CRÓNICA | POR ADRIANA REYES

Se fue de “mojada”, volvió y sigue trabajando

Es la historia de una mujer a la que nunca le ha espantado el trabajo y por eso decidió ir a Estados Unidos en busca de un mejor futuro, pero estando allá falleció su padre. Regresó para el sepelio y nunca más ha pensado en irse.

Se transportan en diversos medios para lograr su objetivo.
Se transportan en diversos medios para lograr su objetivo. (Enrique Hernández)

Toluca

Alejandra pierde por primera y única vez el fuerte tono de voz que la caracteriza al evocar el 22 de enero de 2006. Las lágrimas están por brotar de sus ojos al recordar que, estando en la Unión Americana su padre falleció en su hogar, en Donato Guerra, un poblado mexiquense bañado de sol y rodeado de colinas, barrancas y montañas.

No alcanzó a verlo vivo por última vez tras la larga enfermedad que lo agobió. Sus hermanos y hermanas retrasaron el sepelio de tal manera que ella pudiera viajar, primero desde Austin, Texas; Nuevo Laredo, México y de ahí al Estado de México, para acompañarlo a su última morada.

Oriunda de San Lucas Texcaltiltlán, ella es una de las miles de mexiquenses que viajó de "mojada" a Estados Unidos en busca de un mejor futuro.

En 2003 tomó la decisión de irse. Cinco de sus hermanos ya habían estado allá. Más de la mitad de su vida la ha dedicado a ser trabajadora doméstica y asegura que el trabajo nunca le ha espantado. Dejó a su hijo Luis bajo el cuidado de su hermana menor. Él estaba en secundaria. Nunca – dice ella-, intentó frenarla. La dejó ir.

La travesía al norte inició en Toluca. Alejandra no iba sola, estaba uno de sus hermanos, un sobrino, también una amiga. El equipaje: dos pantalones, dos playeras, dos sudaderas, una chamarra, un peine. Mochilas grandes, ni pensarlo.

Entre las 8 y 9 de la noche todos tomaron un taxi que los llevó a la Ciudad de México. En la Central del Norte abordaron un autobús en el que partieron a Monterrey. "Nos fuimos un martes", recuerda. Viajaron toda la noche.

Al otro día era Miércoles de Ceniza y se dieron el lujo de asistir a una iglesia. Esa noche se quedaron en un hotel y después partieron a Nuevo Laredo, Tamaulipas.

"Afuera de la terminal había mucha gente. Nos decían que si queríamos cruzar, que ellos nos podían ayudar".

Lo cierto es que ya sabían con quién llegar. Habían contactado al pollero mucho antes de que partieran de Toluca. Lo hallaron y los envió a un hotel. "Ellos saben su negocio. Rentan varias habitaciones y mandan a la gente para que espere y la lleven donde será el cruce".

El cruce

La indicación al día siguiente fue viajar otra vez. Ahora a Ciudad Acuña. Al menos dos veces intentaron pasar al otro lado, pero no tuvieron suerte.

Recuerda que "en la central camionera había una Virgen de Guadalupe muy grande, compré una veladora y le pedí que nos ayudara". En el sitio, un predicador le pronosticó: "esta noche sí cruzan".

Un segundo pollero de la misma red los metió en un taxi al cumplirse la tercera noche. Les dijo que debían bajarse a la orilla de la carretera. Así lo hicieron. Todo debía ser muy rápido.

"Los terrenos estaban cercados por alambres de púas. Corrimos hacia una barranca y nos dejaron escondidos mientras iban por otro grupo de personas. Eran como las 10 de la noche. Regresaron con los otros hasta las 12. Hacía mucho frío pero con la adrenalina que llevábamos ni lo sentimos".

"Corrimos hacia una barranca (...) Hacía mucho frío, pero con la adrenalina que llevábamos, ni lo sentimos".

Una vez reunidos todos, las instrucciones fueron concretas, precisas.

"Caminamos hacia el río, en la orilla había un soldado. En ese momento me separé cuando dieron la voz de alerta. Grité a mi hermano para ubicarlo por la voz. A los pocos minutos se calmó todo porque uno de los coyotes se puso de acuerdo con el soldado y entre todos cooperamos para darle dinero.

