CRÓNICA | POR ADRIANA REYES

El mercado de San Pablito huele a desesperanza

Soldados del Ejército apoyados por perros y bajo la mirada de decenas de pobladores y dueños de locales, buscan entre los escombros. Hurgan bajo las láminas retorcidas, en los montones de block tiznados.

La angustia comienza a hacer mella entre los que siguen buscando a sus padres, hijos, amigos, abuelos.

Lo que quedó.
Lo que quedó. (Ivan Carmona)

Tultepec

El sol pega a plomo. La desesperación también. Hay impotencia, coraje y lágrimas. El mercado de San Pablito huele a desesperanza, a tristeza. Es polvo, humo, hierros retorcidos. Es un hilacho, está quemado desde su corazón. Es negrura y ollín.

Ya pasaron 24 horas y la angustia comienza a hacer mella entre los que siguen buscando en los escombros a sus padres, hijos, amigos, abuelos.

Ya no suplican, ahora exigen.

Pegan pancartas en la alambrada demandando ingresar a ese hoyo negro para hallar rastros de los suyos.

En respuesta, los mandan al Semefo de Barrientos, en Tlalnepantla, para que les hagan pruebas genéticas y tal vez coincidan con alguno de los despojos calcinados.

Ana llora a dos amigas que murieron en sus locales. Es de Tulancingo, Hidalgo, pero avecindada desde hace muchos años en Tultepec. Su salida a hacer unas compras la salvó de correr la misma suerte. "A veces les traía comida", dice mientras las lágrimas brotan de sus pequeños ojos.

Alrededor del mercado es un ir y venir de gente. Dan vueltas. No hay respuesta a sus dudas. Van y regresan y así. Se sientan en las banquetas, se abrazan unos a otros, se dan ánimos. Se regalan palabras de esperanza. Y lloran.

Hay rabia en la expresión de Lilia. Busca a una hija. Sus ojos están convertidos en apenas unas rendijas de tantas lágrimas. Su marido la abraza, la toma de la mano, la besa en la frente. Pero nada funciona. La mujer da pasos en redondo mientras sus otras hijas hablan por teléfono celular y se pelean con el que está al otro lado escuchándolas.

Afuera y dentro del terreno siguen en pie seis locales del lado de la calle San Pablito, como desafi ando la destrucción que hay enfrente, en la que peritos de la PGJEM y PGR remueven una y otra vez, buscando rastros.

"Y fue peor que otros años", dice la mujer de mediana edad a otra que no atina a responder y pone la mirada en el horizonte.

El grupo de mujeres está sobre la carretera Tultepec-Coacalco, cerrada desde ayer y ocupada por patrullas, unidades del Ejército Policía Federal, Protección Civil y bomberos locales. Se apostaron frente a la alambrada que, del otro lado, muestras autos particulares quemados y cuyo aroma está en el ambiente.

"Nos cayeron pedazos de tabique en la frente y la espalda, ya no sabíamos a dónde correr. Se cimbraron las casas, faltó poco para que los vidrios se reventaran. Había pedazos de todo, volando por donde quiera", dice.

Con un dejo de reproche expresa que antes "estábamos mejor", cuando sus locales eran de madera y lona, "se devastaba solo el puesto...ahora fue todo. Tal vez se pudo haber hecho de piedra, no de block", concluye mientras da otro abrazo compasivo a sus conocidas y se retira.

En el predio hay mudos testigos de la tragedia: un montón de árboles navideños tirados cerca de la alambrada, muebles rústicos de madera que milagrosamente no fueron alcanzados por la pequeña hija de tres años y, tumbo tras tumbo, alcanzó a protegerse debajo de un tráiler estacionado. Se apretó al cuerpo de la pequeña y al de su madre, hermanos y primos.

Su otra bebé, de apenas un año, fue salvada por su hermano quien la tomó en brazos en cuanto escucharon los estruendos y echó a correr a la calle.

