Incontenible, la especulación urbana en Bahía de Banderas

La población crece a un ritmo de 12 mil habitantes por año desde 1990, en una dispersión que ha mermado la calidad de vida y destruido bienes naturales.

Guadalajara

Un monstruo urbano crece en la Bahía de Banderas, que comparten Jalisco y Nayarit. La llamada “zona conurbada interestatal” Puerto Vallarta-Bahía de Banderas, pasó de albergar 150 mil habitantes en 1990, a 425 mil en 2015, es decir, un acumulado de alrededor de 12 mil habitantes más por año, lo que ha ocasionado una dispersión de baja calidad agravada por la falta de coordinación de los dos municipios y la carencia de un plan de ciudad. Los bienes naturales de esa zona están ya fuertemente degradados.

Si se compara con el área metropolitana de Guadalajara, el crecimiento en el mismo periodo es proporcionalmente tres veces mayor. Hay 185 por ciento más habitantes en la metrópolis costera que en 1990, mientras el área metropolitana de Guadalajara apenas creció en 60 por ciento sus habitantes en el mismo periodo.

“No estamos caminando correctamente; para hacer un proyecto de estas características que demanda una conurbación, bastante ambicioso, necesitamos la información básica para poder asegurarlo, es decir, los patrones que la naturaleza nos brinda así como la dinámica de los procesos de la población humana […] estamos pensando en un proyecto de desarrollo urbano de carácter metropolitano, y yo siempre me he preguntado por qué; soy biólogo de formación, soy ecólogo en comunidades, el tema de la biodiversidad, pero he incursionado al tema del análisis territorial para entender si los aportes que da la naturaleza dan beneficios a los desarrollos en materia urbana, y por otro lado, de qué modo el desarrollo urbano lo puede comprometer”, apunta el investigador del Centro Universitario de la Costa, de la UdeG, Jorge Téllez.

La realidad es que “no existe la información, no sabemos si existen los servicios ecosistémicos como para proveer a una población más grande en la región; lo que sí sabemos es que la población que existe en Puerto Vallarta genera una fragmentación en los sistemas estuarinos, se han perdido 70 por ciento de estos; también perdimos las lagunas de agua dulce que teníamos desde Bucerías, hasta Puerto Vallarta, y lo resumo con los cambios del mismo nombre de Puerto Vallarta; el nombre original era Los Carrizales, y hoy no tenemos carrizo […] de los manglares solo nos queda como remanente el estero de El Salado, que está decretado pero desprotegido, porque no se hacen acciones y porque no hay inversión, y el estero El Quelele, es lo único que nos queda”, agrega.

Del lado nayarita, comenta el activista Érik Saracho Aguilar, de San Francisco: “las presiones inmobiliarias son tan grandes como la ambición económica de la clase política; en este municipio, Bahía de Banderas, el plan municipal de desarrollo no ha podido actualizarse desde hace quince años por los conflictos de interés de los sectores y porque la figura de plan parcial de desarrollo urbano dio viabilidad a innumerables proyectos inmobiliarios que según el plan de desarrollo no serían permitidos […] la conurbación, más que beneficiar, impulsa el reproducir esquemas no sustentables en Nayarit, en donde la sociedad civil organizada es más incipiente y la legislación más permisiva, y la clase política de voluntad más maleable”.

Nayarit “es un estado mucho muy vulnerable por los procesos especulativos y las manejos voraces de los líderes gremiales […] la falta de comprometidos análisis integrales hacen que la promoción turística sea con visión parcial y detonen procesos no sustentables; como ejemplos, la saturación, sobre explotación y cierre de la Playa de Amor en Marietas o el reciente colapso de Sayulita durante los días de Semana Santa, hace unos días, con más de 22 mil visitantes estimados”.

Promover “sin conocer capacidad de carga es atentar contra la gallina de los huevos de oro”, agrega.

