Migrantes “recargan baterías” para seguir su camino a EU

Unos trabajan como cerrajeros, otros como pintores, cargando bultos o limpiando terrenos, todo mientras se llega el momento de continuar su ruta hacia Estados Unidos.

Guadalupe

En la esquina de la calle Emiliano Zapata, una docena de personas reposa en la banqueta. Unos escuchan música, otros están recostados con sudaderas tapándose el sol y muy pocos conversan.

Todos ellos bajo la mirada de elementos a bordo de dos unidades de la Fuerza Civil, que desde el jueves vigilan la Casa del Migrante Nicolás, ubicada en la colonia Guadalupe Victoria, en Guadalupe.

La docena de hombres y mujeres centroamericanos aguarda a las afueras de la Casa Nicolás, que por hoy está llena, al dar cobijo a 300 personas que decidieron parar en Nuevo León y no continuar su viaje a Tamaulipas, esto por motivo de seguridad.

Por las 13:00 del sábado, la Casa del Migrante está cerrada. Es a través de un ducto de ventilación -de donde surge un aroma a frijoles, guiso y arroz- que se les puede llamar a los dependientes.

“Déjeme le hablo al padre joven. No está entrando nadie por cuestiones de seguridad. Aquí espérenme, ahorita les hablo”, dijeron y tras media hora nadie salió.

 

Buscando trabajo

De Guatemala y Honduras, principalmente, las 12 personas sentadas sobre la esquina de Zapata y Serafín Peña esperan algo de comida, se resguardan del calor mientras que otros busca quien los contrate.

Albert, joven hondureño de complexión delgada, llegó a Nuevo León el 7 de abril procedente de Torreón. Es de los pocos viajeros en este país que viaja en tren, en la llamada “Bestia”, que a veces es más famosa que los propios migrantes.

“Luego, luego conseguí trabajo en un taller”, dice el joven de pocas palabras.

Las dos patrullas de la Fuerza Civil cambian posiciones cada 20 minutos. Una se ubica frente a la Casa Nicolás y la segunda sobre Serafín, y al cabo de minutos encienden el motor para rotar la ubicación.

“Tenemos que estar porque quieren venir por ellos (los migrantes), se los quieren llevar… se aprovechan de su condición”, comenta escuetamente un elemento policial refiriéndose a posibles delincuentes.

Felipe, un guatemalteco de 30 años y cara sonriente; y Arnoldo, de Honduras y notablemente mayor, reposan en la única parte de la banqueta donde no calan los 30 grados.

Ambos ya tienen trabajo como cerrajeros, rentan un cuarto en las faldas del cerro de La Silla y aseguran ser bien tratados por sus vecinos y por la gente de la casa.

Tienen un mes siendo vecinos en Guadalupe, pero salieron de su país desde febrero. Ha sido un camino difícil, cuentan, pues de Chiapas tomaron el tren que los llevó al interior del país para después hacer escala en Torreón y culminar el viaje en Monterrey.

Aquí ya tienen un trabajo que les permite sobrevivir aunque el sueño de ir a Estados Unidos está presente.

“No, pues aquí no rinde, el quetzal (moneda de Guatemala) está al dos por uno. Si yo mando mil allá nomás los cambian por 500. No, los buenos son los dólares”, comenta Felipe.

Pero Miguel acaba de llegar el pasado martes. También viene de Guatemala, pero no sabía nada de Felipe hasta que lo conoció en la Guadalupe Victoria.

De mediana edad, piel y ojos claros, Miguel, recostado, cuenta cómo estuvo a punto de perder las piernas al no subir bien al tren, esto en la ciudad de Arriaga.

“De pura suerte las saqué”, explica mientras sus compañeros se ríen. Está en la banqueta esperando que dé la hora de la comida o por si pasa alguien y le ofrece trabajo.

“Le hacemos de todo: sacamos bultos, limpiamos terrenos o le hago a la pintada. Aquí a veces vienen a darnos trabajo, y pues nos vamos”, relata.