La suerte de la abuela no fue la misma: se quedó en el local. No hubo nadie que la cargara. Es mediodía y no saben aún si está en algún hospital o en el Semefo. No pierden la esperanza y enfilan rumbo a Zumpango, en espera de encontrarla. No han dormido pero no hay tregua para descansar hasta que no aparezca la octogenaria.

Otros se aferran a la cerca de metal y esperan noticias de una policía que monótonamente repite apellidos y nombres de heridos y de los hospitales donde están.

Y justo allá, en Lomas Verdes, Isabel, de 30 años, está muy grave; el pequeño Daniel de ocho años tiene lastimada la clavícula. Aurelio, llamas, por el "Hiroshima chiquito", ese que con sus seis explosiones consecutivas hizo correr a Juan Manuel con su un jovencito de 16 años, también está grave y Paula espera entrar a quirófano. Son parte de un grupo de siete que fueron hospitalizados desde el martes por la tarde.

"La Patrona" y otros negocios de mariscos no abrieron sus puertas. La tienda Comex se animó a hacerlo mientras un mundo de reporteros, fotógrafos, camarógrafos y unidades móviles inundan la vía principal y corren detrás de cada cara llorosa que ven en espera de conocer su historia, su dolor, ese que no puede ser escondido porque está en cada centímetro de la humanidad de los que deambulan en espera de un milagro ya que hay aún una centena de desaparecidos.

Colocan copias con la cara de sus madres, hijos, padres, hermanos. Desde ese pedazo de papel hay rostros sonrientes, como el de Angélica, de las que no saben dónde está.

A lo lejos se escucha el tañir de las campanas del templo de San Loreto. Viene el obispo de Cuautitlán a encabezar una misa para pedir por los muertos de Tultepec.

El sitio es insuficiente. Lo inundan hombres, mujeres, niños, jóvenes. Muchos lloran, se derrumban; no puede más su ecuanimidad, la fortaleza es nada, es polvo.

Explotan frente a las imágenes de ángeles y santos mientras Guillermo Ortiz les pide orar por los fallecidos y los heridos; les exhorta a aceptar "esa paz" que María le regaló a Isabel, como lo dice la lectura leída minutos antes. "Tu Dios está en medio de ti, Él te ama y se llenará de júbilo por tu causa", expresa con una voz un tanto entrecortada.

Afuera, en la Concha Acústica, un hombre llama a la población a ser solidaria, a donar alimentos, agua, papel, lo que puedan. Acusa indiferencia y reprocha a aquellos que dicen "yo no con la pirotecnia". Hay una sicóloga voluntaria para asesorar a quienes lo requieran porque, vaya que lo van a necesitar para todo lo que viene. Esto no ha terminado. Falta atender a los enfermos y enterrar a los muertos. Alán Jesús Chávez, cursa la carrera de Médico Nutricionista. El plantel de la UMB donde estudia está a escasos minutos del mercado pirotécnico. Le tocó ser testigo fe la tragedia. Ataviado en bata blanca, ingresó al predio cuando aún había riesgo de derrumbe de locales y explosiones. Le tocó revisar los cuerpos calcinados de tres niños, una mujer y un hombre.

"Vi a muchos heridos. Estuvo muy feo", añade mientras a lo lejos sus compañeros de carrera le esperan para regresar a las aulas. Soldados del Ejército, apoyados por perros y bajo la mirada de decenas de pobladores y dueños de locales, buscan entre los escombros.

Urgan bajo las láminas retorcidas, en los montones de block tiznados, entre los jirones de ropa y mantas. No hay nada. Y vuelven a hacerlo.

"Nos cayó una bomba. Esto fue planeado", escupe una mujer que en compañía de sus jóvenes hijos busca a su suegra. No quiere dar su nombre.

Hay rabia y dolor en su cara pero, hay que hallar a la suegra. La esperan en casa porque en tres días es Navidad, es día de estar con la familia y no en este hoyo que al paso de las horas se torna más negro de lo que ya es.

KVS