Una mirada a Tijuana

Después de los tiempos violentos.

México

La vida me mandó al norte del país. Era la ocasión de conocer ese enigma de Baja California que para muchos es Tijuana. Un día y medio para palpar la ciudad no era mucho, pero gracias a mis anfitriones no perdimos tiempo.

Saliendo del aeropuerto rumbo al centro, nos topamos con el muro que divide México de Estados Unidos. “No parece alto ni dificultoso”, le solté al chofer del taxi. “Así como lo ve parece fácil, pero del otro lado las cámaras, radares y patrullas detectan el vuelo de una mosca”, me dijo el taxista. Avanzamos y aparecen las cruces. Cada cruz una vida.

Primer punto: Playas de Tijuana. Allí están, extensas y hermosas, anticipadas por un malecón alegre. En la playa uno se olvida del muro. Allí no hay fronteras.

Domingo en la noche. En la Calle Primera muchachas y señoras ofrecen sus bondades. Bares, dancing, tables, cines porno. La rockola del bar Dandy suena fuerte.

El lunes, recorrido por la ciudad. No hay embotellamientos y el tráfico fluido nos lleva rápido de un lugar a otro. En contraste con otras grandes ciudades del país donde el trato cotidiano está marcado por la diferencia de clases, en Tijuana las cosas son más al “tú por tú”. Junto a la iglesia hay un table dance. El llamado Barrio Alto con sus lujosas mansiones y calles privadas, está a solo 100 metros de lo que se llama Cartolandia, paupérrimas casas hechas de cartón.

Como toda ciudad fronteriza, Tijuana es un entramado plural y diverso. Las filas para cruzar al otro lado pueden durar horas. Como todo extremo, las fronteras muestran el centro y constituyen un termómetro social. A lo largo de su historia Tijuana ha sido punto de cruce, no solo de personas, sino de tráfico de todo tipo.

Sin duda Tijuana vio y vivió todos los colores de las formas violentas: injusticia social, misoginia, explotación en las maquilas, tráfico de drogas y de personas. Hoy la ciudad recibe visitantes de todo México. Muchos vienen “mientras cruzo”, pero se quedan. El flujo de esta población diversa y cambiante, que vive en un “mientras” definitivo, imprime a la ciudad un estilo único.

En 2007 la ciudad se vio sacudida por el narco. Y si bien todo México está bajo esta espada sobre la cabeza, Tijuana respira hoy un aire calmo que ojalá ya nunca nadie le venga a robar.