Una fiesta arcoíris con verano caliente

Globos plateados flotan, las parejas se abrazan y comparten besos y sonrisas; no importan los más de 25 grados centígrados que rostizan sus rostros, brazos y muslos...

México

El recorrido del arcoíris es una fiesta. Los primeros se reúnen alrededor del Ángel de la Independencia. Pronto se multiplicarán. Bailan, cantan, echan a volar consignas y despliegan letreros. No importan los más de 25 grados centígrados que rostizan sus rostros, piernas, brazos y muslos. Sumarán miles.

Los abraza un incipiente verano sobre Paseo de la Reforma. Están agrupados en diferentes colectivos y piden tolerancia a la diversidad sexual. Esta vez mezclan marcas de productos. Un reducido grupo, en contraste, desfila con paliacates que cubren parte de sus rostros. Van por la lateral. En el Zócalo formarán una pequeña pelotera.

La estación Insurgentes del Metro, en remodelación, es una de las zonas por las que salen multitudes, de vez en cuando estancadas por la inercia de algunos, por lo que las prisas de otros son frenadas de sopetón. Pareciera que todas las veredas conducen a Paseo de la Reforma y desembocan a la marcha número 39 del orgullo gay.

El 90 por ciento ondea banderas con el arcoíris estampado. Llevan prisa pero poco avanzan. La Zona Rosa desborda cascajo y tierra suelta. No les importa saltar entre estorbos y banquetas destrozadas por la maquinaria estática que frena sus dentelladas en arroyos de calles por las que se avanza a paso de tortuga.

Salen por todos lados vendedores de objetos con símbolos gay, como el señor que ofrece sombrillas mientras su perro ladra a un desconocido que danza con algo que parece una cabeza de toro que cubre la suya. Trae el torso descubierto y con sus bufidos provoca al pobre animal que lanza ladridos.

El sabueso va trepado en el carrito de supermercado. Fue recogido hace seis meses y se encariñó y ahora no permite que traten de asustar a su amo, quien lo calma con caricias tiernas, aunque nada reclama a ese toro loco que ventea.  Mejor prefiere sonreír. “No está acostumbrado a tanta gente”, se disculpa.

Otra vez aparecen arcoíris en todas partes. Aparecen más en paraguas que vendedores ofrecen por manojos. También en gelatinas, pelucas, diademas y coronas, que menudean,  hasta corbatas, pañoletas, pulseras, gorras y antifaces. “Qué te doy”, dice el vendedor en medio de la multitud.

Casi todo lo que venden está relacionado con lo que hoy se celebra, excepto las gafas en tenderetes, que nadie compra, y los tacos de canasta, engullidos por montón. El taquero está feliz. Sonríe mientras observa devorar su mercancía a estrafalarios personajes que participan una vez más en la marcha del orgullo lésbico-gay.

Globos plateados flotan en el aire. Las parejas se abrazan y comparten besos y sonrisas. “¡La marcha trigésimo novena está a todo lo que da!”, gritan desde las escalinatas del monolito. “¡El que no brinque es buga!”, agrega, y se carcajea. “¡Estamos escribiendo la historia!”, se escucha a otro. “¡Arriba las lesbianas!”, tercia uno más.

—¡Cabroooonas!

—¡Heeeeeeyyy!

La misma voz advierte: “¡Va a haber grupos que no quieren que seamos felices, son grupos neonazis, son morenitos y no saben alemán”.

Otra marcha, muy pequeña, se apresuraba por la lateral. Son de la Brigada Roja Antifascista. Visten de negro. Algunos van encapuchados. “Van a volver, van a volver, las lesbianas que asesinaste, van a volver”, corean.

—¿Sabes qué? —pregunta un joven a otro en voz baja mientras camina con pasos largos por la banqueta.

—¿Qué?  

—Que me cagan los anarcos.

Y apresuran el paso.

De entre la multitud gritan: “¡Esos mirones también son maricones!”, “¡Ese bigotón también es maricón!”. En mantas y pancartas menudean consignas: “Por el derecho a formar una familia”, “No necesito ser lesbiana para saber que la homofobia es un error”.

La marcha parece interminable. Una enorme bandera con el arcoíris, sujetada de las orillas, es sacudida frente al edificio del PAN, cerca del Senado; en el monumento a Cuitláhuac, con varias personas sentadas y de pie en su base, sobresale un individuo que blande un rótulo: “Tanto gays como no gays daremos cuenta a Jesucristo”.

Setecientos policías uniformados, mientras tanto, vigilan el desfile que llega al Zócalo, donde un pequeño grupo de “nazis” desafía a otros, señalados como “anarquistas”, que replican: “No pasarán”. La policía se lleva a siete.

Y la fiesta sigue y sigue.

Ni la lluvia los dispersó.