Los ojos que vieron a los invisibles (Primera Parte)

Ana González Díaz, "Anelo", comparte el momento en que empezó a involucrarse en la labor de ayudar a esa gente que expresa: "muchas de las veces es invisible para la sociedad".

Lerdo, Durango

En la plaza de Lerdo se dio el flechazo, ahí se germinaría una amistad que le cambiaría la vida a una joven que en ese entonces tenía 16 años.

Ana González Díaz, a quien la mayoría de sus amigos le llama "Anelo", es una chica de apariencia sencilla, desfachatada, amante de la fotografía, creativa, de cabello alborotado y un poco rizado.

Ella comparte el momento en que empezó a involucrarse en la labor de ayudar, conociendo historias sobre la gente que expresa: "muchas de las veces es invisible para la sociedad".

No se percata, pero en sus ojos se adhiere un brillo especial cuando se le pregunta cómo fue que comenzó en la labor de ayudar a las personas que viven en la calle.

"Me di cuenta de cosas muy sencillas que nunca me había detenido a ver en personas como él, que son personas indigentes".

"Todo nació con el 'Alacrán', lo conocí cuando tenía 16 años, yo trabajaba atendiendo un puesto de artesanías en la Plaza de Lerdo, al lado de este puesto estaba él, ahí me empecé a involucrar de una manera amigable".

A Anelo nadie le impuso la primera charla con quien a los ojos de muchos era un simple indigente, ni siquiera rozó por su mente la idea de que ese personaje, entre tanta ropa sucia y desgastada, le mostraría una esencia que la cautivaría.

"Me di cuenta de cosas muy sencillas que nunca me había detenido a ver en personas como él, que son personas indigentes".

En un texto que Ana escribió como parte de una exposición fotográfica dice: "Ya había notado su presencia, siempre aparecía en la banca de junto, a un par de metros de donde se tendía el puesto. Me intrigaba, sí y bastante, pero aún no me adentraba de lleno a la fiesta que habita la Plaza de Armas".

Aunque Ana describe al Alacrán como un señor de edad, renegado y de difícil trato, asegura que se dio cuenta de todos los aspectos humanos que tenía Inés, el hombre a quien todos conocían como el "Alacrán de Mapimí".

Inés detonó en Anelo un sentido que se desarrolló en poco tiempo, ni ella misma entendía todo lo que significaba pasar horas hablando con aquel señor.

El cuadro de ambos era poco comprendido, las personas que pasaban por ahí les dirigían gestos de no comprender porque ella platicaba con esa persona.

"Él era muy gruñón pero el día que me sonrió fue clave".

El escenario: una banca en la Plaza de Armas de Ciudad Lerdo, el puesto de artesanías, Anelo y el Alacrán manejando su propio leguaje.

Su complicidad era evidente, ella le cedía su lugar y él le hablaba de comunismo, así desgastaban las tardes.

El cuadro de ambos era poco comprendido, las personas que pasaban por ahí les dirigían miradas de intriga, gestos de no comprender porque ella platicaba con esa persona.

"Había veces que él andaba orinado y sí olía muy mal, por ejemplo un día un señor se me acercó admirado y me dijo 'huele bien feo, como aguantas el olor', no dude en levantarme y grité: ¡es mi papá!", guardó un poco de silencio como dejando que esa imagen se fuera desintegrando con el paso de los segundos.


LA SONRISA DEL ALACRÁN

Inés siempre le comentaba a Ana que tal día se iría de viaje porque iba a firmar un contrato muy importante, porque se iría de gira, él decía que era cantante y a ella le fascinaba formar parte de esa locura.

Al ritmo de la plática, Anelo recordó un momento que atesora con gran recelo, dice fue clave, pues ese día descubrió algo que la ataría a la causa que hoy la identifica.

"Un día fuimos por el Alacrán y lo llevamos a un bar en Lerdo, en donde también trabajé, le dimos sus 'cheves' y de cenar, ese día cantó tres 'rolas', fue un momento fundamental, pues yo vi en él la alegría, pues siempre me decía que él cantaba y se iría de gira".

Expresó que ese momento significó mucho, pues lo escuchó cantar y vio la expresión de Inés cuando la gente le aplaudió, "creo que él sintió que ya había realizado todo lo que me contaba, entonces yo dije: no manches yo quiero generar más sonrisas, así como esa".

En ese momento, Ana comenzó a ver a la gente que comúnmente pasa desapercibida, a interesarse por conocer más historias y generar más sonrisas, así como la que Inés le regaló aquel día.