“¡Órale, cabrones... Sáquennos de aquí!”

Luis Alberto Guerrero Flores, director de Protección Civil de SN, recuerda su jornada maratónica como rescatista en la que poco pudieron hacer ante la fuerza de la naturaleza. 
Luis Alberto Guerrero Flores, director de Protección Civil.
Luis Alberto Guerrero Flores, director de Protección Civil. (Gabriela Jiménez)

Monterrey

Las corrientes de agua, a gran velocidad, arrastraban todo a su paso la noche del 16 de septiembre. Desde la mañana, las torrenciales lluvias llegaron a Monterrey y parecían no tener final.

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A pesar de las advertencias sobre el paso del huracán Gilberto, aparentemente muchos regiomontanos, e incluso las autoridades, desestimaron el meteoro que resultó ser una de las más grandes tragedias en la historia de la ciudad.

Para los rescatistas se trató de una jornada maratónica en la que poco pudieron hacer ante la fuerza de la naturaleza. A contracorriente lograron salvar algunas vidas pese a su nulo entrenamiento para maniobrar en agua, cuenta Luis Alberto Guerrero Flores, director de Protección Civil de San Nicolás de los Garza, quien en aquel entonces formaba parte de Bomberos de Monterrey.

A sabiendas de la llegada del ciclón, el clásico Desfile de Independencia seguía en pie hasta que comenzó la precipitación, que no paró hasta 28 horas después.

“Eran las diez de la mañana y la lluvia ya era más intensa. En ciertos lugares empezó a haber encharcamientos, inundaciones, y de algunas colonias nos decían ‘es que está bajando mucha agua’. ¿Qué hacíamos?”, narra.

Al percatarse de lo que ocurría, el comandante en turno giró la orden de que los elementos se posicionaran en zonas estratégicas de la ciudad. Pero las llamadas de auxilio venían de todos lados: Brisas, San Ángel, Tecnológico, Fomerrey 35, La Fama... Una de las maniobras tuvo lugar en el Arroyo Seco, en el sur de Monterrey, donde una madre y sus dos hijas jóvenes estaban atrapadas en su automóvil Golf, a punto de ser llevado por la corriente.

“Extendimos una escalera, la pusimos sobre el cofre del vehículo y uno de los compañeros atravesó el arroyo hasta llegar al carro (...). Cuando ya las sacamos, el compañero pasó hacia el área segura y al carro lo arrastró el agua”, recuerda.

Sin embargo, en otros casos no tuvieron éxito.

“Recuerdo a un señor que estaba en un árbol, abrazado, pero no soltaba el sombrero. Llegó un momento en que al señor lo tapó el agua, ya no lo vimos. Frustrante”, lamenta el comandante Guerrero Flores.

A medianoche, ya en la madrugada del 17 de septiembre, llegó a la estación una petición más de ayuda: cinco camiones foráneos de pasajeros estaban varados en Morones Prieto y Miravalle. Al arribar al sitio, los rescatistas se dieron cuenta de que se trataba de una misión casi imposible.

El agua, que fue acumulando una altura de hasta un metro y medio, empujaba cada vez más a los vehículos hacia el río Santa Catarina. Al mismo tiempo, los bomberos sentían la presión de los gritos desesperados de los viajeros que estaban atrapados: “¡Órale, cabrones! ¡Sáquennos!”.

Junto con el grupo Cobra de la Policía Judicial Federal, los apagafuegos intentaron diferentes maneras de ayudar a los pasajeros. De repente, uno de los camiones se volcó. Por fortuna, apareció un héroe anónimo que se ofreció a conducir un traxcavo para salvar a la gente.

“El señor ese sacó a siete personas de uno de los camiones, está documentado. Y se metió otra vez al agua, pero ya no hubo chance de salvar a más porque estaba muy fuerte”, afirma.

También se hicieron intentos con un vehículo aún más grande, pero para ese momento ya nada podía contra la fuerza de la corriente.

“El autobús se voltea y sale la gente por las ventanillas, arriba del autobús, que bloqueaba la fuerza del agua. Empezaron a caminar por el arroyo, pero se volteó el autobús y se los llevó. Triste”, dice.

Finalmente, los autobuses y sus pasajeros fueron arrastrados por el río. Además, cuatro agentes del grupo Cobra y dos voluntarios, incluyendo el conductor del traxcavo, perdieron la vida en las maniobras.

Su jornada concluyó al mediodía. Llegó a casa, donde todo estaba en orden. Pero 29 años después, a Luis Alberto aún le cuesta trabajo hablar de su experiencia. “No es nada agradable volver a recordar todo esto, pero lo tienes que sacar. No es nada bueno, pero sobrevives”.