasó a la estación del Greyhound, un bus retrasado, una lluvia extraña desatada en California, no es usual que llueva. Hace diez años lo vi en el Bombay, recordé eso mientras lo vi parado en la puerta de la estación, el gesto de recibirme en su casa es algo que no ocurre todos los días, hace mucho que deseaba conocerlo. La sonrisa de Neeli encierra algo poderoso. Su perro Orion es la clase de animal que puedo amar, alegre e inteligente […] Me invita a una lectura, no es la primera vez que voy a una lectura fuera de mi país, me encanta el contraste en mi país, los “amigos” no pagan por tu libro, pagan sumas costosas de bebida, otras veces suelen pedir el libro argumentando que no llevan dinero, que te pagarán después. Mi cabeza sigue girando, decido no enviar una postal, la oficina postal queda lejos, además no tengo nada que decirle a nadie. Me quedo frente a la Librería City Lights, librería y editorial independiente, entro a comprar algunos libros con Neeli, me recomienda escritores, compro uno de sus libros ahí. Al cruzar una de las calles de San Francisco me parece ver a Iggy Pop. Orion quiere perseguir a las palomas.

Al pasar junto a La Pantera (café y título de un poema de Corso) veo al hombre que camina a mi lado, sin duda uno de los mejores poetas americanos. Cae la noche, me lleva a la estación, nos despedimos. Añoro los tacos de Frank de asada de Tijuana. Mi primera parada en México serán los tacos de la calle de José T. Cuéllar en la colonia Obrera. Son las cinco de la mañana en México, DF, trato de acomodar las maletas sin lograrlo, mientras busco el pasaporte, veo uno de los libros de Neeli, volveremos a vernos. Tomo un taxi, no tengo fuerzas para enfrentarme al Metro de la ciudad, veo la nublada mañana en el Circuito Interior, pienso en todos los recuerdos que he traído conmigo. Al fondo del bar, justo en este momento, un barman de Hollywood abre la barra, sirve los primeros tragos, brinda conmigo a distancia. No puedo evitar recordar que la vida de mi bar en Los Ángeles transcurre igual que la vida de las apacibles cocheras californianas y el apacible Tapanco a las 8:30 de la mañana en el DF.

* Escritora. Autora de la novela “Señorita Vodka” (Tusquets)