Se han intentado generar instrumentos y herramientas para controlar el proceso. Pero los intereses han sido más determinantes. Un político vallartense que pide no ser identificado, destaca: “Los grandes inversionistas controlan los cabildos y obtienen de allí lo que quieren; con el pretexto de la autonomía municipal, se les hacen trajes a la medida; otra ventana que demuestra que el desarrollo de corto plazo se impone, es cómo echan abajo los proyectos de áreas naturales protegidas”. No se puede olvidar que hace seis años los amparos echaron abajo el área protegida estatal de Sierra de Vallejo, en Nayarit; ahora son seis amparos que intentan echar a pique el área de Sierra del Cuale.

Los empresarios de Vallarta no protestan: su sueño es urbanizar la montaña que le da paisaje al puerto. Los empresarios de la llamada “Costalegre”, al sur, tampoco: necesitan –dicen- un libramiento carretero para que Vallarta no retenga a sus turistas que bajan al aeropuerto Gustavo Díaz Ordaz. Si para ello, hay que abrir la selva (núcleo de la zona de conservación propuesta por el gobierno de Jalisco), están dispuestos a que suceda.

¿Qué pasaría si hubiera un plan aprobado y vigente? “Tendrían que sujetarse a sus puntos, y eso suele incomodarlos, pues buscan las menores restricciones posibles”, comenta la académica de la UdeG y activista de la zona, Juanita Delgado. “En este proceso de dinámicas y cambiantes condiciones que han significado el lugar, en un plazo corto que va de mediados del siglo pasado al presente, ha provocado que las relaciones de ocupación del espacio natural y estructura edificada, la acumulación de la renta que se deriva de ello, ha pasado por las etapas del alquiler y uso hotelero, a la proliferación de nuevos esquemas de negocio durante la últimos años. De manera intensa las estrategias se han movido hacia la promoción y venta de espacios como segunda residencia. En todo este proceso de necesaria ocupación de territorios geográficos y modificación del medio natural (ya con magnitudes de desastre ecológico), uno de los sectores económicos cuya intervención ha sido esencial en la transformación del lugar como espacio especializado para el turismo, es el sector inmobiliario”, comentaban, desde 2008, los especialistas Daniel González Romero, María Pérez Bourzac y Elizabeth Rivera Borrayo (El turismo y sus penumbras: Puerto Vallarta, un lugar turístico en la encrucijada de la planeación, 2008).

Recientemente, a finales de marzo, se realizó en el CuCosta de la UdeG, un foro sobre las enseñanzas y las oportunidades que se abren para la zona con la reunión mundial de Hábitat III que se realizó en octubre pasado, en Ecuador. La ausencia de mandos gubernamentales siquiera municipales, fue patente. Al mismo tiempo, se realizaba la reunión de la Cámara Nacional de Desarrolladores de Vivienda (Canadevi). Casa llena: funcionarios federales, del gobierno estatal, alcaldes de todo Jalisco y Nayarit.

“Sólo será posible generar un modelo de desarrollo sostenible y justo si la gente participa; es necesario salir a la calle, informarse, proponer, exigir a las autoridades”, señalaba en la reunión el activista y analista del Centro de Investigaciones Urbanas (cita.org.mx), Héctor Castañón.

Mientras las intenciones de control se fragmentan y pierden, los planes de corto plazo y a la carta, prosperan. Por ejemplo, del de desarrollo urbano de Bahíade Banderas, Nayarit, pese a la oposición de ecologistas y ejidatarios, libró una aduana judicial.

Y los intereses que lo respaldan lo quieren hacer efectivo en el corto plazo. Dicho de otro modo: “El monstruo que vos matáis, goza de cabal salud”.

CLAVES

Evolución de la población

Puerto Vallarta

275,640 habitantes en 2015

184,728 habitantes en 2000

111,457 habitantes en 1990

Bahía de banderas

150,250 habitantes en 2015

59,808 habitantes en 2000

39,831 habitantes en 1990

GPE