[Crónica] “No llores, no se dan tan fuerte, no les duele...”

Es tradicional que los domingos el museo reciba a más personas de lo normal, pero esta vez es excepcional.
Una bola de acero les pone los pelos de punta.
Una bola de acero les pone los pelos de punta. (Arturo González)

Pachuca

Qué tienen en común un luchador, un astronauta y un vendedor de pizza? Pues que los tres pasaron el domingo celebrando a la infancia pachuqueña, o de cualquier lugar, siempre y cuando estuvieran en el Museo El Rehilete de la capital hidalguense.

Es tradicional que los domingos el recinto reciba a más gente en el museo, pero esta vez es excepcional con la entrada gratuita, y no es para menos, pues aprovechando que el Día del Niño es entresemana adelantaron el festejo.

“Siempre los niños son el tema principal aquí en el museo, son la razón de ser del museo, no podíamos dejar pasar esta fecha tan especial para ellos. Organizamos varias cosas en torno a los niños y niñas, como hoy (ayer) todo el museo es gratis y realizamos esta función de lucha libre como algo muy atractivo para los niños”, platica el director de El Rehilete, Herminio Baltazar Cisneros.

En la zona de comida hay todo lo soñado por un niño: papas fritas, pizzas, refrescos y decenas de golosinas. Es un premio para los chicos bien portados, pero no abusen ya que mucho de eso genera diabetes, está científicamente comprobado.

En efecto, por raro que pareciera, el estacionamiento del museo se convierte en arena de luche libre, donde técnicos y rudos se dan hasta con las protecciones de las sillas. La gran parte de los niños y niñas celebran cada trompazo que resuena en los pechos de los gladiadores; pero no todos.

“No llores, no se dan tan fuerte, no les duele”, le dice un padre a su desconsolada niña, quien no soporta ver tanta violencia y por eso seca sus lágrimas en el pantalón de su progenitor que no logra abrazarla debido a que con sus dos manos sostiene helados, el suyo y el de la pequeña que no para de chillar.

El triunfo es de los técnicos, pareja de jóvenes cuya popularidad aumenta junto a los gritos; niños salen corriendo para obtener la foto del recuerdo, pero nada, los deportistas huyen rumbo al pasillo de la cafetería que sirve de entrada al vestuario improvisado.

Del otro lado está lo bueno, claro, siempre y cuando te guste la ciencia: es el acceso a El Rehilete, cuya estructura temática es para que cualquiera entienda los más complejos secretos de la ciencia de forma simple; vamos, hasta los papás se sienten científicos ahí.

En el lobby la decisión es complicada, de un lado está la sala de exposiciones temporales, con la muestra “Genios y genialidades”; en su interior los inventos más ingeniosos de la historia, son tan importantes que ya se integraron a nuestra vida como la báscula, la cámara fotográfica y la bicicleta.

Es una gran tentación, pero nadie se resiste de lo que hay del otro lado: el alebrije gigante, detrás de él, las salas con la exposición permanente. Juguetes de todas las clases, pero separadas según la época, al inicio muñecas, pelotas, trompos; más allá los videojuegos, las computadoras.

Mientras que con los “viejos” los papás se emocionan, en la sala de computadoras se aburren mientras sus pequeños se deleitan con la tecnología del siglo XXI; pero no hay problema, hay una banca para los padres aburridos.

En el corazón del recinto, el área dedicada a la electricidad y mecánica, toda la gente se aglutina. Sentados, un montón de adultos con sus hijos oyen la explicación de cómo una bola de acero les pone los pelos de punta. Literal, como lo comprobó una mujer que con su larga cabellera negra y lacia se ofrece como voluntaria para comprobar cómo su melena sirve de escape de la electricidad que emana del aparato.

En otro rincón, las burbujas atrapan a curiosos del agua con jabón y también  están los hipnotizados por la bola de rayos de colores pastel.

“¿Quién quiere saber lo que se siente que le hagan un tatuaje?”, reta la chica encargada de la atracción. Un chavo acepta el reto: pone su mano en la bola de electricidad mientras ella le pasa las llaves por el reverso de la palma causándole una sensación de dolor. “Sí duele”, se reserva a comentar el chico.

En el segundo piso está la sección espacial, poca afluencia llega hasta allá. Parece que todos quieren estar en la fiesta de abajo, incluido el astronauta que dejó allá su traje en exhibición.