"Nos llevaron donde el río estaba más manso, me quité los zapatos y me metí. El agua me llegaba hasta los hombros. De un lado agarraba el brazo de mi hermano y con el otro me ayudaba con una vara larga para tantear el terreno.

"Al llegar a la orilla había que cambiarse de ropa, rápido. Caminamos como tres horas. Eran puros terrenos planos, cercados con alambre de púas. Llegamos a una carretera, una recta muy larga y nos hicieron cruzar por partes cuando no pasaban carros o camiones".

De ahí los llevaron a bosques espinosos hasta alcanzar una carretera de terracería donde los organizaron para llevarlos en coches particulares. "Me tocó en la cajuela, junto con mi sobrino. Íbamos como seis. Nos dijeron que no podíamos hacer ruido".

En la madrugada llegaron a McAllen y los trasladaron a una casa. "Me acuerdo que tenía sed y pedí agua". Comenzó una nueva clasificación de los viajeros. Unos iban a San Antonio, otros a Dallas, unos más a Chicago.

Libre

Un día más de encierro y al fin, de madrugada, los sacaron para llevarlos a San Antonio donde los esperaban otro de sus hermanos y un primo. Ahí se concretó la paga. Por cada uno fueron mil 500 dólares. Era el 11 de marzo.

El domingo por la noche llegaron al fin a la "traila", donde comúnmente viven los migrantes mexicanos.

"El lunes llegó la familia a vernos y saludarnos. Al otro día fuimos a Austin, donde vivía una de mis hermanas.

"El miércoles nos llevaron a San Antonio a llenar una application – solicitud de empleo-, y para el jueves mi hermano residente me dijo que había una plaza de limpieza en un edificio de 14 pisos. Era para entrar a las 6 de la mañana y salir a las 3 de la tarde. Se trataba de sacar la basura, limpiar las cocinas". Era el 17 de marzo y ya tenía donde ocuparse.

Por la noche de ese mismo día le avisaron que había otro empleo, un part time – dice ella muy segura en inglés, pese a admitir que nunca aprendió el idioma-, para hacer limpieza en un banco.

"Me enseñé a tomar el bus porque la otra manera de viajar era con raite. También tenía que trabajar más para salirme de la traila porque vivíamos ocho, todos amontonados.

"Me tocó en la cajuela, junto con mi sobrino. Íbamos como seis. Nos dijeron que no podíamos hacer nada de ruido”.

Su ingreso quincenal en el edificio de 14 pisos era de 480 dólares. Todo se iba para lo que necesitara su hijo, quien estaba próximo a cumplir años el 18 de abril. El ingreso de su part time era de 200 dólares. Esos se los quedaba para gastos personales y el pago de renta.

Una media sonrisa se asoma en su rostro cuando recuerda que en Navidad se reunía su familia y "quebrábamos piñatas".

La noticia

Al paso de los meses, ella y sus hermanos se enteraron de que su padre enfermó y fue hospitalizado. Ante la noticia, los primeros en regresar a México fueron sus tres hermanos. Era el año 2008.

Alejandra y su hermana hablaban por teléfono constantemente para saber de su padre. Pero un día de enero les dieron la fatal noticia de su muerte. Lo iban a enterrar de inmediato, había que llegar lo más rápido posible a Donato.

Un compañero de trabajo oriundo de Sinaloa la "pasó" a Nuevo Laredo en su camioneta y la llevó hasta la terminal de autobuses.

Era domingo por la noche cuando llegó a Querétaro. De ahí viajó a Toluca y después a Donato Guerra.

"No lo alcancé vivo", susurra, mientras la voz se le quiebra.

Alejandra vive, desde su regreso de Estados Unidos, en Toluca y acude cada vez que puede o la necesitan en su pueblo.

Nunca más ha pensado en regresar al país del norte pese a que decenas de familiares siguen allá.

Su hijo acaba de egresar de la Facultad de Arquitectura de la UAEM.

Ella sigue trabajando los siete días de la semana. Es algo que nunca le ha espantado.