1915, la ciudad de Pancho Villa

La capital de Jalisco celebró 373 años de su fundación entre soldados de la División del Norte. La violencia e inestabilidad marcaban la vida de los tapatíos.
La capital de Jalisco es en 1915 una zona sitiada.
La capital de Jalisco es en 1915 una zona sitiada. (Cortesía)

Guadalajara

Una urbe de casi 125 mil habitantes festeja, en 1915, los 373 años de su fundación definitiva.

Guadalajara, la perla occidental mexicana que nació de las nostalgias del más temible de los conquistadores, Nuño Beltrán de Guzmán, vive ese año aciago la inestabilidad política y social propia de la revolución, y padece a otro hombre a ratos también ominoso: Francisco Villa, quien primero se ganó la simpatía de las élites al reabrir los templos, pero luego su miedo, al asesinar a mansalva al prominente Joaquín Cuesta Gallardo, en medio de un banquete en honor del “salvador de la religión”.

La huella de los Dorados, la celebérrima División del Norte, permanece hoy, a un siglo: el orificio dejado por un balazo en el reloj principal de palacio de gobierno, obra del coronel Jesús Medina, es referencia histórica obligada de los cordiales calandrieros –calandria, en lengua tapatía, es el tradicional carruaje descapotado, empujado por un par de extenuados caballos, que transitan entre nubes de esmog y ruido por las calles principales del centro-, quienes señalan con el índice el testimonio de épocas feroces cuando recorren el frente del edificio de cantera del siglo XVIII, una de las joyas del patrimonio arquitectónico de la “clara ciudad” de Agustín Yáñez.

“Francisco Villa obligó a Manuel M. Diéguez –gobernador carrancista-, quien había iniciado una campaña en su contra, a retirarse a Ocotlán, por una poderosa columna villista. Desde Ocotlán, Villa ordenó la apertura de los templos que Diéguez había clausurado, provocando gran entusiasmo entre las familias conservadoras, y muchas de ellas se trasladaron a esa población a darle la bienvenida”. El caudillo entró a Guadalajara el 17 de diciembre de 1914 y prolongó su estancia intermitente hasta los comienzos de marzo de 1915, apunta la historiadora Beatriz Núñez Miranda (“La calzada Independencia, el comienzo de la transformación urbana”, en Guadalajara a tres tiempos, edición especial del décimo aniversario de Público-Milenio).

Durante el gobierno villista, el peso excesivo de los contribuciones de guerra y exabruptos violentos, redujeron la popularidad inicial del llamado “Centauro del Norte”.

Sin embargo, la Guadalajara de 2015 tampoco es un remanso pacífico. La mañana de ayer, cuatro cadáveres calcinados fueron encontrados en caminos vecinales del conurbado Tlaquepaque, marca indeleble de los temibles cárteles de la droga; en Zapopan, una mujer desquiciada mató a su bebé de cuatro meses, que incluso presentaba huellas de tortura; en la orilla sur del Cerro del Cuatro se vivía tensa calma tras invasiones de cientos de menesterosos demandantes de vivienda, y otro hombre había caído asesinado en la populosa colonia Polanco.

La capital de Jalisco es en 1915 una zona sitiada. No lejos acampan las tropas del derrotado Diéguez, y en varias regiones de Jalisco, las bandas de asaltantes prosperan ante la evidencia del Estado fallido, fórmula muy reconocible en este siglo XXI.

“Los años propiamente revolucionarios no dejaron en la ciudad secuela de destrucción, pero sí un marcado deterioro motivado por lo deficiente de su mantenimiento”, dice José María Muriá en su Brevísima historia de Guadalajara.

La ciudad es ya una urbe pujante que crece fuera de su antigua y regular cuadrícula. El poniente es preferido por las clases pudientes, dado que “los vientos dominantes hacen de aquel ambiente puro y sano y porque además la mayor elevación del suelo sobre el resto de la población hace que aquellos lugares sean los más higiénicos que se puedan encontrar en Guadalajara”, reportaba un editorial de El Informador, del 16 de octubre de 1918. Los moradores de hoy en la zona de las avenidas López Mateos, Patria, Mariano Otero, gozan de la mayor elevación… de los índices de contaminación del aire, pues vivir al poniente, como en ningún otro punto de la metrópoli que multiplicó su población por 40 en un siglo, es vivir arriba de un automóvil.

1915 también es época del auge de la encíclica Rerum novarum, esto es, la iglesia católica activa socialmente bajo la égida del obispo Francisco Orozco y Jiménez; es el comienzo del enfrentamiento con el Estado laico que derivará en la guerra cristera de once años después. Una Guadalajara mestiza y católica casi hasta la unanimidad. En 2015, la diversidad protestante gana adeptos aceleradamente, pero junto con sus “hermanos separados”, vive numerosas batallas perdidas frente al evanescente secularismo, esa religión sin templos, pero llena de dioses cómodos y efímeros. Violencia, religión, caudillos, élites convenencieras, sed de riquezas. No hemos cambiado tanto.